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Ética amatoria revolucionaria

Tenemos que actuar, en todos los momentos de nuestra vida, de acuerdo
a nuestro modo de ver y de pensar, de manera que los
reproches o las críticas de otra gente encuentren a nuestra individualidad
protegida por los más sanos conceptos de responsabilidad
y libertad en una muralla sólida que haga fracasar a esos ataques.

América Scarfó

Reclamar la ética frente a la moral; por ser un campo todavía no conquistado por aquellos que quieren establecer lo que está bien y lo que está mal para los demás, por no ser un concepto viciado y degenerado por las diferentes religiones que tantos esfuerzos hacen por imponer su concepto de moral. Amatoria, porque hablaré de la necesidad imperiosa de desmontar este mismo concepto, e introducir en el debate conceptos como amor y sexo de forma no obligatoriamente ligada. Y revolucionaria, por el gran interés e importancia que tuvieron las aportaciones de autores y autoras como Emma Goldman, Federica Montseny, Bakunin, Elisee Reclus…

Los sentimientos y la forma de canalizarlos mediante nuestros actos ha hecho del amor una de las piedras angulares de la relaciones entre individuos, como decía Ernesto Guevara: “Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”. Por fin hemos superado la concepción de que el amor es parte de la esfera de la intimidad y del individuo, una interpretación pequeño burguesa por el hecho de tratarlo de forma aislada. Este modo de pensar es interesado. El amor y la sexualidad es un tema colectivo, es un tema político; es decir, si la sexualidad de las personas estuviese atada a las condiciones biológicas, no sería posible encontrar una forma de dominación en el amor ya que ese comportamiento estaría sujeto a los propios genes. Así es como se elude la posibilidad y la responsabilidad de cuestionar los comportamientos sexuales y afectivos que están moldeados por los principios y valores de las clases dominantes a través de sus instituciones y del tiempo, creando un triángulo entre la familia nuclear (padre, madre e hijos que comparten un domicilio), el patriarcado y el amor romántico.

El Estado nace de la misma forma que el patriarcado: el jefe vencedor se apodera de un país y todos sus habitantes, a cada guerrero le toca su parte del botín y todo el que en lo sucesivo obedezca como esclavo o concubina formará parte de la “familia”. El poder maternal no impide la brutalidad del patriarcado, sino que es utilizado para subyugar a la mujer aún más. En el paleolítico el medio de subsistencia era la recolección mediante la cooperación, y la educación de las crías era asumida por la tribu; las relaciones sexuales eran más o menos libres aunque existiese algún vinculo emocional como puede ser el mantener relaciones cara a cara, y no eran muy duraderas, por lo que se puede decir que el único parentesco que existía era la maternidad. Ya en el Neolítico, se pasó del sexo sin necesidad de monogamia a una sociedad en parejas que dio lugar al conocimiento de la paternidad y a un nuevo modelo de familia. Unido al dominio en la agricultura y la ganadería, el sentimiento de propiedad privada fue acrecentándose y el patriarcado fue ganando terreno, ya que el hombre no podía desaprovechar la fuerza de trabajo de su prole para la explotación de recursos naturales.

Más tarde, en la época del apogeo de la filosofía helena, es Platón el que en su obra “El Banquete”, a través de la figura de Sócrates en conversación con Diotima, el que define el amor como “deseo de poseer siempre el bien”. En un primer instante ese deseo se dirige hacia los cuerpos bellos, nivel que no supera la gran mayoría. Pero guiando el amor, decía, se pasaría de amar los cuerpos bellos a amar todos los cuerpos en general, apreciando como superior la belleza del alma y normas de conducta, y así ascender hasta alcanzar la forma de belleza en sí. Y no la idea de que el amor platónico es aquel que es imposible o no correspondido, formalizando el sufrimiento en las relaciones amorosas.

Actualmente el patriarcado neoliberal nos quiere divididos en dos grandes grupos: hombres y mujeres. Diferentes y distantes entre sí, pero complementarios cuando se unen. Nuestro objetivo será dinamitar ese binomio y a la vez dicotomía identitaria. También nos inoculan valores románticos que refuerzan el miedo a la soledad, puritanismo, los celos y la posesión o la monogamia como única expresión entre individuos. Esto se traduce en el monopolio masculino, una falocracia. La escuela occidental desde el s.XVIII como nos mostró Michel Foucault en su historia de la sexualidad sí mostró una explosión discursiva, pero nunca se situaban fuera o en contra del poder, cuyos efectos tuvo gran influencia sobre futuras mentalidades. Es establecida así una esquizofrenia respecto a este tema. Se liga el género con la identidad sexual sin admitir más ecuaciones que las de la heteronorma. Nos han hecho creer que las opciones que no responden a esta versión oficial se han de llamar desviaciones de carácter antinatural, tratando de forma marginal a quienes apuestan por otras formas de amor más liberadoras o variadas, configurando poco a poco la mentalidad que a día de hoy tenemos sobre el amor. A diferencia de lo que nos ha hecho creer el cisgénero “de toda la vida”, el transgénero existe desde hace miles de años.

La razón de que el concepto del amor libre sea utópico es la dificultad de situar, teórica y experimentalmente, al individuo como entidad libre y soberana en el contexto de cualquier grupo, comunidad o sociedad. Si bien este concepto ha permanecido en el ostracismo por parte de los diferentes anarquismos, solo en las corrientes feministas e individualistas tuvo algo de peso. En el caso del feminismo, fueron personalidades como Emma Goldman las primeras en incorporar el amor libre a su forma de vida, la cual fue amiga y amante de Johann Most y compañera sentimental de Alexander Berkman. Pero fue el individualismo anarquista el que aporto mayor carga teórica al concepto de amor libre, sobre todo Émile Armand quien asoció la libertad con la camaradería amorosa, y quien interpretaba el amor como el acto que solo podía existir fuera de cualquier tutela moral, religiosa, familiar o estatal, lejos también de cualquier prejuicio basado en el pudor, el puritanismo, el vicio o la fidelidad sexual.

Es así como a día de hoy podemos diferenciar tres tipos de relaciones afectivas en el marco del amor libre; el poliamor jerárquico, el poliamor no jerárquico y la “anarquía” relacional.

En el primer caso, el poliamor jerárquico, existe una relación sexo-afectiva primaria que sería la que mayor porción de carga emocional tiene, siendo todas las demás relaciones secundarias. En el caso de las relaciones poliamorosas no jerárquicas ninguna de las relaciones sexoafectivas tiene privilegios sobre las otras, es decir, no tiene poder de veto, pero practicando la amistad de una forma diferente a sus parejas de la red poliamorosa. Y en el último caso, el de la “anarquía” relacional no se establecería diferencia entre compañeros amorosos y no-amorosos, suprimiendo la jerarquía entre estos, por poner un ejemplo: una mujer anarquista relacional y heterosexual podría escoger a su mejor amiga como pareja con la que vivir y llegar a establecer amistad amorosa, igual de importante que una relación romántica que pueda tener con un hombre. Y terminar decidiendo con su pareja masculina y femenina que los tres son una familia, que viven juntos y funcionan como compañeras igualitarias.

El amor libre solo podrá ser realmente aceptado en una sociedad anarquista, donde todo vicio moral sea erradicado o reinventado en base a una nueva escala de valores afectivos. Es por eso que no debemos caer en la inercia de pensar que el amor libre es compatible con una sociedad como la que hoy conocemos, por un lado encontraremos individuos que son depredadores afectivos, que utilizarán el argumento del “yo soy libre” para hacer lo que quieran con las personas a las que se unan sin asumir ninguna responsabilidad o empatía. Por otro lado el amor libre puede caer en una moda beneficiosa para clases que ya gozan de una posición privilegiada (clase media, blanca, hetero…) donde la práctica del amor sea una experiencia vital (una meritocracia) en vez de un espacio de colaboración y crecimiento conjunto, o por el lado contrario, que la práctica del amor libre se convierta en un “coto” donde el tiempo de búsqueda de parejas sexo-afectivas eclipse el tiempo dedicado al apoyo e información de personas en transición o curiosas. O que se hable solo de libertad y no de afecto y responsabilidad. La libertad en este sentido tiene dos caras, el libre para y el libre de. El libre para tener diferentes parejas sexo-afectivas y el libre del mono-amor romántico.

Nuestro sistema está basado en el poder, la propiedad privada, el egoísmo y la competencia, todo ello aderezado por la xenofobia, la misoginia, la homofobia y la discriminación a grupos con menos visibilidad social. Es casi una utopía que la práctica del amor libre no se vea enturbiada por jerarquía y prejuicios. Sabemos cuán difícil es vivir el amor libre entre aquellos y aquellas que se dicen anarquistas. Los condicionamientos ancestrales de nuestra cultura judeo-cristiana, el egoísmo, el interés y hasta el altruismo cristiano, hacen de los anarquistas seres iguales a tantos otros, que en muchísimas ocasiones critican como seres alienados y adaptados a las contingencias del amor castrador burgués. Pero, si nosotros no conseguimos evitar muchas veces esa mutilación de nuestro cuerpo y de nuestra mente, por lo menos debemos tener conciencia de esa realidad negativa. Anarquía y Amor Libre son indisociables. Sin Anarquía no pueden existir las bases de la práctica del amor libre.

No obstante sabiendo las dificultades existentes, el sentido de la utopía en relación al amor libre debe ser cada vez más la base de nuestra vida cotidiana. El amor libre, nos libera de los atavismos que nos unen a la civilización judeo-cristiana. Nos da el sentido, la motivación y la fuerza anímica para potenciar nuestra libertad e individualidad en la construcción de la amistad, de la fraternidad y del amor que fortalece los grupos, comunidades y sociedad que queremos libertarias. En la medida que el aprendizaje del amor libre es sin duda alguna el antídoto de todas las relaciones sociales atravesadas por el egoísmo, por la mercantilización del cuerpo y del sexo, por la dominación y exploración entre seres humanos y entre éstos y otras especies animales y vegetales, se impone sobremanera que hagamos de él un elemento estructurante de la utopía que aspira a construir una sociedad sin amos y sin dioses.

Jaime, compañero de CNT Fuenlabrada.

http://cnt-ait.net/fuenlabrada/2017/03/27/etica-amatoria-revolucionaria/

Tags: éticaamorrevoluciónopiniónanarquismo
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