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Capitalismo mundial integrado y máquinas revolucionarias de guerra

Guattari, F. 2004. El capitalismo mundial integrado y la revolución molecular (pp. 57-75) en Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares. Traficantes de sueños. Madrid.

capitalismoHemos elegido el capítulo II, “El capitalismo mundial integrado y la revolución molecular”, del texto “Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares”, del autor Félix Guattari, por considerarlo uno de los mayores aportes del intelectual y militante francés respecto de la situación del capitalismo contemporáneo y, por ende, del mundo en que vivimos. Se trata de un capítulo sumamente denso en lo que refiere a la matriz teórica-conceptual-analítica del autor (haciendo hincapié en las proposiciones que refieren a las máquinas revolucionarias de guerra contra el Estado y el Capital), así como a su paradigma ético-estético.

El primer tópico que Guattari trabaja en este texto es el del capitalismo contemporáneo, al cual define como Capitalismo Mundial Integrado (de ahora en más CMI). Seguidamente desarrolla los aspectos conceptuales que subyacen a su definición[i], siendo el primero el siguiente: actualmente el sistema capitalista mantiene “interacciones contantes” con países y regiones que históricamente parecían habérsele escapado (Guattari señalaba en aquel entonces a la URSS, China y el tercer mundo, hoy podemos decir sin temor a equivocarnos que el mapa mundi es en su totalidad capitalista, salvo, tal vez, Corea del Norte, que vive en un régimen de fascismo de izquierdas inscripto en la tradición estalinista). La segunda razón que Guattari esgrime sobre su tesis del CMI es que ninguna actividad humana escapa a su control, el CMI no respeta territorialidades ni tradiciones (por eso se identifica con un proceso global de desterritorialización). El CMI recompone los sistemas sociales y productivos desde su propia base, a través de lo que Guattari llama “su axiomática propia”, a saber: el CMI no tiene un programa definido, no es menester para su funcionamiento un sistema político determinado, a cada golpe que recibe puede inventar axiomas nuevos para su supervivencia. En otras palabras, lo que el CMI logra es una desterritorialización/recomposición ininterrumpida de sí mismo.

Los sistemas maquínicos del CMI, como decíamos hace un momento, se extienden a toda actividad humana, entre las que figuran, claro está, las de producción y consumo. A este respecto Guattari desliza una crítica muy interesante del sindicalismo reformista, en el sentido de que cuando el reclamo de éste se dirige meramente hacia una menor carga horaria y una mejora salarial, en vez de encaminar a la clase trabajadora hacia un proceso revolucionario tendiente a acabar con el asalariado, se le está haciendo el juego al sistema estatal y capitalista, es decir, “las reivindicaciones sindicales que apuntan a la disminución del tiempo de trabajo (por ejemplo) pueden volverse perfectamente compatibles con el proyecto de integración del capitalismo; y no sólo compatibles; sino que incluso pueden ser auspiciadas, para que el trabajador pueda dedicarse a actividades financieramente improductivas, pero económicamente recuperables” (pp. 59). De lo que se sigue que la retórica y el accionar del sindicalismo reformista es parte integrante de la axiomática del CMI. Se trata de un juego donde son tan necesarios la patronal como el sindicato, así como los partidos de derechas e izquierdas, las mutuales, los grupúsculos radicales, etc., cada cual cumpliendo su rol al dedillo. Todos son funcionales al juego del CMI. El progresismo socialdemócrata, tan bien conocido por todos nosotros, también es alentado por el CMI, dado que éste favorece la innovación y expansión maquínica, en tanto y en cuanto vuelve a subsumir el progreso en su axiomática general de la vida, “en los axiomas fundamentales en los cuales no puede transigir: un cierto tipo de concepción del socius, del deseo, del trabajo, del tiempo libre, de la cultura, etc.” (pp.60).

Más tarde Guattari entra en la noción de “sujeción semiótica”, la cual es producida por el CMI tanto a nivel individual como colectivo. Sujeción que se desarrolla en un doble registro; el de la representación, relativo a un sistema de signos independientes, y el del diagramatismo, donde los sistemas de signos se inscriben en los agenciamientos de la actividad productiva. De lo que se concluye que “el capital es mucho más que una simple categoría económica (…). Es una categoría semiótica que concierne al conjunto de los ámbitos de la producción y (…) de la estratificación de los poderes” (Ibíd.).

La axiomatización del socius nos remite a tres tipos de transformaciones: el cercamiento, la desterritorialización y la segmentaridad. Siendo que el capitalismo acabó su fase expansiva, es decir, que llegó a todo la superficie explotable, “su campo de acción queda cercado y esto le obliga constantemente a recomponerse sobre sí mismo (…) profundizando sus modos de control y de sometimiento de las sociedades humanas” (pp. 60-61). En última instancia el cercamiento nos remite al fin del capitalismo territorializado y al de los imperialismos expansivos, para abrir “paso a los imperialismos desterritorializados e intensivos” (pp. 61).

Como decíamos antes, para el CMI no es menester ningún sistema político específico, no pretende implantar la democracia burguesa representativa ni la socialdemocracia ni dictaduras de cualquier tipo. El CMI no es universalista en sentido político, “pero requiere, sin embargo, una homogeneización de los modos de producción, de los modos de circulación y de los modos de control social” (pp.61-62). De aquí se sigue otra de las características del CMI, a saber: su multicentraje. Existen, desparramos estratégicamente por el mundo, múltiples centros de control y poder del CMI.

La segmentaridad nos remite a los nuevos métodos que tiene el CMI para establecer las jerarquías sociales, donde Guattari identifica “un axioma fundamental: para mantener la consistencia de la fuerza colectiva de trabajo a escala planetaria, el CMI tiene que hacer coexistir zonas de superdesarrollo, de superenriquecimiento (…) y zonas de subdesarrollo relativo; e incluso vedaderas zonas de pauperización absoluta, de tal suerte que la pirámide social se vaya socavando por otro lado” (pp. 63).

Otra de las predicciones acertadas de Félix fue la de que el antagonismo aparente entre este-oeste, esto es, entre capitalismo y “socialismo”, desaparecería. También la oposición entre un capitalismo internacional y uno nacional pierde sentido, dado que el CMI tiende a “proliferar como una especie de rizoma multidimensional” (pp. 65). La axiomática del CMI no proviene de un programa general, y no depende, como decíamos más arriba, de un centro conductor que dictaría esos axiomas. “La axiomática del CMI (…), es parte integrante de su proceso de producción” (Ibíd.). Desde esta perspectiva, cualquier lucha local o toma del poder político por parte de una “dictadura del proletariado”, según Guattari, parecen absurdas.

En el registro de las segmentaridades moleculares se distinguen dos tipos de luchas: por un lado “las luchas de interés; las luchas económicas (…) las luchas sindicales en sentido clásico” (pp. 66). Y por otro “las luchas relativas a las libertades (…) las luchas de deseo, los cuestionamientos de la vida cotidiana” (Ibíd.). Las primeras, al no ser globales, se reintegran fácilmente en la axiomática del CMI, es decir, “no conducirán jamás por sí mismas a una verdadera trasformación social” (pp. 67). Es en las segundas, precisamente en los agenciamientos que pueda producir el movimiento revolucionario, donde se juega la cuestión de la transformación social.

Guattari, con gran lucidez, dice que la oposición clásica entre derechas e izquierdas se terminará, para dar lugar a un 90% de gente al estilo de una “masa conservadora amedrentada, embrutecida por los medios de comunicación de masas, y 10% de minoritarios más o menos refractarios” (pp. 68). Este es el ambiente pintado por Félix.

La alternativa: nuevas máquinas de guerra revolucionaria que incidan a nivel molecular, “la revolución molecular-dice Guattari-no sólo tiene que ver con las relaciones cotidianas entre hombres y mujeres (…), interviene también, y ante todo, en las mutaciones productivas como tales” (pp. 68-69). En otras palabras: “la revolución molecular es portadora de coeficientes de libertad inasimilables, irrecuperables por el sistema dominante” (Ibíd.). Se trata de poner a producir, constructivamente, por medio de agenciamientos heterogéneos, a las máquinas revolucionarias de guerra “con las luchas de interés, políticas y sociales. Esta es la cuestión esencial” (Ibíd.).

De eso se trata la revolución molecular; de poner a producir, de acoplar de forma potente, múltiple y heterogénea, hacia un sinfín de líneas de fuga activas, propositivas y reales, los deseos libertarios que se agitan en el inconsciente social e histórico, en virtud de la diferencia, lo distinto, lo anómalo y lo impensable, lo libre y lo loco, la multiplicidad y la singularidad. En una palabra, crear máquinas deseantes revolucionarias en, desde y hacia un mundo nuevo.

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[i] Pero antes de que nos adentremos en ellos, es necesario explicitar que si bien pensamos que el texto de Guattari mantiene plena vigencia y que es, en consecuencia, aplicable al capitalismo de la hora que corre, debemos recordar que el mismo fue escrito previo a la caída de la URSS, por lo que, aparte de su actualidad, en sus páginas encontramos cierto carácter premonitorio del destino que sufrirá a posteriori el “socialismo real”.

Fuente: http://movimieel.blogspot.com.es/2013/04/capitalismo-mundial-integrado-y.html
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