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La miseria de los explotados y la indiferencia de los intelectuales del Poder

Tiempos modernosLos Qom estuvieron varios meses en una esquina céntrica de Buenos Aires demandando la intervención del gobierno nacional a su favor en Chaco, no obtuvieron ninguna respuesta sino al final (mayo de 2011) palos de la policía y de la Cámpora. A fines de julio de 2011 en Jujuy los sin techos ocupan un terreno edificable, les tirotea la policía y se cobran muertos (y la lista de reivindicaciones básicas y vitales de los excluidos en todo el país es kilométrica).

Pocos políticos e intelectuales se atrevieron a decirles que se esperen algunos decenios más, porque hay que deforestar más y seguir cavando sierras con más multinacionales.

Sin embargo es lo que hace, indirectamente, Ester Kandel en su artículo “A propósito del anarquismo” (Argenpress, 02.08.11) sobre el periodo del principio del siglo y de la supuesta falacia de la táctica anarquista en Argentina. Lo que se puede resumir con dos citas en 1950 (sacada de un libro de Juan Godio) de un anarquista “no nos dábamos cuenta que sólo una parte de los trabajadores era verdaderamente revolucionaria. Otra parte era evolucionista, sólo quería ser menos explotada y vivir mejor.” Y otra de un socialista “Juan B. Justo tenía razón. La única posibilidad era la evolución lenta y segura a través de la acción política y parlamentaria. Los sindicatos debían apoyar ese esfuerzo del partido manteniendo, lógicamente, su autonomía”.

Dejando aparte la fiabilidad de los testimonios y del historiador, el problema de fondo para los explotados de ayer y de hoy es el mismo: soportar, tolerar la explotación “normal” pero por lo general despiadada o seguir dos caminos paralelos (que de hecho son el mismo). La preparación del alma del creyente que sabe que en el paraíso va a encontrar el justo premio de sus sufrimientos o la preparación del gran partido de los trabajadores cuyo Comité Central va a cosechar paulatinamente el justo galardón de la toma legal del poder.

Dicho de otro modo, desde una oficina, un despacho de un Juan Godio, un Juan B. Justo, un Victorio Codovilla, etc., se podía y puede predicar “la justa línea que debe seguir el proletariado”, sin grandes sufrimientos de la clase intelectual, sino reconocer, de vez en cuando, al cabo de algunos quinquenios, que se equivocaron. De todos modos, la historia oficial, la escriben los asesinos, o sea, ellos, los intelectuales al servicio del poder.

Al contrario, en el seno de la clase obrera, ante la explotación, las actitudes son distintas. Existe entre los excluidos el instinto de pura supervivencia que les empuja a luchar contra el mal, o sea el capitalismo. A veces es una sensación de un grupito, a veces de la mayoría.

No es previsible una lucha revolucionaria, como lo demuestran los casos de Túnez, Egipto y Siria y las grandes alabanzas que recibían sus líderes del Primer Mundo, por defender la democracia contra la rabia del islamismo. La paradoja es que los opositores de estos países actúan más como piqueteros que como “militantes del gran partido marxista, guía de los trabajadores”.

Hubo periodos en que los marxistas no estaban admirando los parlamentos burgueses. Mao Tse Tung y los comunistas chinos encontraron un eco en el pueblo (que supieron traicionar como continúa haciéndolo el Buró Político del PC chino hoy en día) y emprendieron la lucha, a pesar de los tira y afloja de la URSS del “genial Stalin”. Fidel Castro, el Che y Camilo Cienfuegos y sus compañeros buscaron estar en el PC cubano que estaba en el Gobierno del dictador Batista (efecto de la dialéctica, supongo). Como “ilusos anarquistas”, prefirieron luchar y la apuesta no les fue tan mal en el 1959-1960, luego ... basta ver la lucha autónoma del Che para deducir que había tirantez sobre la evolución de lo que fue una revolución popular y que se convirtió en otra colonia de la URSS.

Por eso, además de los excluidos argentinos, latinoamericanos, el problema actual de la hambruna en una parte de Africa para unos 12 millones de trabajadores y desocupados y sus familias, es una muestra palpable de genocidio -más o menos- lento que impone el capitalismo. Luchar contra el capitalismo no es culpa del anarquismo, es culpa de la misma estructura capitalista. Por eso es una afrenta directa a los trabajadores argentinos despreciar las luchas, , como lo hace Ester Kandel, que siguieron con los anarquistas en el primer tercio del siglo XX.

Muy curiosamente el autor que cita Ester Kandel para reducir a la casi nada el anarquismo, cambió de análisis en abril 1917. Vladimir Ilich Lenin, en lugar de apostar a un gobierno social demócrata con partidos burgueses-como en Alemania y como lo hacía Kerenski, apoyado por Pléjanov, creador del marxismo ruso, se puso a adoptar la táctica anarquista de “Todo el poder a los soviets” de obreros y campesinos. Por eso muchos marxistas rusos le tildaban de ser otro Bakunin (mismo fenómeno con el Che, como se ve en su diario de Bolivia).

Era un espejismo de pobres marxistas que se olvidaban de atenerse a la realidad. Lenin seguía con ellos y lo demostró con la creación de la Tcheka el 20 de diciembre de 1917, esta Comisión Extraordinario de Lucha contra el Espionaje y la Contrarrevolución, que le permitió separar la paja del grano en los soviets. ¿Quiénes detectaban qué era paja y qué grano? Lenin y los miembros del CC del PC de la URSS.

Un ejemplo basta: el de “Shliápnikov y su grupo, la llamada “oposición obrera” (Lenin, en Marx Engels Lenin Acerca del anarquismo y el anarcosindicalismo, Moscú, s. d. [1973], 25.01.1921, p. 315)

En estos últimos meses se ha revelado claramente en el seno del partido una desviación sindicalista y anarquista, que exige las medidas más enérgicas de lucha ideológica, así como la depuración y el saneamiento del Partido. [...] las concepciones de la “oposición obrera” y de los elementos análogos no sólo son falsas teóricamente , sino que en la práctica constituyen al expresión de vacilaciones pequeñoburguesas y anarquistas, debilitan la línea de firme dirección del Partido Comunista y ayudan a los enemigos de clase de la revolución proletaria. (1921, publicado en 1923, pp. 317-320)

Y de tener una duda Ester Kandel y otros, Lenin recalca: Para gobernar hay que tener un ejército de revolucionarios comunistas templados: ese ejército existe, se llama Partido. Hay que tirar al cesto de los papeles toda la estupidez sindicalista, las candidaturas obligatorias de productores. (23.01.1921, p. 314)

Y otro problema surge, Trotski copió a Lenin, Stalin también, Stalin en 1939 podía concluir la Historia del PC de la URSS (http://www.marxists.org/espanol/stalin/obras/oe15/Stalin%20-%20Obras%2014-15.pdf) con una evocación de la mitología griega, Anteo siempre vencedor si mantenía los pies en la tierra, como el Partido siempre con las masas trabajadoras. De ahí la explicación (impecable en el mundo de las ideas que embriagan los jerarcas de cualquier calaña) En esto está la clave de por qué la dirección bolchevique es invencible. (p. 191) En el libro en ruso (reedición de 1945, p. 346) la frase es exactamente: En esto está la clave de la invencibilidad de la dirección bolchevique. [es más solemne o ridículo]

De tanto tirar al cesto de los papeles toda la estupidez sindicalista, las candidaturas obligatorias de productores, el marxismo leninismo, o socialismo científico, basculó en la cuneta. Se identificó tan toscamente a su propia verdad infusa que la fue imponiendo desde la cúpula con paredones y capas privilegiadas, hasta mimetizarse con el verticalismo capitalista. Explosionó cuando Gorbachov intentó un reformismo blando.

Los tortuosos esfuerzos de unos y otros por reflotar el marxismo ocultan una realidad desagradable para los intelectuales proclives a ser “faros de la humanidad”, o proponer soluciones para los demás: los cambios sociales los hacen gentes hartas de recibir órdenes según plazos que no manejan.

Por eso, a pesar del clientelismo, de los políticos veletas o bipolares, los excluidos siguen un accionar y vínculos horizontales de tipo libertario, anarquista, no porque los conozcan de antemano sino porque intuyen que es la vía menos corrupta.

Un horizontalismo que se construye con resbalones, pero adquiriendo una experiencia propia, como con las organizaciones piqueteras y en algunos grupos autogestionados desde la base en empresas recuperadas.

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