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Crisis ecológica y crisis social

Cuando hace unos cuantos años denunciábamos que la crisis ecológica que recorría el planeta, en ausencia de una crisis social paralela, sería conjurada con la entronización de un capitalismo “verde”. Olvidamos insistir en el hecho fundamental de que esa “transición” de la economía hacia una ecología de mercado se efectúa gracias a un nuevo salto cualitativo en la tecnificación y artificialización del mundo. El advenimiento de la tecnología digital como principal fuerza productiva tiene consecuencias graves. Los territorios quedan absorbidos en una tecnosfera donde las poblaciones, el campo, las comunicaciones, los espacios naturales y la vida no son más que piezas de engranaje. Ahora, mediante la hiperconectividad, todo el capitalismo, verde o de otro color, deviene totalitario, o como dicen los dirigentes, “inteligente.”

CRISIS ECOLÓGICA Y CRISIS SOCIAL 

La subida de los precios del petróleo y el “calentamiento global” del planeta provocado por el vertido a la atmósfera de basura gaseosa que acentúa el efecto invernadero, en plena expansión de la demanda energética, son signos reveladores de una crisis ecológica que indudablemente cuestiona la producción, el consumo y el modo de vida capitalistas. La crisis no va a dejar de agudizarse por la proximidad de un “cénit” en la producción petrolera, y porque la sociedad tecnológica es incapaz de corregir sus excesos, ni siquiera contando con la colaboración de ecologistas. La desnaturalización del entorno es tan inherente al capitalismo como su imparable necesidad de crecer, así que la extinción de cualquier forma de vida en el planeta por oleadas de calor es una posibilidad cada vez más real. Urge una reducción drástica de las emisiones de CO2, pero la dependencia de los combustibles fósiles es tan grande y el sistema tan complejo que su estabilidad se vería seriamente afectada con ligeros descensos en el suministro, sin que otras fuentes de energía pudiesen hacer nada ni siquiera a largo plazo. Apenas cubren una pequeña parte de la demanda y además necesitan energía de origen fósil en distintos momentos de su producción. Es innegable que cualquier aporte energético alternativo, o cualquier ahorro, por grande que sea, será absorbido por el desarrollo económico y la subsiguiente demanda, acercando aún más la crisis. La artificialización del medio, el despilfarro de agua, energía y materias primas, la degradación del territorio y de las ciudades, el incremento exponencial de la movilidad, la contaminación galopante, la acumulación de residuos, las guerras por el petróleo, la carrera de armamentos y la concentración de poder, son fenómenos que no dejarán de producirse, porque derivan de la opresión económica de las masas asalariadas y de su colorario, la explotación insensata de la naturaleza, base del sistema capitalista. La crisis ecológica no es ninguna novedad, pues hace tiempo que el sistema avanza a través de catástrofes hasta cierto punto controladas en una especie de proceso de destrucción-reconstrucción; el problema puede plantearse por el lado objetivo cuando la crisis quede fuera de control, y por el subjetivo, cuando el malestar de la población induzca al cuestionamiento del capitalismo, es decir, cuando la crisis ecológica se transforme en crisis social. La solución de los dirigentes que administran la catástrofe consiste en habituar la población a ella, de tal forma que esta la considere natural y pase desapercibida. A través de la gestión del desastre, el poder se vuelve ecologista y los ecologistas se integran en el poder. Sobre la escena, un espectáculo de acuerdos internacionales y disposiciones locales favorables al desarrollismo; sobre el mercado, una nueva generación de mercancías “verdes.” En efecto, las cumbres de Río de Janeiro y Kyoto han anunciado el advenimiento del ecocapitalismo. Se han encargado de corroborarlo el mercado mundial de la contaminación, los biocarburantes y los automóviles con filtro de partículas y bajo nivel de emisiones, los planes de gestión ambiental de las grandes empresas y el furor bursátil por las compañías relacionadas con las energías renovables. El capitalismo “verde” es una cuestión de márketing y pronto los campos de golf, las nuevas urbanizaciones residenciales o el Tren de Alta Velocidad serán presentados como paradigmas de la ecología, tal como ahora pasa con los coches de última generación y con las centrales nucleares. Pero además, las empresas han olido dinero a cuenta del cambio climático. Como dice Eduardo Montes, vicepresidente de Siemens y jefe del Club de Excelencia en Sostenibilidad: “el medioambiente va a ser un negocio de futuro”.

El nuevo capitalismo no aporta más novedad que la asesoría ecologista, encargada de fijar el máximo de degradación aceptable en la población más afectada y el precio que la degradación cotiza en el mercado, traducible en medidas ambientalistas y ecotasas. La colusión entre el poder y los “verdes” queda plasmada en el concepto absurdo de “desarrollo sostenible”, puesto que desarrollo y sostenibilidad son antitéticos. Los ecologistas no se proponen substituir las técnicas burocráticas dominantes de gestión social y económica por formas descentralizadas y creativas de autogobierno. Lo que proponen los ecologistas –y, en general, lo que proponen las plataformas cívicas y los políticos de la “izquierda”— es que dicha gestión sea predominantemente “pública”, o sea, que permanezca en manos de los partidos. No quieren el fin del desarrollismo, sino la regulación institucional del desarrollismo. Inclinar un poco más la balanza hacia la estatización y un poco menos hacia la privatización. Conviene tenerlo presente cuando nos preguntemos si la crisis debilitará los mecanismos de la dominación, alterando las pautas laborales, consumistas y políticas que favorecen la desigualdad, la represión del deseo o el secuestro de la libertad, o si se abrirá una brecha por donde se cuelen experiencias autónomas basadas en la cooperación y el intercambio equilibrado con la naturaleza. Una economía “verde”, es decir, una economía sin petróleo tutelada por las instituciones y apoyada en un gran pacto entre los “agentes sociales”, no hará más que introducir nuevos hábitos consumistas para nuevas mercancías, manteniendo la estandarización y la masificación. Como quien determina la política institucional y el comportamiento de dichos agentes es el mercado mundial, el cambio será sólo cuestión de detalles: la recogida selectiva de basuras, el uso de bombillas halógenas o de leds, las placas solares, los carriles bici, los coches eléctricos, las calles arboladas o la promoción de la arquitectura “climática”. No hay posibilidad de que la crisis obligue a los dirigentes a modificar en lo esencial el modelo económico-social sobre el que reposa su poder y las formas artificiales de vida que le son propias. Si se recurre a fuentes de energía renovable como la solar, la eólica o la biomasa, y a otras no renovables como el gas natural o la energía nuclear, es para que la globalización, la jerarquía y la dictadura interesada de la ciencia y de la técnica, no resulten afectadas. Las energías renovables siguen la lógica de las otras -gigantismo, monopolios, patentes, fusiones, absorciones.— puesto que obedecen a poderosos intereses privados, dominantes incluso en la empresa pública. Las centrales eólicas no están para descentralizar la producción energética y de paso suprimir las MAT, sino para salvar la industria turística, la climatización eléctrica y el tren de alta velocidad; igual que el biodiesel o las pilas de hidrógeno están para mantener el actual modelo de movilidad basado en las autopistas y el coche privado; lo mismo que las plantas de reciclaje o las desaladoras hacen con los campos de golf, las segundas residencias y la agricultura intensiva. La lógica del mercado sale tan reforzada que, por ejemplo, la aparición de los agrocombustibles no sólo contribuye al aumento de precio de los cereales –y por consiguiente, del pan, de la carne industrial, de la leche…—sino que tiene un efecto en las sociedades empobrecidas semejante al que tuvieron otros cultivos industriales como el algodón, la caña de azúcar o el café. La expansión de los cultivos “energéticos” –palma aceitera, maíz, colza, soja— a la vez que es responsable de la destrucción de miles de hectáreas de selva tropical, lo es también del regreso del trabajo esclavo como forma habitual de explotación. Así, las exorbitantes necesidades energéticas de las metrópolis capitalistas, y por ende, su “sostenibilidad”, quedan cubiertas con la deforestación de los países de capitalismo insuficiente y la esclavitud de sus poblaciones. Igualmente, la creación de “reservas de la biosfera” en países de capitalismo atrasado trae como consecuencia la deportación violenta de sus habitantes, indeseables para el turismo ecológico.

Merced a la destrucción de las estructuras de clase del proletariado, al deterioro de sus vínculos colectivos, la crisis ecológica transcurre sin crisis social. El miedo ha sustituido a la sociabilidad, el consumo privado a la solidaridad común y las masas a las clases; hete aquí “el enigma de la docilidad” revelado. La diversificación de las fuentes energéticas sucede no por casualidad en un contexto de concentración del poder, aumento de las fuerzas productivas, mundialización mercantil y atomización social, por lo que su contribución a la autonomía local, al cultivo biológico y a la vida en comunidad, es completamente nula. La producción “biológica” y las políticas ambientalistas practicadas por los mismos causantes de la crisis legitiman y refuerzan su poder, no descentralizan los mecanismos de decisión. En el mejor de los casos son actuaciones limitadas y marginales, de corto alcance, pero políticamente correctas y, por tanto, útiles como propaganda. Las nuevas normativas y ordenanzas son la coartada del actual desarrollismo. El ruido montado alrededor del comercio justo, los microcréditos, los presupuestos participativos, los equipos de generación distribuida, el código técnico de edificación o la ecoeficiencia, no sirve más que para disimular el escándalo de las condiciones inhumanas de existencia, abrumadoramente generalizadas, y el peligro que corre la vida en la Tierra en manos del capitalismo. Ni las nuevas tecnologías, ni las medidas “alternativas” antes citadas, ni mucho menos las energías renovables, van a emplearse en contra del autoritarismo, la corrupción, la hipermovilidad, la urbanización ilimitada, el desarraigo, el éxodo rural o el despilfarro, sino para preparar un porvenir con petróleo caro y escaso, manteniendo las expectativas de crecimiento y las estructuras de poder intactas.

Solamente en los lugares donde la economía del beneficio no penetra, o ha desertado, subsiste una sociedad informal ajena al mercado, una sociedad del bricolaje y del trueque, de la solidaridad y del reparto equitativo, donde prima lo comunitario sobre lo mercantil. Tal fenómeno es raro en las sociedades turbocapitalistas, porque la política profesional, el sindicalismo “de concertación”, la asistencia social, la escolarización obligatoria o la cárcel, o sea, las herramientas del control social, impiden su aparición. Algún mercadillo neorrural, alguna cooperativa, algún huerto urbano, algún comedor vegano y poco más. Sin embargo las inmensas barriadas de chabolas de las grandes ciudades de América Latina, Asia y por encima de todo, África, funcionan según reglas precapitalistas que tienen su origen en la nostalgia de la tradición perdida y la moderna exclusión del mercado. La sociedad informal es producto de la necesidad de subsistencia y no se opone por definición a la economía capitalista; conecta con ella de diferentes maneras –siendo la inmigración la más vistosa- dando lugar a episodios de una lucha de clases ya olvidada en las sociedades plenamente sometidas a los imperativos tecnoeconómicos. En cierta forma se mantiene, con la inapreciable ayuda de las ONG’s y de los expertos tercermundistas, como reserva permanente de fuerza de trabajo y mercado potencial que espera el momento propicio de su incorporación al mercado. No es de desdeñar su ejemplo, pero el espacio informal al margen de la economía solamente tendrá un valor positivo en tanto que espacio arrebatado al mercado, es decir, en tanto que espacio liberado por un movimiento que disuelva las relaciones mercantiles. Si tal movimiento no existe, las experiencias aisladas de autoorganización y ecosuficiencia tienen solo un valor demostrativo y crítico. La ausencia o debilidad de las luchas antidesarrollistas y en defensa del territorio sitúa las perspectivas de liberación social en el terreno de la utopía, por lo que dichas experiencias desempeñan un trabajo pedagógico, contribuyendo a la necesaria preparación intelectual y moral –lo que los dirigentes llaman “cultura del no”- que ha de acompañar a la disolución revolucionaria del poder y a su reaparición horizontal en los barrios y los pueblos en forma de asociaciones, colectividades y asambleas comunitarias. Pero no olvidemos de que se trata sólo de formas de supervivencia dentro del capitalismo, y por lo tanto condicionadas por él, por lo que su papel es necesariamente limitado. No son focos de ninguna sociedad liberada futura; estos han de ser la obra de un movimiento social histórico que derribe por la fuerza las columnas que sostienen el reino de la mercancía y ese movimiento está por nacer.

La sociedad actual se sobrepondrá a la destrucción presente de las condiciones materiales de vida, o lo que es lo mismo, la sociedad actual entrará en una relación equilibrada con la naturaleza y sus miembros estableceran relaciones libres y comunitarias entre sí, sólo si se detiene la marcha de la economía y la tecnología separadas, si se produce un punto de inflexión en la tendencia dominante, si se invierte el proceso y los destinos dejan de depender de expertos, ejecutivos y dirigentes políticos. Para eso hace falta un movimiento social real –una verdadera generalización de la conciencia ecológica— capaz de crear contrainstituciones que se opongan a la economía capitalista y a las formas políticas y tecnológicas que le corresponden, especialmente al Estado. Un movimiento que aplique el principio de precaución al capitalismo en su conjunto, es decir, que lo identifique y caracterice como el problema mundial absoluto, de consecuencias catastróficas irreparables en un lapso de tiempo de inmediato a corto, y que lo ponga fuera de la ley. Salir de la crisis significa salir del capitalismo, incluso del capitalismo “verde”. Pero nadie escapa al capitalismo por las buenas. La transformación de las conurbaciones en comunidades territoriales, es decir, la relocalización productiva, el retorno a la agricultura tradicional, los talleres autogestionados, la desurbanización y la democracia directa, no será el producto de ninguna placa fotovoltaica ni de ningún diseño verde, ni llegará de la mano de las viejas instituciones, de iniciativas ciudadanistas o mediante fórmulas financieras y empresariales, sino la obra de una revolución social que subvierta las relaciones sociales existentes y descolonice la vida cotidiana. Paradójicamente, dicha revolución ha de preocuparse en preservar todo lo que el capitalismo no pudo destruir –solidaridad, experiencia de lucha, cultura popular, viejos saberes…, pero también la flora y la fauna, el aire puro y el agua limpia-, por lo que habrá de tener por vez primera un carácter eminentemente conservador y constructivo. Pero en ningún caso eso ha de significar mezclarse con la gestión del mundo existente. No se trata de autogestionar el desastre sino de acabar con él. Ni técnica, ni económica, ni políticamente es posible evitar la alternativa entre la extinción biológica o la revolución tal como apuntamos. No hay solución desde dentro, a la izquierda o a la derecha; sólo desde abajo y desde fuera.

Miquel Amorós

Charla en La Quimera, barrio de Gracia (Barcelona), 7 de octubre de 2007. Repetida en La Mistelera (Denia), el 28 de diciembre.

Fuente: https://kaosenlared.net/crisis-ecologica-y-crisis-social/

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