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Estúpida retórica: algunas consideraciones sobre riesgo, libertad y educación

Será que esa mi estúpida retórica

tendrá que oírse, tendrá que sonar

por más de mil años?

Caetano Veloso – “Podridos Poderes”

La pedagogía libertaria es, antes que cualquier cosa, una educación para la libertad y la solidaridad [1]. Es importante que la concibamos de esa forma, articulando libertad y solidaridad, para que ella no pierda su dimensión de emprendimiento colectivo. Como intentaré demostrar, la libertad anarquista presupone necesariamente lo otro; no es, de forma alguna, una visión individualista de libertad y precisamente ahí entra la solidaridad.

Pero me gustaría, antes que eso, colocar una cuestión: ¿cuál es la función de la educación?

Los filósofos, a lo largo de la historia, ya nos mostraron que el hombre sólo se hace humano por la educación. Ella es, por tanto, un proceso de inserción de los individuos en el universo de la cultura, haciendo de cada uno de ellos un ser humano. Lo que vemos a lo largo de los tiempos es que la educación ha sido pensada, propuesta e impuesta como un proceso de ajuste de los individuos a un medio social dado. No se trata, por tanto, sólo insertar los individuos en el universo de la cultura, sino que también de insertarlos en el contexto de una máquina social establecida, de presentarles un territorio definido, cual gran palco con escenografía lista y los papeles debidamente distribuidos, a los cuales cada uno debe ajustarse.

La pedagogía libertaria es creada precisamente para hacer frente a este emprendimiento de ajuste social: descontentos con una sociedad que explota, que excluye, que violenta, que mutila, que quiere hacer de todos los individuos piezas de una misma máquina, los anarquistas apuestan y siguen apostando a la posibilidad del cambio, buscando un proceso educativo que permitía que las personas se construyan a sí mismas en el contexto de un grupo social, pero avizorando la libertad y solidaridad. Para usar una expresión de Guattari, una verdadera revolución molecular.

Herbert Read afirmaba que hay apenas dos posibilidades para la educación: formar a los individuos para ser aquello que son o para que sean aquello que no son. La pedagogía autoritaria invierte en la segunda opción: quiere hacer de cada uno una pieza de máquina o “un ladrillo en el muro”. Recordando el film The Wall, ¿qué hizo Alan Parker a partir de la música de Pink Floyd? En ese clip de larga duración, los niños víctimas de la educación autoritaria inglesa (un estereotipo de toda educación autoritaria) son mostrados como muñecos que van de a poco perdiendo sus rostros (señal de individualidad) y, encaminadas por una correa móvil, son lanzados en un inmenso moledor de carne.

La pedagogía libertaria opta por la primera alternativa: educar a los individuos para que sean aquello que verdaderamente son. Esto es, respetando y preservando las características particulares de cada uno, armonizándolas con el colectivo. De esa forma, ella opta por la libertad, por la autonomía, y no por el encuadre en la máquina social.

Ahora, debemos preguntar: ¿pero qué es la libertad? Esa palabra da origen a las más diversas interpretaciones; ¿quién no conoce el más célebre dictado que afirma que mi libertad termina donde comienza la del otro? Pero si mi libertad termina, ¿es libertad? En otras palabras, ¿hace sentido hablar de límites/grados de libertad? Si mi libertad limita la tuya y la tuya limita la mía, ¿no seremos ambos prisioneros en la misma celda social?

Es esa visión totalmente diseminada y desperdigada de una comprensión individualista de la libertad, vehiculada por la filosofía política burguesa clásica. Rousseau, uno de sus mayores exponentes, definía la libertad como una característica natural del hombre, lo que significa que todos nosotros somos libres, ya desde el nacimiento. Crítico de la sociedad corrompida en que vivía, el filósofo ginebrino afirmaba que la sociedad nos aprisiona, arrancando de nosotros esa libertad natural. Era necesario, entonces, que construyésemos una nueva sociedad, que no impusiese amarras para la naturaleza humana libre. Mas, en esa sociedad, tendríamos que aprender a convivir, unos no invadiendo lo espacios de otros, ya que esa libertad sería particular y debería estar encima de cualquier cosa. Ese es el fundamento del liberalismo y de su nuevo hermano, el neoliberalismo.

En la visión de Rousseau, si la libertad es una característica, un regalo natural de cada uno de nosotros, basta que la sociedad (que, como creación humana es meramente artificial) no interfiera en ella, a través de un exceso de leyes y reglamentaciones. En el campo de la educación, ella defiende un proceso educativo individual, alejando a los niños de la convivencia social, hasta que la libertad natural esté consolidada y su carácter plenamente formado, cuando ya no podrá seguir siendo corrompida. Por eso, la propuesta rousseniana fue conocida como una educación negativa.

Preocupados también por la transformación social, los anarquistas van, en tanto, a construir otra concepción de libertad, no como dádiva natural, sino como construcción y práctica social. Para Proudhon, la libertad es resultante de una oposición de fuerzas, una afirmación, una necesidad, y otra de negación, la espontaneidad. Cuanto más simple es un ser vivo, más regido por la necesidad está; cuanto más complejo, está más influenciado por la espontaneidad. Esa fuerza de espontaneidad comprende su grado máximo en el ser humano, el más complejo de todos, recibiendo justamente el nombre de libertad. Más el hombre no es pura espontaneidad y sí el resultado de una composición de fuerzas de la naturaleza, sólo pudiendo ser libre por causa de la síntesis de esa pluralidad de fuerzas.

Proudhon desarrolla una “dialéctica pluralista”: la libertad es el resultante de una síntesis de diversos componentes, antagónicos o complementarios, siendo que la síntesis es siempre más fuerte, más compleja que sus componentes iniciales. Pero él se aleja de las concepciones burguesas, como la de Rousseau, cuando afirma la existencia de dos tipos de libertad. El primer tipo sería la libertad simple, que es experimentada por los bárbaros, que no conocen una sociedad ampliamente desarrollada, y también por aquellos que, a sí mismo, viviendo en una sociedad, no son plenamente conscientes de su estado, hallando ellos que se bastan a sí mismos. El segundo tipo sería la libertad compuesta, la verdadera libertad, aquella vivida en sociedad. Ella presupone, para su existencia, la convergencia de varias otras libertades, que se complementan, resultando en una libertad mayor para toda la sociedad.

Según el anarquista francés, en la perspectiva de los bárbaros el máximo de libertad corresponde al máximo de aislamiento, cuando no hay nadie para limitar la libertad del individuo. Por otro lado, en el punto de vista social, cuando la libertad y solidaridad se equivalen, el máximo de libertad significaría el máximo de relación posible con otros hombres, pues desde esta perspectiva las libertades no se limitan, sino que se auxilian, se complementan. De esta forma, mi libertad comienza junto con la del otro y juntas ellas son más fuertes. Libertad es, así, comunión con otro y no oposición al otro. La libertad es también la propia condición de existencia de la sociedad: es porque son libres que los hombres escogen vivir juntos para auxiliarse mutuamente y superar con mayor facilidad las vicisitudes naturales. Y, viviendo en sociedad, los hombres se vuelven más libres.

Bakunin parte de esa concepción de Proudhon y la profundiza. A la idea russoniana de libertad como una característica natural del hombre, él opone la idea de la libertad como una construcción eminentemente social, posible apenas en sociedad. Para él, la libertad es el punto de llegada del hombre, y no el punto de partida, como quería Rousseau, pues en la aurora de la humanidad, estando el hombre aún inconsciente de sí, no era más que una marioneta en las manos de las fuerzas naturales. Su vida era regida por el principio de la necesidad; él hacía aquello que era necesario para garantizar su sobrevivencia, vivía bajo el yugo de la fatalidad. Como el proceso cultural y el desenvolvimiento de la civilización, el hombre va de a poco libertándose de las fatalidades naturales, construyendo su mundo y conquistando su libertad.

La concepción materialista de Bakunin muestra que la libertad, aunque sea una de las facetas fundamentales del hombre, no es un hecho natural, pero sí un producto de la cultura, de la civilización. En otras palabras, en cuanto el hombre produzca cultura, o sea, se autoproduce, conquista también la libertad. De ese modo, el hombre y la libertad, nacen juntos: uno es creación del otro, uno sólo existe por el otro. Cuanto más el hombre se “humaniza”, más libre es él, cuanto más libre, más humano. Se concluye entonces que, al asumirse plenamente humano, conquista el máximo de libertad. Pero el máximo de libertad, como mostró Proudhon, ocurre apenas cuando todos los individuos son libres, pues las libertades se complementan, se auxilian. Una sociedad socialista libertaria –anarquista– sería, entonces, la realización del hombre completo, libre y señor de sus habilidades.

Bakunin muestra aún que la libertad, más allá de ser un producto social es también un producto colectivo. Dice él que “la libertad de los individuos no es un hecho individual, es un hecho, un producto colectivo. Ningún hombre podría ser libre fuera de sí sin el concurso de toda la sociedad humana”, pues ser libre es también ser reconocido por el otro como libre; si no hay nadie que me reconozca como tal, no tengo cómo adquirir conciencia de ella.

Por otro lado, sólo puedo considerarme verdaderamente libre en medio de hombres libres, pues una libertad que se sustente sobre la opresión –y no libertad de otro– no puede ser verdadera. La esclavitud de otro es una barrera para mi libertad, pues es una animalidad que disminuye mi humanidad. La libertad individual, la capacidad que cada uno debe tener para no obedecer a nadie y determinar sus actos a través de sus propias convicciones, sólo es válida cuando es reconocida por otras consciencias igualmente libres. En palabras de Bakunin, “sólo soy verdaderamente libre cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres […] Mi libertad personal, así confirmada por la libertad de todos se extiende hasta el infinito”.

Es en esa concepción de libertad que la educación anarquista debe fundamentar sus proyectos de pedagogía libertaria, y no en aquella concepción individualista burguesa de Rosseau, que sirve de base para la llamada escuela nueva.

Es en el concepto anarquista de libertad que el riesgo está presente. Asumir la libertad es asumir el riesgo, asumir la libertad es proyectarse, lanzarse en un futuro abierto, en un horizonte de eventos ilimitados. Y si todo puede acontecer, es porque ese hecho es arriesgado, porque debe ser audaz y creativo. Gusto de pensar como el filósofo Jean Paul Sartre, uno de los que contemporáneamente se dedicaron más al tema de la libertad. Para él, no somos necesariamente libres; la libertad es el fundamento del ser del hombre. Y la libertad es una cosa mucho más simple: la capacidad de escoger. Todos tenemos que hacer elecciones, y haciéndolas estamos ejercitando la libertad. Pero si la libertad es una característica humana por excelencia, ella sólo se vuelve acto cuando la ejercitamos.

Es por eso que la libertad, para Sartre, sólo se da en situación. Ella es siempre acto (un acto de elección), realizado en medio de otros seres humanos, en el mundo. Aquí podemos conectar a Sartre y Bakunin. El acto de escoger implica la más absoluta responsabilidad por el acto y por todas sus consecuencias. Es por eso que la libertad aterroriza a muchos que huyen de ella. Ser libre es ser también, necesariamente, responsable. Nuestra sociedad autoritaria está sustentada, dentro de otros pilares, justamente en el hecho de que muchas personas prefieren obedecer, para poder dejar la responsabilidad sobre los hombros de quien ordena, del que asume la libertad y las responsabilidades que ella implica.

La pedagogía autoritaria, practicada en las escuelas, en las familias y en los demás dispositivos sociales, nos forma para que seamos aquello que no somos, para obedecer la máquina social de producción. Pero nos ofrece en cambio muchos chivos expiatorios sobre los cuales lanzar las responsabilidades que no queremos abrazar: los países, los patrones, los políticos, etc. etc.

La pedagogía libertaria, a su vez, pretende enseñarnos la libertad. Sí, porque ella necesita ser aprendida. Y, más que aprendida, necesita ser construida y conquistada, en un proceso que debe ser, necesariamente, colectivo. Aprender la libertad y aprender a hacer elecciones, asumir las responsabilidades por ellas y por aquello que de ellas deriva. Aprender la libertad y aprender a convivir con el riesgo, y aprender a gustar del riesgo, es aprender el placer de vivir en la cuerda floja, sin nunca saber el resultado del próximo paso. La pedagogía libertaria hace, así, una pedagogía del riesgo, en cuanto la pedagogía autoritaria se resume en una pedagogía de la seguridad.

Volviendo a las dos posibilidades de educación, ahora utilizando una terminología “robada” de Guattari y Deleuze, podemos decir que la pedagogía autoritaria se constituye en un proceso de subjetivación, que provee a los individuos un panorama social y los territorializa en ese panorama, haciéndoles ser aquello que se espera de ellos. Es, por lo tanto, un mecanismo de construcción heterónoma de los sujetos. Y la pedagogía libertaria busca un proceso de singularización, en el cual el individuo se construye a sí mismo en diálogo activo con otros y con el medio que le rodea. Es, por tanto, un mecanismo autónomo que desterritorializa el sujeto. La territorialización de la pedagogía autoritaria provee la seguridad de un mapa ya dado, con los caminos trazados de antemano. La pedagogía libertaria, a su vez, apuesta por un mapa a ser construido en la medida que se vive, una desterritorialización que implica la construcción de territorios siempre nuevos, nunca definitivos, en el riesgo y en el placer de un viaje a ciegas, de un vuelo sin instrumentos, absolutamente abierto para la creatividad.

Silvio Gallo

Nota

[1] Silvio Donizetti de Oliveira Gallo es un pedagogo y anarquista brasilero. Es autor de diversas publicaciones, entre las cuales destacamos Anarquismo: uma introdução filosófica e política(Rio de Janeiro: Achiamé, 2000) y Educação do Preconceito – ensaios sobre poder e resistência(Campinas: Editora Alínea, 2004). El presente ensayo, traducido desde el portugués por Maximiliano Astroza-León, fue escrito en 2003 para una exposición y publicado por primera vez en Pedagogía Libertária. Anarquistas, Anarquismos e Educacão (São Paulo : Editora Imaginario – Editora da Universidade Federal do Amazonas, 2007. Pp. 260 – 265).

Texto incluido en la compilación Educación anarquista. Aprendizaje para una sociedad libre, Santiago de Chile, Edit.Eleuterio, 2012.

Fuente: http://periodicoellibertario.blogspot.com/2019/06/estupida-retorica-algunas.html

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