Tu cuenta

Iniciar sesión Registro

Login

Usuario
Password *
Recordarme

Crear una cuenta

Los campos marcados con un asterisco (*) son obligatorios.
Nombre
Usuario
Password *
Verificar password *
Email *
Verificar email *
Captcha *
Reload Captcha

Buscar

Redes y RSS

Facebook Twitter

 RSS

Suscripción e-mail

Recibe el Boletín Diario del Portal

E-mail:

Traducir

Política de cookies

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para mejorar la navegación de sus usuarios y obtener información estadística. Saber más

Acepto

Periódico Siglo XXI nº 36

Incógnitas 

Desde que empezó el 15M decenas de miles de personas se movilizaron en España. Hasta ahí bien. La primera pregunta que me surgió entonces, y que me sigue obsesionando, fue ¿por qué tan pocas? El país estaba en la ruina y lo sigue estando —al menos para esa mitad de la población que le cuesta llegar a fin de mes o que directamente no llega—. Las instituciones de gobierno se encontraban y se encuentran en manos neoliberales o en manos corruptas, de derechas o denominadas de izquierdas, quizá sea lo mismo, al menos el resultado final sí lo es. Entonces, qué ha sucedido y qué sucede. ¿Por qué las personas que se manifiestan no son millones? 

Racionalizar lo que se dice racionalizar —analizar racionalmente— se puede racionalizar todo. Incluso la idea de un dios es razonable. Muchas personas llegan a la conclusión lógica de que dios tiene que existir porque la vida que les toca en suerte es detestable, aunque no sea de las peores. Por eso afirman que tiene que haber un paraíso que les compense de tanto sufrimiento en la vida terrenal, si no están «jodidos». Yo, particularmente, pienso que hagan lo que hagan están «jodidos», pero me apunto al dicho: «Mejor morir de pie que vivir de rodillas.» 

En esa línea elucubro que aunque en las manifestaciones, asambleas y concentraciones —pasadas y presentes— hay todo tipo de personas, desde criaturas hasta jubiladas, falta mucha gente de diversos sectores de la población que de manera directa sobrelleva los rigores de los ajustes capitalistas. Cito a algunos. 

Primero, los hombres y mujeres en paro. Es evidente que no están participando en las luchas de manera masiva. Una incógnita. Segundo, las personas con contratos precarios son legión, sin embargo les parece innecesario organizarse y ejercer unos mínimos de resistencia ante la explotación creciente. Tercero, las trabajadoras con puesto fijo, que permanecen impasibles ante una reforma laboral que en la práctica no solo elimina derechos sino que deja las manos libres a las empresas para despedir a quien quiera, cuando quiera y a bajo coste; lo que significa que en cualquier momento pueden estar en la calle; en los últimos tiempos hacen alguna que otra huelga pero siempre relacionada con incrementos salariales y de manera aislada. Cuarto, la población universitaria no ha ocupado ni movilizado las facultades a pesar de que la enseñanza cada vez va a ser más restringida para las clases desfavorecidas y, lo que es peor, cuando terminen sus carreras, después del esfuerzo realizado, se van a incorporar a las filas del desempleo, y si trabajan lo harán con un contrato miserable. Pero sigamos con el repaso. Quinto, ¿qué pasa con el funcionariado en general? Estos poco se van a mover, parece la única salida de vida estable en el país. Su comodidad les convierte en conservadores, les derechiza, da igual su ideología, el mantener su estatus está por encima de todo. Sexto, ¿dónde está el profesorado? También están bajo la nómina del Estado. Hasta hace no mucho eran bastante combativos. Se han abandonado a la abulia general y se olvidan del personal interino, de la privatización de la enseñanza y del menoscabo de la educación pública. Séptimo; como aparte de mano de obra también somos padres y madres —los que lo sean, claro—, me pregunto si no estamos preocupados por el porvenir de nuestros vástagos. Pues parece que no. También he echado en falta a esa parte de la población «con papeles» de otras nacionalidades que brillan por su ausencia, a pesar de tener unas condiciones de vida mucho peores que el resto de la ciudadanía. Tampoco he visto a los «sin papeles» y eso que en cuanto les coge la policía les interna en un «centro de concentración» para más tarde expulsarlos. Me faltan las abuelas y abuelos, y estos sí, con buen criterio se están cuestionando el porvenir de sus familias y se manifiestan con constancia. Yendo más lejos, dado el precio de la vivienda, comprada o alquilada, tendríamos que ocupar la calle en defensa de un techo digno como derecho inalienable; pues tampoco. En fin, como se ve, mucha tiene motivos para «cabrearse», sin embargo parece que no es así. 

Analicemos por qué. Pueden existir varias explicaciones para cada caso. No se descarta una tara genética de nacimiento en la mayoría de la población mundial que nos impulsa a la sumisión. También puede que seamos simplemente felices y por tanto nos conformemos con lo que el poder nos da porque no necesitamos más. Pero razonemos antes de llegar a simplificaciones arriesgadas. 

Tal vez la gente en paro no protesta porque quiere dejar de estarlo y piensa que si acosan demasiado a los poderosos la situación va a ser peor; así que a aguantar hasta que lleguen tiempos mejores, es decir, la siguiente burbuja especulativa, o acabar en la indigencia durante la espera. Las personas con contratos precarios es posible que callen por temor a que los echen aunque las sucesivas reformas laborales implican que todos los contratos son ya precarios. Aquellas con contratos fijos quizá cierran los ojos y los oídos a la realidad, y sueñan con que la dirección de turno no considere la posibilidad de pérdidas a corto plazo, quiera mantener el beneficio de la empresa a toda costa y se cuestione reducir la plantilla para prevenir ese riesgo. Con respecto a la masa universitaria, lo más probable es que esté dominada por una fantasía de triunfo antes de los treinta años sin más consideraciones, y eviten como la peste la visión de los contratos en prácticas, el «becariado», y el hecho fehaciente de que vivirán con los padres por tiempo indefinido. 

En lo que respecta al personal de enseñanza, su filosofía es rotunda: «De aquí no hay quien me eche». ¿Que la enseñanza no tiene calidad?, la culpa es de los padres, o del ministerio o de cómo está el mundo. A fin de cuentas, el sueldo lo cobran todos los meses. Pedagógicamente hablando, no tienen ninguna función, la obvian. La desidia les ha liberado de tal responsabilidad. 

Del resto de funcionarios se puede decir algo parecido con la salvedad de que ignora que en cuanto Macri en Argentina subió al poder, despidió a miles de funcionarios; «cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar», dice el refrán. ¿En unos años su estatus de seguridad estará en riesgo? Tal vez. En cualquier caso, de momento pueden aguantar. 

Si hablamos de los padres y madres y de la deuda moral que tienen ante sus hijos, de dejarles un mundo mejor, está claro que hace tiempo que han tirado la toalla por muchas de las razones ya expuestas, sea cual sea su posición social. Viven al día, temerosos de perder lo poco que tienen, aunque muchos de ellos no posean nada porque lo deben todo. 

Las personas «inmigrantes» bastante tienen con sobrevivir; el problema es que cada vez la situación va a ir a peor y perderán hasta el derecho a tener derechos. No obstante, también sueñan con que las cosas cambiarán para bien. ¿Por qué no? 

En el fondo, todos estos sectores desmovilizados, esperan «el milagro de los panes y los peces» porque no existe otra explicación. Se encomiendan al altísimo (inclúyase también a PP, Cs, PSOE, Podemos, PNV) y confían en la máxima de que «dios premia a los buenos y castiga a los malos». ¿O era «dios premia a los malos y castiga a los tontos»? 

Si nos damos cuenta, en toda esta argumentación hay una construcción irracional: desear que las cosas mejoren porque sí, que la situación cambie por arte de magia, o confiar en que instituciones, partidos o personas, nos mejoren la calidad de vida sin pelear. Nos hemos olvidado de la máxima: «La libertad no se pide, se conquista». 
Llegados aquí queda responder a algunas preguntas, quién pueda: ¿Somos conscientes de que nos autoengañamos? ¿Estamos tarados o tenemos algún tipo de déficit intelectual que nos hace permanecer inmunes a las agresiones de quienes nos oprimen, siempre los mismos? ¿Somos felices a pesar de los pesares? Evidentemente, no tengo las respuestas y eso me aturde. Solo puedo añadir lo que un conocido cercano, de intelecto agudo, me comentó un día sobre la felicidad lo siguiente: «En este mundo solo los gilipollas son felices».

Pincha aquí para bajar el número 36

Grupo Libertario Pensamiento Crítico

https://grupopensamientocritico2014.blogspot.com.es 

Submit to DeliciousSubmit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to StumbleuponSubmit to TechnoratiSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn
1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 Rating 0.00 (0 Votes)

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios
Por favor, acceda con sus datos para poder comentar