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Carta Directa: a lxs hijxs de los ricos

CARTA DIRECTA

“La pasividad y la mansedumbre no implican bondad, así como la rebeldía no significa salvajismo”

Emma Goldman

A lxs hijxs de los ricos que rechazan la violencia y esgrimen argumentos pacifistas ante la justicia del pueblo.

A estas personas que, por algún contacto indirecto con nosotras (las personas de abajo), generaron algo de consciencia, se les sugiere que enfoquen toda su capacidad dialógica con su clase social y no con nuestra gente. Este diálogo debe servir para hacerles entender la necesidad de nosotras de abandonar la violencia ejercida desde sus mecanismos de control y represión legal, moralmente aceptada en contra nuestra: deben entender, además, que la violencia se ejerce de muchas formas. Dicho diálogo lo deben realizar con la élite, con sus padres, porque son ellos los causantes de las agresiones en contra nuestra, deben preguntarles por qué es que nuestros actos de inconformidad les causan tanto escozor y por qué nuestra rebeldía es repelida con tanta brutalidad, y, sobretodo, en qué se basan sus supuestos derechos para gobernar y para mantener un régimen de autoridad; un régimen de total humillación y desigualdad. Esas preguntas deberían hacérselas a sus padres antes que preasumir que es el accionar del pueblo una manifestación de violencia y de ignorancia, y no una respuesta a la agresión de su clase socioeconómica.   

Ustedes, hijos de la “gente de bien”, deben entender que las acciones del pueblo son respuesta a las acciones de sus padres, que, en su afán de mantener una estructura social en consonancia con las dinámicas de poder (nunca de libertad y consenso social), violentan, asesinan, imponen sus condiciones y se apropian de los recursos que, por generaciones, han sido forjados por nuestros antepasados en la dinámica de trabajo esclavo: bajo la máxima de “ganarás mi pan con el sudor de tu frente”.

Ustedes, hijxs de la élite y de los privilegios, es bueno que dejen de subestimar la lucha de clases y es bueno que se alejen de su floja visión del pacifismo, una “paz” vestida de colores. ¿Ser pacífico implica ser ciego y silente frente a las actitudes violentas de sus padres hacia la gente trabajadora, hacia nosotras, las personas de abajo? Pues, en nuestra opinión, “paz” significa ecuanimidad, solidaridad entre gentes, soberanía alimentaria, techo digno, educación para la libertad y no para el trabajo, tiempo libre, salud preventiva, entre otras. ¿Puede considerarse que esas aspiraciones son violentas? Ante estas solicitudes el pueblo no tiene posibilidad de ser escuchado pues, a pesar de que sus luchas no estén encaminadas a la confrontación y el daño, la élite siempre las va a asumir como ilegítimas, como una acción que merece una reacción y, ojalá, lo más violenta posible. Esta violencia se ejerce con armamento pagado por la misma gente a la que se maltrata, esa violencia se ejerce con jueces perversos que defienden los intereses de la élite y con cárceles para anular la capacidad de acción, para diezmar la dignidad humana.

La dignidad humana ha sido vedada al pueblo, se ha estratificado y es lujo que no llega a las bases de la pirámide social que se ha creado en un terreno que anteriormente era llano. En un lugar donde todas las personas nos mirábamos de frente, no de abajo para arriba, como ellos quieren que funcione todo, un mundo lleno de jefes y siervos. Esta forma de vivir genera comodidad a su clase social e incomodidad exagerada a la nuestra, que se ve pisoteada a diario en sus lugares de trabajo, en el transporte público, en el hospital, en la escuela, en el juzgado, en la academia militar, en la cárcel.

¿Son acaso injustas nuestras acciones o peticiones? Pues no es así. Las acciones defensivas del pueblo, cansado de la violencia y de la complicidad del estado con la clase dominante no son violentas, son legítimas y se justifican, pues nunca están encaminadas a hacer daño, ni contra los suyos ni contra el agresor; son acciones de dignidad contras las prácticas de dominación y represión de la élite, prácticas maquilladas de “justicia” y “legalidad” en la hipócrita moral autoritaria. Cuando hablamos de responder a sus agresiones nunca pensamos en matar y bombardear, en frustrar frente a un tribunal o en enjaular. Nuestro ideal de respuesta ante las amenazas y la violencia de la élite al poder tiene que ver con la autonomía, con la organización popular, con la autoregulación, con el consenso social y, si es necesario, con el uso de las armas, no para obtener poder, sino para defendernos de él, pura y legítima autodefensa comunitaria, nada parecido con el fenómeno paramilitar que se ha apropiado de este término para maltratar y asesinar al pueblo. Nuestras armas alimentan, dan techo, abren caminos y defienden a la vez al pueblo de los abusos del poder patronal; son machetes, hachas, martillos, garrotes y cuchillos entre puños valientes y gentes dispuestas a dar la vida por la dignidad: pero nunca para dominar, nunca para generar desigualdad o represión. Son armas para libertad de las personas.

Nuestra acción significa violencia para la élite porque irrumpe en sus privilegios, porque intenta derrumbar la idea del jefe, del mandatario, del capo, del dictador; nuestra acción incomoda porque busca derrumbar la desigualdad, la hambruna, la desprotección; nuestra acción incomoda porque busca eliminar la ignorancia, que es el mayor motor de la desigualdad, de la tiranía, pues un pueblo educado es un pueblo libre; nuestra acción incomoda porque no tiene aspiraciones de poder, porque intenta eliminar de la mentalidad humana la idea de “ser gobernado”; nuestra acción incomoda porque es solidaria, colectiva, autónoma, autogestionaria, asamblearia; nuestra acción incomoda a la élite porque grita acción popular, rebeldía y revolución; sabemos que incomodamos y sabemos de qué forma se sienten cómodos sus padres, repeliéndonos con brutalidad estatal, a palos y a bala.

Por estas razones, porque siento justicia en nuestras formas de actuar (en la asamblea, en la huelga, en el tropel) es que me motivo a escribirles estas palabras a ustedes, las personas que pueden estar heredando este sistema de desigualdad, a ustedes, a lxs hijxs de los ricos. 

Bombardeen las mentes de sus padres, incomoden a sus familias, pongan el tema sobre la mesa, lleven nuestra voz al corazón de la cultura de la violencia, recuérdeles las humillaciones que nos hacen a nosotras, las personas que les hemos servido, por generaciones, en sus casas, en las fábricas, en las haciendas, en las calles, que más que “suyas”, deberían ya ser nuestras: pues han sido forjadas a lo largo del tiempo por el sudor de nuestra clase; la clase obrera y  campesina, la clase desposeída. Pero sobre todo, hagan contrastes, decanten actitudes, intenten cambiar las formas interacción con las personas que trabajarán para sus proyectos, no le hagan a otras personas lo que no quieren que le hagan a ustedes, respeten la dignidad, eliminen las aspiraciones de poder, desistan de la adhesión a las élites, no restrinjan la solidaridad a su grupo de afinidad, extiéndanla, y dejen de valorar como desacertados los actos del pueblo cuando busca justicia, dejen de tildarnos de violentos e ignorantes. La pobreza no sólo se manifiesta con la ausencia de bienes materiales, también se manifiesta con la falta de sensibilidad ante la injusticia y desigualdad.

Salud y Rebeldía.

Imprenta Comunera

Los Santos – Santander, 2018.

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