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1848-1849: ¿La primavera de los pueblos?

La caída del Imperio napoleónico proporcionó a los grandes Estados monárquicos que dominaban Europa –Rusia, Austria y Prusia– la ocasión de extender una cortina de plomo que asfixiara toda libertad de asociación, de pensamiento. La primera fisura en ese dispositivo apareció en Francia en 1848 con una revolución que planteó claramente la cuestión social. La revolución se extendió rápidamente por Europa, donde se plantea directamente la cuestión social, si se puede decir así, pero en la que hay dos grandes problemas que están a la orden del día: la cuestión de la unidad nacional, para Alemania, y la cuestión de la independencia nacional para los eslavos, dominados por Austria, Rusia y Prusia.

Los acontecimientos se van a desarrollar muy deprisa, suscitándose cuestiones extremadamente complejas. Para evocar la revolución de 1848, hago referencia a dos documentos: uno de Bakunin, Llamamiento a los eslavos, y el otro de Engels, El panseslavismo democrático, que es la respuesta al anterior. Estos documentos no nos dan la clave para permitirnos comprender los hechos en detalle, pero espero que su evocación estimule en el lector el deseo de conocer más.

Llamamiento a los eslavos

Bakunin redactó este texto tras la insurrección que estalló en Praga el 12 de junio de 1848, una insurrección que él trató de impedir porque sabía que estaba avocada al fracaso, pero en la que participó una vez desencadenada.

Bakunin diría más tarde que el contexto era sin duda objetivamente revolucionario, pero que faltaban hombres a la altura de la situación. El periodo que siguió a la insurrección de Praga fue muy deprimente para él. Resumiendo, podemos decir que la alianza que preconizaba entre los alemanes luchando por la unidad nacional y los eslavos luchando por su independencia nacional no suscitó entusiasmo ni por un lado ni por otro. Desmoralizado, aislado, sin dinero, descorazonado por los demócratas alemanes: con esa disposición redacta Llamamiento a los eslavos que, veremos, es sobre todo una llamada a los alemanes, y su contenido está profundamente determinado por el análisis de la evolución presente de la revolución en Alemania. Viena fue tomada el 31 de agosto por las tropas imperiales, constituidas por contingentes de eslavos dirigidos por otro eslavo, Jelacic. El Parlamento austriaco se exilió en Moravia, y el príncipe Schwanzenberg, al que Bakunin calificó de “arrogante oligarca”, se convirtió en jefe de Gobierno. Milán fue tomado por los croatas del general Radetzky. Se disuelve la Asamblea Constituyente de Prusia. “Echados a perder por la revolución, que casi les había caído del cielo sin el menor esfuerzo por su parte, casi sin sangre, los alemanes se negaron durante mucho tiempo a reconocer la fuerza creciente del Gobierno, y su propia impotencia”. Los sucesos de Viena y de Berlín, añade Bakunin, les enseñaron que para conservar su libertad deberían adoptar medidas serias: “Toda Alemania se prepara desde entonces secretamente para una nueva revolución” (Confesión).

El Llamamiento a los eslavos fue modificado varias veces por razones tácticas. Para obtener una percepción real de las posiciones de Bakunin necesitaremos, por tanto, examinar las diferentes versiones del texto.

Por ejemplo: a instancias de sus amigos demócratas de Berlín, Bakunin suprime los pasajes en los que se evoca demasiado abiertamente la cuestión social: “Se plantearon dos grandes cuestiones por sí mismas en los primeros días de la primavera: la cuestión social y la de la independencia de todas las naciones, la emancipación de los pueblos en el interior y en el exterior”.

Podemos leer pasajes como los siguientes:

“La revolución social se presenta por tanto como una consecuencia natural necesaria para la revolución política”.

Para resolver la cuestión social, “es necesario eliminar las condiciones materiales y morales de nuestra existencia actual”.

“Así pues, la cuestión social aparece en primer lugar como un vuelco de la sociedad”.

Eso es lo esencial de los textos suprimidos, en los que la solución de la cuestión nacional está subordinada a la solución de la cuestión social.

La primera parte del Llamamiento a los eslavos es un repaso de la política anterior y de los errores cometidos por la falta de unión entre todos los demócratas. La continuación es una exhortación a organizarse. Para ello, Bakunin reafirma –como, por otra parte, había hecho Engels al principio– que el bienestar de las naciones no puede asegurarse si existe en Europa un solo pueblo sometido por el yugo. Recuerda precisamente a los eslavos esos momentos en los que, junto a los alemanes, combatieron en Viena por la salvación de todos.

“¡Que grande y hermoso fue ese movimiento que se extendió por toda Europa y la hizo estremecerse! Tocados por el soplo revolucionario, italianos, polacos, eslavos, alemanes, magiares, valacos de Austria y valacos de Turquía, todos ellos, que agonizaban bajo el yugo extranjero, se levantaron palpitando de alegría y de esperanza”.

Los enemigos que designa Bakunin no son los pueblos y las naciones, sino los imperios prusiano, austriaco o ruso. El Llamamiento no nos lleva a pensar en ningún momento que Bakunin desee la preponderancia de Rusia sobre las demás naciones eslavas, ni la hegemonía de los eslavos sobre los otros pueblos.

En este Llamamiento, Bakunin defienda la idea de una alianza entre los alemanes que luchaban por un régimen democrático y los eslavos que luchaban por su emancipación nacional. Tal alianza, pensaba, habría hecho invencible la revolución. Pero chocó con las reticencias de los dos bandos, sobre todo con los alemanes, encabezados por Marx y Engels, que no estaban dispuestos a ceder los territorios eslavos que ocupaban los imperios prusiano y austriaco desde hacía siglos, y especialmente Bohemia.

Con la iluminación de los textos que escribió Bakunin en su madurez, comprendemos que la segunda revolución que él deseaba era imposible. Las condiciones políticas de una revolución democrática habían cambiado. La burguesía liberal alemana o germano-checa no tenía ya el impulso de la de la burguesía francesa de 1789. Saciada a medias, impaciente ante el posible disfrute, se ve sobre todo –dice Bakunin– “amenazada desde abajo” por el proletariado. Los Danton o los Saint-Just fueron sustituidos por una “cohorte melancólica y sentimental de mentes pálidas y enfermizas” (El Imperio knuto-germánico).

El paneslavismo democrático de Engels

En un texto titulado El paneslavismo democrático, publicado en la Neue Rheinische Zeitung (Nueva Gaceta Renana, 14 de febrero de 1849), Engels reacciona contra el Llamamiento de Bakunin de una manera extremadamente violenta. El paneslavismo democrático se inscribe en la larga serie de calumnias contra el ruso, que continuará durante su detención de 1849 a 1861, y después de su evasión a Siberia, y se ampliará durante el periodo de su militancia en la Internacional.

Cuando en julio de 1848 hace el balance de la acción histórica de los alemanes durante los últimos sesenta años anteriores, Engels es abrumador: envío de tropas contra la independencia americana, guerra contra la revolución francesa, contra la libertad de Holanda, intervenciones contra la libertad de Suiza, Grecia y Portugal, desmembramiento de Polonia, sometimiento de Lombardía y Venecia, e incluso en Rusia, donde los alemanes constituían “el principal apoyo de los grandes y pequeños autócratas” (Neue Rheinische Zeitung, 2 de julio de 1848).

De pronto, cambia el tono. Las “infamias cometidas en otros países con la ayuda de Alemania”, cuya responsabilidad recaía “en una buena parte, sobre el pueblo alemán”, se convierten en actos civilizados. Los alemanes, a los que Engels había tildado seis meses antes de cegatos, por su “alma de esclavos”, su “aptitud innata para engrosar los lansquenetes” o “lacayos del verdugo”, se convierten repentinamente en instrumentos del progreso y la civilización. En julio de 1848 nos dice que “los pueblos oprimidos por la falta de Alemania llegarán después de mucho tiempo a un estado normal de civilización”; ahora, en febrero de 1849, habla de las “mezquinas aspiraciones nacionales” de los eslavos.

¿Qué ha pasado entonces?

Para explicar ese vuelco no basta con el simple odio de Engels hacia Bakunin, ni con su miedo a verse perder importancia en sus posiciones. Incluso aunque el lenguaje del Llamamiento a los eslavos hubiera podido desquiciar a Engels –un lenguaje que había empleado poco antes el propio Marx: fraternidad, mano tendida y demás– es impensable que se le haya escapado la intención de Bakunin, es decir, el logro de la unidad de acción de los demócratas alemanes, húngaros y checos. Quizá sea ahí precisamente donde le duela. Engels se había dado perfecta cuenta de que si se realizaba esa unidad, llevaría inevitablemente a la constitución de un Estado eslavo en el centro de Europa –el equivalente aproximado a la actual Checoslovaquia– y toda su argumentación en El paneslavismo democrático consiste en rechazar categóricamente esta posibilidad. Todo lo contrario, Engels insiste de manera hiriente en la idea de que los eslavos meridionales no son capaces y no merecen fundar un Estado, en que sus reivindicaciones nacionales no están justificadas y en que mantenerse en la órbita germánica es lo mejor que podría ocurrirles desde el punto de vista de la civilización.

Los eslavos son los “instrumentos principales de los contrarrevolucionarios”, surten a las tropas que reprimen las revoluciones, “cuyas brutalidades se imputaron a los alemanes”; pero Engels se guarda de decir que se trataba de ejércitos austriacos. Es como si la izquierda francesa hiciera responsables de la masacre de los comuneros a los bretones, que suponían la mayor parte de las tropas versallesas. Los eslavos, en resumen, se colocan en el lado de la contrarrevolución, “y por esa innoble y vergonzosa traición a la revolución, algún día nos vengaremos sangrientamente de los eslavos” (Engels, El paneslavismo democrático). Así que hasta entonces, los rusos eran el objeto del odio de los alemanes, y “al añadírseles el odio de los checos y croatas y (…) en comunidad con los polacos y los húngaros, solo podemos consolidar la revolución mediante el terrorismo más firme contra los propios eslavos”.

Al final de su texto, Engels llama a la “lucha, lucha a muerte, implacable, contra los eslavos traidores a la revolución; guerra de exterminio y terrorismo sin piedad, ¡no en interés de Alemania sino en interés de la revolución!”

El razonamiento en términos de “realpolitik” no se limita a Europa y los eslavos. El derecho de los pueblos está completamente ausente de la maquinaria conceptual marxista. Engels está aquí en perfecta coherencia con el Manifiesto comunista y con “La crítica moralizante”. La anexión de territorios mexicanos por parte de Estados Unidos se aprueba en nombre de la civilización porque las “energías yanquis” desarrollarán mejor la rica California que “los perezosos mexicanos” que “no saben qué hacer”. Rosa Luxemburgo apoyará posteriormente el punto de vista de Engels.

Del mismo modo, “la conquista de Argelia es un acontecimiento importante y de buen augurio para el progreso de las civilizaciones” para Engels; “ha obligado a los beys de Túnez y de Trípoli e incluso al emperador de Marruecos, a entrar en el sendero de la civilización”.

En 1848, Bakunin no es anarquista, y no llegará a serlo hasta veinte años más tarde. Su punto de vista es el de un socialdemócrata partidario de la independencia nacional, no solo de los eslavos, sino de todo el conjunto de pueblos dominados. El punto de vista de Engels, y el de Marx también evidentemente, se basa en su reciente teoría según la cual la historia que quiere el progreso histórico ha de ser guiada por el capitalismo que rompe las estructuras sociales arcaicas, y por la idea de que en Europa central la germanización de los pueblos eslavos es un factor de progreso para ellos. Para Marx y Engels, la primavera de los pueblos fue de hecho la primavera de Alemania, una primavera frustrada puesto que la unificación del país no se logró hasta 1871, y no por una revolución democrática sino por la creación de un nuevo imperio alemán que supuso el aplastamiento de una insurrección proletaria: la Comuna de París.

Pero esa es otra historia.

René Berthier

Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad, Marzo de 2019

Tags: historiaBakuninprimaveraAlemaniaMarxEngels
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