Sigue helando en primavera

Apuntes al respecto de la crisis que viene y de la que perdura

Iniciamos 2019 con una perspectiva sombría entre nuestra gente. La crisis económica permanente en la que vivimos hace imposible pensar a largo plazo para nuestras vidas particulares. Sin embargo, cuando compartimos espacio con los compañeros y compañeras se hace inevitable compartir inquietudes por la incertidumbre de los tiempos que vivimos. Estas líneas quieren reflejar algunas de las certezas que, a pesar de todo, pensamos que es bueno compartir.

ES EL FIN DE ALGO, TODAVÍA NO SABEMOS DE QUÉ

La crisis económica que arrancó el 2008 dejó claro a todo el mundo que las cosas podían ponerse muy feas. La economía mundial ha cambiado poco desde entonces, por eso hoy nos encontramos ante una economía de nuevo en recesión.

A escala europea, la reordenación que siguió a la crisis de 2008 impuso sobre la periferia de Europa condiciones de sumisión políticas y un nuevo reparto en la división del trabajo. O más bien, una mayor rigidez en una división del trabajo establecida desde Bruselas hace casi medio siglo. La parte que nos toca a las sociedades del sur es ser, por un lado, graneros de recursos energéticos, agroindustriales y de mano de obra barata; y por el otro, parques temáticos para uso y disfrute de las sociedades más industrializadas.

El sector industrial español se mantiene como una bomba de recursos desde nuestros pueblos hacía los centros económicos globales, dado que está compuesto mayoritariamente por capitales extranjeros que aprovechan la dependencia política que han generado a su alrededor para esquilmar nuestros recursos: nuestro tiempo de trabajo, nuestro suelo, nuestro aire…. Es el caso del sector de la automoción, un sector que funciona porque el Estado español y sus sucursales regionales han hecho lo posible para no perder los beneficios políticos que les supone tener sometidas a poblaciones enteras al poder de un pequeño grupo de empresas que luego trasladan sus beneficios de vuelta a sus centros de poder.

2018 ha sido un mal año para este sector, ya de por sí vulnerable. La paralización de los mercados mundiales ha lastrado los resultados de este pasado año. Además, se ha visto perjudicado por el ascenso de una nueva burbuja inmobiliaria. La voracidad inmobiliaria vuelve a coger fuerza una década después, una vez eliminada la competencia que podían hacer las cajas públicas. Ahora, los grandes capitales operan sin problema en las grandes ciudades en las que controlan sin rival el “mercado inmobiliario” como otro sector desde el que vampirizar a la población, extrayendo recursos de la gente por el mero hecho de habitar en una zona y a la vez alimentando la imposición de la turistificación de nuestro entorno.

No podemos dejar de ver aquí lo ocurrido en Madrid con la Operación Chamartín, una operación inmobiliaria promovida desde la banca privada para liberar suelo para el negocio inmobiliario en unas condiciones de escándalo, por los favores realizados, al BBVA, para vergüenza del “municipalismo de izquierdas”. Pero no sólo. En nuestra realidad local (Valladolid, para más señas) el ritmo de construcción de viviendas corre en paralelo al del aumento de los precios de la misma y a la vez, la operación “no-soterramiento” que las izquierdas locales han defendido desde al Ayuntamiento contempla un aprovechamiento inmobiliario en los actuales talleres ferroviarios de Delicias equiparable a todo el barrio de La Victoria.

Diríamos que “todo vuelve”, que “la historia se repite”. Pero sabemos que no es así. Que haya sectores de la patronal pretendiendo rememorar sus buenos años va en su naturaleza. El problema es que no estamos ni en 1970 ni en 1990. Los problemas señalados de la economía mundial tienen explicaciones coyunturales que resultan inquietantes, pero los problemas estructurales que tiene el sistema económico mundial son insalvables. Estos problemas estructurales son en parte propios y en parte ajenos al sistema económico.
Es ajeno al sistema económico, por su propia definición de máquina ciega de generar beneficio, lo que está haciendo con las bases materiales de la vida. La aniquilación de especies, el impacto en el clima y la devastación ambiental son manifestaciones de la degradación del entorno que sostiene la vida en el planeta tal y como la conocemos. La economía capitalista actualmente amenaza con impedir la propia supervivencia de nuestra especie al volver el planeta inhabitable. A la vez, el rendimiento que la economía saca de los recursos naturales cae desde hace una década y por primera vez desde la industrialización del siglo XIX. El cuello de botella por el que el capitalismo está pasando lo imponen los recursos energéticos fósiles, cuyo declive mundial certificado en 2006 marca las olas de inestabilidad que se dan coyunturalmente en las economías particulares de cada región. Este cuello de botella obliga a pasar de una economía consistente en competir por una mayor tasa de crecimiento a una economía de reparto de parcelas de un poder que decrece. Cómo se traduce esto al día a día es algo que vemos a través de los movimientos geopolíticos de los estados capitalistas, pero también en actuaciones más concretas, como la tentativa de los gobiernos europeos de perseguir el consumo particular de gasóleo para beneficiar a los consumidores agro-industriales. Como sabemos, la respuesta a esta tentativa ha sido una imparable rebelión en Francia y una amenaza velada por parte del poder industrial automovilístico español de desinvertir en sus fábricas. Ambos movimientos juegan en el campo de la lucha de clases un reparto de la riqueza energética fósil ya en declive, en el caso francés en favor del pueblo y en el español en favor de la patronal del motor.

Pero la lógica interna del sistema también está mostrando sus costuras. La automatización generalizada de las últimas décadas obliga a una competencia feroz entre empresas por menores beneficios en una huida que ya ha recorrido el mundo. Siendo los beneficios el motor de la acumulación capitalista, que las “revoluciones industriales” tercera y cuarta (informática y automatización respectivamente) estén haciendo desaparecer los beneficios marginales de los procesos productivos condena a este sistema a mutar hacía otra cosa. Esta realidad se impone por encima de las estrategias particulares que en cada sector o empresa se quiera adoptar, si bien por lo general quienes tienen el poder económico están optando por lanzar una ofensiva de desposesión contra las clases trabajadoras para asegurarse el control sobre lo poco que va cayendo.

Ante esta situación, lo que es previsible es que lo que hemos vivido tras la crisis de 2008 se quede como la nueva normalidad en lo que evolucionamos hacia un capitalismo desconocido…u otra cosa.

LA DESCOMPOSICIÓN ES CRUCIAL PARA LA VIDA, PERO HUELE BASTANTE MAL

El efecto del declive civilizatorio generalizado originado por la crisis estructural de la acumulación capitalista tiene un reflejo en los sistemas políticos que administran esta acumulación. Los estados, fieles a su función de asegurar la continuidad de lo existente, no llevan bien la incertidumbre ante el cambio. La crisis por el control de los estados barre el planeta, abriendo una nueva oleada de cambios políticos que sustituye a la que inauguraron hace 40 años el cuarteto Thatcher-Reagan-Gorbachov-Xiaoping.

La época de los gobiernos del neoliberalismo nos ha dejado elementos que ahora tienen que volver a encajarse:

- Un sistema-mundo global, que integra la totalidad del planeta, con sus instituciones políticas e ideológicas globales. Desde la ONU a la OMC, los conceptos hijos de esta globalidad han marcado hasta hoy las políticas de todo el planeta: desarrollo sostenible, gobernanza, libre mercado…

- Un sistema económico global, enmarcado en instituciones de escala mundial (como la mencionada OMC) o continental (con la UE a la cabeza) que ha ido suplantando a los estados-nación anteriores.

- Un equilibrio interimperialista frágil que se ha sostenido estas décadas sobre una dominación militar que cae en cascada desde el gran poder militar mundial hacía el resto de países.

Esta fase expansiva obedeció a la pujanza de las clases altas de los países centrales que tras los años 70 encontraron en los negocios financieros un nicho de beneficios que entonces no concedía ningún otro sector. La naturaleza del sector financiero le obliga a su mundialización, por lo que el poder que confiere el sector financiero a una élite organizada globalmente ha sostenido el entramado institucional global hasta que el sector financiero implosionó en 2008. Desde entonces, las fisuras en ese poder de clase se dejan entrever en los distintos escenarios en los que esta se magnificaba anteriormente. Las cumbres globales no terminan o son meras representaciones teatrales-no hay nuevos acuerdos mundiales de comercio desde el 1994-, se han desatado guerras comerciales contra China y Rusia y el poder militar de EEUU ha quedado muy cuestionado tras su intervención en Ucrania, Siria…y sus intentos de intervenir en Venezuela.

En Europa esta descomposición se manifiesta a nivel interior de los países y a nivel global de la unión. Una unión que asume su declive, con países queriendo salir y crisis de calado sin resolver por el empuje de fuerzas internas dentro de los estados, como la de los refugiados. El desinterés de las clases poderosas de cada nación que conforma la UE por este proyecto va en aumento, debido a la perspectiva que comparten de que hay que atesorar todo el poder posible antes de que empiece la caída.

No nos hace falta irnos a Francia, Alemania o Italia. Con los países peninsulares, sus estados y sus élites tenemos suficientes ejemplos para ver lo que está pasando. La descomposición global se traduce a pequeña escala de manera diferente en cada país ibérico, porque sus estructuras de clase son completamente distintas. Allí donde hay sociedades con clases burguesas y tejido industrial propio, los intereses de estos sectores han permitido que haya una expresión políticamente rentable del hecho nacional consustancial a estos países. Sería el caso catalán, vasco y en menor medida gallego y valenciano. Otros territorios se encuentran, salvando las diferencias que imponen las diferencias institucionales, en una deriva política marcada por la enorme brecha entre unas clases trabajadoras depauperadas, migrantes e hiper-concentradas en zonas urbanas y unas élites rentistas insertas en los circuitos de poder internacionales, gracias a su vinculación con el poder financiero a través de sector inmobiliario. Esta caracterización sirve para explicar lo que ocurre en Portugal, Castilla o Andalucía.

El caso castellano, en el que estamos inmersos, la brecha política abierta con la aparición de sectores a la derecha del PP (dentro y fuera del partido) refleja el conflicto existente principalmente entre las élites urbanas y rurales. El que hasta ahora era el espacio común en el que se repartían el poder las clases rentistas del campo y la ciudad implosiona en facciones internas que dan vigor a las expresiones políticas aparentemente nuevas.

En esta época de conflicto ha emergido una fuerza vinculada a las clases medias universitarias, excluidas de los circuitos económicos principales, que ha llevado a conseguir algunas parcelas de poder a fuerzas que nacieron tras el declive del movimiento popular de los años 2011-2014. El municipalismo de izquierdas y Podemos es una expresión política de una capa social despojada de poder económico que intenta insertarse en unas instituciones que están patrimonializadas por una “aristocracia obrera” criada bajo el ala del PSOE: funcionariado, profesorado, servicios públicos… Mientras tanto, la clase trabajadora carece de fuerza propia como viene ocurriendo en las últimas décadas.

Esta ausencia de expresión política se explica en parte porque el Estado ha generado instrumentos de cooptación que inhiben la organización propia, cuya principal expresión sería la concertación social que realizan CCOO y UGT a través de un modelo sindical a medida.

Y es que, aunque resulte sesgado y tenga limitaciones, la representación de las clases sociales y su reparto del poder tienen bastante relación. Obviamente, el sistema político estatal no busca representarnos. La política se hace para repartir el poder de la sociedad. La representación de sectores, ideologías y valores es un medio para alinear a las masas detrás de determinados proyectos de clase en una disputa por el poder. Por eso, cuando señalamos la composición de clase de las distintas fuerzas políticas que operan en nuestra sociedad, lo que estamos viendo reflejado son los conflictos de clase que realmente van a determinar nuestro futuro en ese escenario de reparto forzado de unos recursos limitados.

Otra cuestión es entrar en leer las posiciones ideológicas, culturales o programáticas de cada sector político presenta ante el público. Sin quitar importancia a la batalla cultural que se libra en la sociedad bajo las posiciones políticas de cada partido, creemos que atender en exceso a esta batalla cultural nos quita capacidad de atender a las verdaderas cuestiones que están en juego. Los movimientos sociales, populares y antagonistas en los que participamos sufrimos un desgaste inasumible combatiendo posiciones ideológicas que se lanzan de manera perversa desde facciones políticas concretas. No es ser conspirativas decir que hay lobbys promoviendo que el movimiento popular asuma causas que le son ajenas, o que se fraccione en conflictos magnificados. No podemos olvidar la irrupción de grandes imperios empresariales basados en el análisis de datos, que se lucran con estudiar el comportamiento de la población para dirigir mensajes concretos que permitan gobernar, esto es, “conducir las voluntandes”.

En el caso del movimiento feminista hemos visto como tras unas demostraciones de fuerza popular imparables en 2018, se lanzaba una contraofensiva para desviar al movimiento hacia posiciones punitivistas, esto es: que el movimiento feminista dejara de pelear por una transformación social y se limitara a conseguir un estado aún más represivo, con la defensa de la cadena perpetua. Nos ocurre también, en el mismo movimiento, con la magnificación del conflicto entre tendencias con temas como la prostitución o la transexualidad, cuando hay suficientes consensos como para mantener espacios de movilización comunes. La intromisión de este tipo de polémicas y posiciones en el movimiento no se produce por una legítima posición de los sectores implicados, sino por el bombardeo de mensajes que se inoculan desde quienes controlan los medios de comunicación.

BATALLA DE IDEAS

Hemos dicho aquí que nuestra obsesión por derrocar a quienes sostienen posiciones aparentemente contrarias a las nuestras es, hoy por hoy, una vía de desgaste inasumible para quienes pelean por la transformación de la sociedad en un sentido liberador y en defensa de la vida. Porque la batalla cultural, simbólica o representativa obvia los intereses de clase que se ocultan tras las posiciones políticas, aunque estas nos sean simpáticas.

Pero no por ello vamos a dejar pasar de largo la batalla de ideas. Circula por nuestro entorno una consigna que no por repetitiva se hace menos falsa: “a los obreros no les interesan los carriles bici, ni los gays, ni el veganismo, ni …” En un intento por acercarse al amorfismo político que, como hemos señalado, caracteriza a las clases trabajadoras, se hacen fuertes posiciones reaccionarias en base a acusar a “la izquierda” de haber abandonado la representación de la clase obrera en favor de “las minorías”. Lo decimos desde ya: esas posiciones son reaccionarias. Pero vamos a entrar al fondo de la cuestión:

1- La clase obrera, como tal, no va a organizarse bajo la tutela de ninguna forma política preestablecida, como las otras clases sociales tampoco lo hacen. La organización de clase adopta formas, registros, códigos muy variados, pero que no se confunda la parte por el todo: la estética que envuelve a los partidos que representan a los intereses de las otras clases no ha emergido de dichas clases y no tiene por qué tener relación. Un partido ideológicamente conservador puede en un momento dado ser el valedor de los intereses más claros de las clases desfavorecidas, porque hay cierta independencia entre los valores que se enuncian y los intereses materiales que en la práctica se ponen en movimiento. Que nadie espere que si emerge una organización masiva de clase obrera lo haga con una bandera roja y negra. Aunque si ocurre, bienvenido sea.

2- La reducción de los intereses de “los obreros” se usa para descartar posiciones en temas particulares que se salen de la agenda de quién utiliza la consigna. Pero esa operación de reducción encierra un mecanismo de simplificación tan perverso como reaccionario. La lógica que se oculta bajo la idea de que “los obreros son más simples que todo eso” es muy sencilla: los obreros lo que quieren es dinero. Y esta enunciación la firma cualquier economista burgués, cualquier banquero, cualquier empresario. Porque esta “verdad revelada” no es otra cosa que la ideología del capitalismo más descarnada.

Confrontamos esta idea porque nos parece que representa un estado de ánimo. Un estado de ánimo de derrota. Un sentido común que dice que las clases populares ya están de facto en manos de un enemigo formidable e invencible. No creemos que sea así, desde luego los datos dicen otra cosa: la clase trabajadora sigue siendo principalmente apática en las elecciones de cualquier tipo. Esto es sólo un indicador, pero ahí está. Por otro lado, dada la necesidad de ampliar el horizonte de lo posible, traemos algunas ideas de los que quieren “los obreros” que contraponer a ese discurso torpe y, repetimos, reaccionario:

1- No queremos dinero. Lo queremos todo. Así de simple. Queremos carriles bici, derechos sexuales, un mundo sin sufrimiento ni explotación y una vida plena.

2- Las personas necesitamos seguridad. Seguridad en que mañana volverá a salir el sol y el cielo seguirá en su sitio, seguridad de que vamos a poder alimentarnos, vestirnos, refugiarnos del frío o del calor. Nos interesa hacer de la seguridad el hilo conductor de nuestra intervención política: queremos seguridad para nuestra gente.

3- Las personas necesitamos pertenecer a un colectivo. Sólo en sociedad nos realizamos. Por eso la soledad que impone el individualismo fruto de la modernidad es devastadora para nuestras mentes. El colectivo al que pertenecemos puede ser más o menos cercano, más o menos concreto y tangible: la familia, la clase, el partido, el país…La necesidad de vincularnos a algo es superior a muchas otras necesidades, incluida la de seguridad. Nos interesa poner la comunidad en el centro de nuestra acción política, explícitamente enfrentada a la comunidad de la mercancía que crea el dinero.

ANARQUISTA, ¿POR QUÉ?

Somos un grupo anarquista. Por eso no nos podemos permitir ser ciegos a la realidad e insensibles a lo que ocurre alrededor. Cuando emitimos comunicados como este lo hacemos con la convicción de que es necesario aportar desde posiciones antagonistas los sentires que nos motivan a continuar con una actividad política libertaria. Que nuestras posiciones se lancen desde un colectivo específicamente anarquista no se debe a una intención de diferenciación y tribalismo ideológico, sino todo lo contrario. Queremos tender puentes, queremos que nuestros análisis y conclusiones sirvan para entendernos con quienes los compartan.

La especificidad de nuestra posición es la hostilidad con las estructuras de la dominación, y en particular con el Estado. No somos especiales en ello, muchas posiciones antagonistas son escépticas al estado por diversos motivos, pero sólo desde el anarquismo la ruptura es total y declarada. Reconocemos que ha habido en el anarquismo un fetichismo del estado, una simplificación inútil de lo que eran y son los estados. Pero no por ello la posición que se ha defendido a dejado de tener validez. Desde el anarquismo se defiende que los movimientos populares conformen fuerzas propias que empujen hacía transformaciones sociales, y en esto no nos diferenciamos de casi ninguna otra fuerza política existente. La diferencia está en que, para el anarquismo, una vez que existe esa fuerza no tiene sentido integrarla en el estado. Esto tiene limitaciones, que conocemos y que hemos vivido. Como también tiene limitaciones, a nuestro juicio más explícitas, integrarse en el aparato estatal.

El futuro está abierto, por eso sostenemos que nuestra tradición política sigue dentro del campo de lo posible y si bien no queremos pecar de ingenuidad suponiendo que la emergencia de un movimiento popular liberador va a venir de la mano de nuestra cultura política, esperamos sembrar en ese sentido.

Ponemos de nuevo el ejemplo del feminismo. En ese movimiento lo valioso es la comunidad que se crea entre personas en principio desconocidas pero cuyo interés por cosas tan básicas como salvar la vida o acabar con la explotación a través de los cuidados son la base de una comunidad que arraiga entre las clases que sostienen el sistema económico trabajando y cuidando, porque son intereses que compartimos. La existencia de esa comunidad de intereses puede mirar más allá de la quiebra del sistema capitalista y hacer realidad nuevas formas de convivencia.

Y este movimiento es una oportunidad, pero de nosotras depende aprovecharla. Tenemos que saber crear y utilizar las herramientas necesarias para cada objetivo que nos planteemos, elaborar una estrategia y crear unas estructuras para que todo el trabajo y vínculos generados no acaben siendo etéreos y estériles, facilitando así la transmisión de experiencias, la continuidad intergeneracional y la creación de proyectos nuevos y más capacitados.

Estos meses estamos siendo ya bombardeados con propaganda electoral, con propuestas a corto y medio plazo. No seremos nosotras quien vengamos con discursos moralistas sobre qué se debe o no se debe hacer.

Asumimos que no tenemos la consciencia colectiva, estructuras (e infraestructura) que nos gustaría para ampliar nuestras capacidades, encontrar las maneras de encontrarnos y crear los presupuestos válidos para tejer las estrategias que nos hagan presentes en la sociedad y que generen nuevas posibilidades de poner en práctica relaciones comunales para hacer posible una determinada organización social en un mundo que ha sido diseñado específicamente para el aislamiento, la soledad y el desencanto.

Así, nuestro papel hoy debe ser fortalecer el contacto directo entre personas y colectivos cuyos intereses van a ser los más justos y necesarios de defender, los intereses de la mayoría social que trabaja y cuida. Un contacto sin intermediación, ni de banderas ni de códigos de conducta preestablecidos. De ese contacto es del que puede salir una comunidad de intereses, que se convierta en una comunidad de lucha, que se convierta en una fuerza social por el cambio. En este sentido, el vacío existente en la constitución de un movimiento político que encarne los intereses de la clase obrera es una oportunidad y una responsabilidad que debemos afrontar, como ya hizo antaño el anarquismo más pragmático. Sin atajos: encarnar los intereses de una clase social heterogénea y diversa no es hacer un programa y repartirlo en un panfleto. Es una responsabilidad mucho más grande y nuestro trabajo es asumir esa responsabilidad en cada lucha que llevemos a cabo.

Valladolid, abril del 2019

www.cencellada.noblogs.org 

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