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'Sobre la religión'. Carlos Marx y Federico Engels - La Habana 1963

religiónLa comprensión lo más exacta posible del cristianismo, en oposición al anticlericalismo burgués en todas sus manifestaciones, es de gran importancia en la hora presente. Este libro ayuda a ello, al compilar diversos escritos de los autores de “El Capital” sobre esta materia.

No parece apropiado todo lo que Marx y Engels exponen sobre el primer cristianismo, hasta el siglo IV, ni menos aún acerca del significado de la religión en las sociedades humanas, pero sí se debe coincidir con ellos en el meollo de la cuestión, expuesta en diversos artículos que Engels fue publicando entre 1882 y 1895. Posteriormente, K. Kautsky, destacado dirigente del movimiento obrero alemán, sacó el libro “Orígenes y fundamentos del cristianismo”, en el que desarrolla las ideas de Marx y Engels en este asunto a través del análisis histórico.

En radical oposición al anticlericalismo burgués, Marx y Engels formulan una interpretación francamente positiva del cristianismo primitivo, al que consideran un movimiento revolucionario popular de su tiempo.

En “El libro de la Revelación” Engels apoya calurosamente la siguiente frase de E. Renan, “cuando se quiere tener una idea clara de lo que fueron las primeras comunidades cristianas, no hay que compararlas con las congregaciones parroquiales de nuestra época; eran más bien como secciones locales de la Asociación Obrera Internacional”. A continuación se interna en un análisis comparativo de las coincidencias entre el movimiento obrero europeo del último cuarto del siglo XIX y las colectividades cristianas originarias.

Comienza dando información sobre la importancia que tenían las mujeres en aquel cristianismo, así como la existencia en éste de algo similar a lo que luego se llamaría “amor libre”, entendido como libertad sexual. Sigue señalando su naturaleza emancipadora en diversos aspectos, en relación con las condiciones de la época, remarcando su combatividad en contra del imperialismo y el Estado romano opresor.

Otro de los trabajos de Engels, “Sobre la historia del cristianismo primitivo”, comienza con la frase siguiente, “la historia del cristianismo primitivo tiene notables puntos de semejanza con el movimiento moderno de la clase obrera. Como éste, el cristianismo fue en sus orígenes un movimiento de personas oprimidas: al principio apareció como la religión de los esclavos y los libertos; de los pobres despojados de todos sus derechos, de los pueblos subyugados o dispersados por Roma”. Desde luego, este análisis está en las antípodas del que realiza el anticlericalismo burgués, en particular en sus expresiones fascistas, la obra de Nietzsche sobre todo, hoy el principal reservorio de fanatismo anti-cristiano, usado por el ala más brutal de los nazis.

Advierte que sólo con el emperador Constantino (306-337) “se convirtió en religión de Estado”, de modo que antes era lo contrario, un movimiento contra el Estado que, además, era una forma muy peculiar de religión. Pero olvida decir que ese cambio tuvo lugar después de que el ente estatal romano lanzara la aterradora “Gran Persecución” contra aquél, en 303-311. Durante 8 años las fuerzas represivas de Roma realizaron una carnicería, exterminando a los verdaderos cristianos, probablemente cientos de miles, y dejando indemnes a los elementos turbios, cobardes y oportunistas. Con éstos pacta luego el Estado, creándose así la Iglesia, en tanto que brazo religioso del ente estatal, que antes no existía.

Tras tocar varios asuntos de menor importancia introduce una frase de enorme significación, en la que califica la cosmovisión cristiana de “uno de los elementos más revolucionarios de la mente humana”. Exacto. Si no se comprende esto no se puede entender la historia de Europa en los últimos dos mil años, ni tampoco encarar con rigor la revolucionarización de nuestra sociedad y la construcción de otra futura sin Estado ni capitalismo. Asimismo sin meditar a fondo esa observación no hay modo de construir y autoconstruir un ser humano cualitativamente superior.


Insiste en que los primeros cristianos se reclutaron entre “trabajadores y agobiados, los miembros de la capa más baja del pueblo, como cuadra a un movimiento revolucionario”. Luego quizá desbarre un poco el texto para volver a acertar al analizar el “Apocalipsis”, libro atribuido al apóstol Juan, lleno de pasión por combatir a Roma hasta verla destruida.

Apunta Engels, con acierto, el universalismo del movimiento cristiano, que salta por encima de lo que separaba a los pueblos de entonces para poner el énfasis en los que les unía, con el fin de agrupar fuerzas contra el enemigo común: Roma y su orden político (centrado en el Estado y en el patriarcado) y económico (nucleado en torno a la propiedad privada absoluta).

Hasta aquí lo principal de las posiciones marxistas sobre el cristianismo.

Algunas reflexiones añadidas se imponen.

Dicho estudio, si bien rudimentario (ha pasado casi siglo y medio y hoy sabemos mucho más), es acertado en su orientación básica. Todos los trabajos posteriores de investigación, publicados desde entonces, que estén hechos con una mínima voluntad de objetividad, han de admitir, con peor o mejor humor, el carácter revolucionario del cristianismo. Hemos avanzado mucho en el análisis de detalle de aquel fenómeno histórico, pero las cuestiones decisivas se mantienen. Otra cosa son los textos eclesiásticos que, sin respeto por las fuentes ni por la verdad, se limitan a justificar la existencia y privilegios del alto clero “cristiano”. Ellos son la principal agencia de tergiversación del verdadero cristianismo.

Esto significa que el marxismo, estrictamente considerado, se diferencia de forma inequívoca en su interpretación de los orígenes y naturaleza del cristianismo de todas las formas de anticlericalismo burgués. Engels mismo se mofa con elegancia de Voltaire, al que con razón tilda de “superficial”. Al sanguinario anticlericalismo republicano, surgido de la revolución francesa y muy activo hasta el día de hoy, ni lo cita, con acierto, pues sus formulaciones son meras majaderías cargadas de fanatismo. En alguna frase se desmarca también de ciertas ideas ingenuas que sobre el cristianismo había en algunos sectores del movimiento obrero de ese tiempo, bienintencionadas pero equivocadas, que se negaban a ver su carácter terrible y combativo.

La Edad Dorada del anticlericalismo más letal es principios del XIX y comienzos del XX. Se lanza desde arriba como una gran operación ideológica con varios objetivos. Uno era, quizá el más importante, mantener a un movimiento obrero ya poderoso en la ignorancia de precisamente esa afirmación genial de Engels, antes citada, sobre que está entre los sistemas de ideas más aptos para revolucionarizar la mente humana.

Había que ocultar por los medios que fuera que el cristianismo fue un intento muy bien pensado de realizar una transformación integral del orden constituido, para originar una sociedad liberada del artefacto estatal y de la propiedad privada, para lo cual produjo nociones y formulaciones de una sorprendente originalidad y validez.

El anticlericalismo segregado por la mercenaria intelectualidad burguesa fue como un gran puñado de arena que se lanzó a los ojos de las clases populares, para volverlas ciegas a una experiencia histórica magnífica, de la que se podían extraer lecciones que quizá hubieran sido terminantes para impedir que el movimiento obrero fracasase finalmente, como lo ha hecho, en su pretensión inicial, derribar el despotismo del patrono y del capital.

No es casual que quien sienta los fundamentos de la concepción fascista de la sociedad, de los sistemas de ideas prevalecientes y del sujeto, Nietzsche, sea un anticristiano frenético, lo que pretende validar presentándose a su público, por lo general acrítico, pueril e inculto, como anticlerical. En su colosal ignorancia y mala fe, aquél no sabe diferenciar entre cristianismo e Iglesia y no conoce nada de los acontecimientos históricos que Engels examina con acierto, aunque de forma elemental.

En realidad, la Iglesia y el anticlericalismo burgués tienen el mismo propósito de facto, impedir que los contenidos del cristianismo auténtico lleguen al pueblo.

Quienes rechazan, desde su abismal ignorancia, las aportaciones válidas del cristianismo, los elementos positivos de su cosmovisión básica, es porque no están por una revolución integral. Quienes sólo desean vivir “mejor”, consumiendo más bajo el capitalismo, librando meramente “luchas” por reformas y ventajas económicas y sociales, para nada necesitan aquellos elementos universalmente válidos de la cosmovisión cristiana. Les vale con la barbarie e idiocia cotidianas.

Queda, como complemento a lo expuesto, el análisis de la interpretación que el movimiento libertario hizo del verdadero cristianismo, que en poco difiere de la del marxismo, aunque quizá sea más extenso y sutil. Pero eso en otro trabajo.

Felix Rodrigo Mora
http://esfuerzoyservicio.blogspot.com
Tags: religiónMarxEngelsLa Habana
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