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Votar y no votar. Por qué 'nolesvotes' no es la alternativa

Deposite aquí su votoHace unos meses escribí al PSOE pidiéndole explicaciones a Simancas por su defensa de la ley Sinde. Desde su gabinete de prensa me respondieron que yo no tenía ni idea del funcionamiento del Estado de Derecho. ¡Cuánta razón! Uno se había creído, a través del adoctrinamiento escolar, que los políticos defendían programas, que la separación de poderes era una condición fundamental de la democracia, que los intereses económicos extranjeros o nacionales no podían defenderse en detrimento de derechos fundamentales y que los representantes parlamentarios eran el espejo de los deseos políticos de la población. Y repasando todos estos preceptos básicos de la democracia parlamentaria, me pregunto: ¿Por qué damos por sentado que una vez regalada nuestra voluntad a través del voto, el representante que gobierne va a tener en cuenta nuestras demandas? A quien reniega de utopías le diría: el desprendimiento de nuestra voluntad política a través de las urnas y la fe ingenua en que los representantes defenderán los principios democráticos, ¿no es, en verdad, la más desbocada de las utopías?

Después de dejar el voto en la urna, seguirás siendo un siervo de tu jefe en el trabajo y una cifra insignificante en las estadísticas del gobierno. Es más, ¿no será la servidumbre condición fundamental para el mantenimiento de la democracia formal? ¿Qué democracia parlamentaria no se ha mantenido en la esclavitud? Esclavitud tradicional en sus orígenes en Grecia y esclavitud asalariada y precariedad laboral (o paro) en las sociedades modernas.

Lo que persiguen los impulsores de nolesvotes es reemplazar una élite por otra. Alguno, incluso, aprovechando la ola, ha decidido dar el salto a la política. Otros pregonan “nuevos modelos de Mercado” para la cultura, como si no fuera el Mercado mismo lo que corrompe la creatividad cultural y la transforma en pasatiempo. El objetivo único que conseguirá nolesvotes, si tiene éxito, es que los impulsores de esos nuevos modelos de negocio o Mercado (Enrique Dans), de esa nueva política (UPyD con Carlos Martínez Gorriarán y Ciudadanos con Víctor Domingo, presidente de la Asociación de Internautas), de los nuevos modelos de control de la información (Ricardo Galli con Menéame) y de la nueva “democracia regenerada” se coloquen en puestos de mayor poder. No habrá mayor democracia, sólo cambiaran los amos, los siervos seremos los mismos. Las reivindicaciones políticas del pueblo sólo se materializan mediante la implicación directa en la política y el control constante sobre los que acumulan poder, es decir, a través de la democracia real. El votar o no votar es indiferente al cambio sustancial.

Nolesvotes afirma que hay que instigar el cambio ¿Qué cambio? Tengamos un mínimo de perspectiva histórica:

El PSOE del 1982 pedía el cambio, y la cuestión no es que los socialistas se hayan pervertido, sino que la regeneración del sistema democrático es imposible, porque el juego de la democracia parlamentaria es el del reparto del poder entre una élite que, mediante nuestra connivencia se adjudica diferentes prebendas. Si el lema es no votar PSOE, CiU, o PP, la oferta para la mayoría se reducirá a PNV, BNG, Eskerra, UPyD, Ciudadanos e IU, ¿de verdad pensamos que, una vez en el poder, estos partidos van a cambiar las cosas? ¿De verdad su impulso de cambio es mayor que el del PSOE de 1982?

Se me dirá que, por lo general, podemos estar en desacuerdo con ciertos partidos o políticas concretas, pero que no estamos contra la democracia. Y a mí me seguirá resultando increíblemente sorprendente que continuemos anclados a perpetuidad en la crítica de cuestiones coyunturales, cuando lo obvio es que todo el sistema democrático occidental está en quiebra. Sí, lo está. Primero: porque la democracia parlamentaria tiende a la creación de élites burocráticas ajenas a la realidad cotidiana y preocupadas exclusivamente por intereses propios; segundo: porque convive con un capitalismo que considera al ser humano naturalmente egoísta, con una ilimitada capacidad de consumo y a la tierra un espacio inaprehensible con recursos infinitos; y, por último: porque condena a la sociedad a la división entre los que tienen −dinero o poder− y los desposeídos, mientras nos dice que todos somos iguales. Como dice la chanza: “Sin duda, todos somos iguales. Pero algunos más que otros.”

A los que no creemos en la democracia parlamentaria se nos responde a menudo que la única opción restante es la dictadura. ¡Mentira! No existe la dicotomía democracia-dictadura. La democracia real es la verdadera alternativa a la democracia formal. También es falsa la absurda mentalidad que defiende el aumento del poder del gobierno como política de izquierdas, y su reducción como política derechas. Este juego inadmisible del acordeón democrático lo único que consigue es tocar indefinidamente la música de la élite.

La democracia parlamentaria moderna se nos suele presentar como la única solución contra las guerras y despropósitos del siglo pasado. ¿No será, más bien, la que las produce? Porque son los desencantos ineludibles de la democracia, la corrupción y el fracaso constante de la multiplicidad de líderes lo que los fanáticos usan como excusa para justificar un líder poderoso que enderece todo el marasmo democrático. Aparte, recordemos un hecho tan trágico como manifiesto: en nombre de nuestras democracias se comenten diariamente las mayores de las barbaridades. ¿Hace falta enumerarlas? 

¿Y si no hicieran falta líderes? ¿Y si lo fundamental fuese la cooperación y la asociación? Solo a través de la implicación directa en el destino político de nuestras vidas nos daremos cuenta de que votar es un acto inocuo. Para darnos cuenta de ello, es imprescindible la asociación, la cooperación y la solidaridad ajenas al Estado y al Mercado.

Los creyentes demócratas suelen argumentar que no votar es una pataleta y que sólo beneficia a los que de todas formas conseguirán su puesto. Así sea. Si de todas formas lo iban a conseguir, que por lo menos no sea con mi apoyo. Que sepan, de partida, que no me interesan sus tejemanejes corporativos ni su nepotismo.

Se me dirá que las cosas han cambiado, que la democracia ha traído libertades. Y por cada libertad adquirida en España durante esos años se podría resaltar un movimiento ciudadano no directamente vinculado al gobierno que lo impulsó hasta forzar su aprobación. Y por cada una de esas libertades conseguidas, también se podría nombrar un recorte impulsado por la élite política y económica; sobre todo en lo que respecta a los derechos de los trabajadores: reducción de la capacidad adquisitiva, horas extras obligatorias, paro, precariedad y temporalidad laboral y ETTs. La conclusión es clara: los cambios democráticos los producen las movilizaciones ciudadanas, las reducciones de libertades, los gobiernos electos y los Mercados.

Se argumenta también que no votar sólo demuestra desidia política, cuando ocurre justamente lo contrario. El que vota es el que, a través de un mero ritual, se siente participativo, incluso liberado. En realidad no está haciendo nada, como el creyente que se siente liberado de sus pecados al recibir la eucaristía. Pero ¡debemos ejercer el derecho por el que tanto se ha luchado! Hay muchos más muertos a cuenta de causas aún más absurdas que la democracia parlamentaria y, por fortuna, no perdemos un minuto en recordarlas. El número de fascistas muertos en la guerra civil no me hará pensar que el sistema político que instauraron era el adecuado.

No nos dejemos engañar por la extraña sensación de sosiego y paz que nos confiere la liturgia del voto. Introducir el voto en la urna no nos libra de ningún pecado, no es un sacramento, no recibimos ninguna hostia sagrada, sino, más bien, metafórica. Decir que se vota porque “tengo derecho” o porque así “se me tiene en cuenta” es pura religión, si no superstición. No se te tiene en cuenta para nada, porque votar no significa ni cuenta para nada más que para claudicar tu voluntad política en beneficio de personas absolutamente ajenas tu vida.

En uno de los comunicados de nolesvotes se termina con la frase: La democracia no son los grandes partidos: la democracia eres tú, y millones como tú. Esto es simplemente una simpleza mayúscula. La democracia parlamentaria se fundamenta en gobierno de la mayoría, esto es, en los grandes partidos. Tú y los millones como tú que votáis lo único que estáis haciendo es participar en el juego del reparto de poderes que se acumulará en los grandes partidos. Los partidos minoritarios están condenados a ser convidados de piedra o a pactar. Lo cual significa negociar la claudicación parcial o total de sus ideales en beneficio de ventajas, a condición de que el partido mayoritario también lo haga en la medida correspondiente. 

En definitiva, hoy en día, lo irresponsable es votar, no lo contrario. Lo iluso y utópico es creer en una democracia parlamentaria que lleva décadas engañando (en nuestro país, en otros lleva siglos haciéndolo). Lo infantil e ingenuo es pensar que los nuevos partidos minoritarios −plagados de oportunistas y políticos provenientes de partidos mayoritarios− van a cambiar algo. Lo absurdo y apático es votar sin militar en ninguna asociación política o sindical y pasarse cuatro años quejándose con los amigotes hasta las siguientes elecciones. La acción realista y consecuente es entender que participar en la lotería del poder que supone el voto no es la solución, y que la verdadera democracia está en la acción política verdadera, no en la pseudo-acción de nolesvotes.

Žižek explica este tipo de acciones cuyo efecto es la interpasividad. Nos dejan muy a gusto un rato, nos confieren cierto retorno a la autosatisfacción de estar llevando algo a cabo. Lo cierto es que lo que hacemos con iniciativas como nolesvotes es perpetuar un sistema que no funciona. Acciones como nolesvotes son superficiales e insustanciales. Hablando de lo que él define como las acciones inscritas en las coordenadas ideológicas hegemónicas, Žižek dice lo siguiente, que puede ser aplicado al asunto:

Este tipo de actividad proporciona el ejemplo perfecto de interpasividad: de las cosas que se hacen no para conseguir algo, sino para IMPEDIR que suceda realmente algo, que cambie realmente algo. Toda la actividad humanitaria frenética, políticamente correcta, etc., encaja con la fórmula de “¡sigamos cambiando algo todo el tiempo para que, globalmente, las cosas permanezcan igual!”

¿No estás harto de que los políticos te decepcionen? ¿No será más bien el sistema el que no funciona y no los políticos? La alternativa es no presentar alternativas dentro de un sistema fallido. La acción política más responsable y activa, la inacción.

¡Abstente y participa!

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