Tu cuenta

Iniciar sesión Registro

Login

Usuario
Password *
Recordarme

Crear una cuenta

Los campos marcados con un asterisco (*) son obligatorios.
Nombre
Usuario
Password *
Verificar password *
Email *
Verificar email *
Captcha *
Reload Captcha

Buscar

Redes y RSS

Facebook Twitter

 RSS

Suscripción e-mail

Recibe el Boletín Diario del Portal

E-mail:

Traducir

Política de cookies

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para mejorar la navegación de sus usuarios y obtener información estadística. Saber más

Acepto

Pensamiento Libertario

El anarquismo - Piotr Kropotkin

ORIGEN DEL ANARQUISMO

KropotkinEl anarquismo surge de la misma entraña de la vida práctica.

Godwin, contemporáneo de la gran Revolución de 1789-1793, había visto por sí mismo cómo la autoridad del gobierno creado durante la Revolución y por la misma Revolución se convirtió pronto en obstáculo a la propia obra revolucionaria. Pudo también darse cuenta de lo que ocurría en Inglaterra al amparo del Parlamento: el pillaje de las tierras comunales, la venta de ciertos beneficios postales, la caza del hijo del pobre y su conducción desde los asilos, por agentes que con este objeto recorrían Inglaterra, a las factorías de Lancashire, donde perecían a montones tan pronto como llegaban. Y Godwin se hizo cargo enseguida de que un gobierno cualquiera, aunque fuera el de los jacobinos, “la República, una e indivisible”, no podría realizar nunca la necesaria revolución social comunista; de que un gobierno revolucionario, en virtud de su origen y de su naturaleza de guardador del Estado, y de los privilegios de todos los Estados en impedimento a la revolución misma. Comprendió así y proclamó abiertamente la idea de que para el triunfo de la Revolución los hombres necesitan librarse ante todo de su fe en la Ley, en la Autoridad, en la Unidad, en el Orden, en la Propiedad y en otras instituciones heredades de los tiempos pasados, de los tiempos en que sus progenitores eran esclavos.

El segundo teórico del anarquismo, Proudhon, posterior a Godwin, es contemporáneo de la revolución de 1848. Proudhon pudo ver por sus propios ojos los crímenes cometidos por el gobierno republicano y convencerse al mismo tiempo de la impotencia del socialismo de Estado de Luis Blanc. Bajo la reciente impresión de lo que había visto durante el movimiento de 1848, escribió su obra colosal Idea general de la Revolución, en la que resueltamente proclama el anarquismo y la abolición del Estado.

Más tarde, en la Asociación Internacional de los Trabajadores, la concepción anarquista se afirma también después de otra revolución: la de 1871. La total impotencia revolucionaria del Consejo de la Commune, aun cuando figuraban en él, en proporciones equitativas, representantes de todos los partidos revolucionarios de aquel tiempo: jacobinos, blanquistas e internacionalistas, y la incapacidad del Concejo general de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Londres, y sus pretensiones, necias y peligrosas, de gobernar el movimiento parisiense por medio de órdenes transmitidas desde Inglaterra, fueron dos grandes lecciones que abrieron los ojos a muchos. Esos hechos condujeron a varias Federaciones de la Internacional y a no pocos de sus miembros más preeminentes, incluso Bakunin, a meditar en lo peligrosa que resulta toda clase de autoridad aun cuando sea elegida con la mayor libertad posible, como ocurrió en la Commune y en la Internacional de Trabajadores.

Algunos meses después, la decisión tomada por el Consejo general de la Internacional en un mitin privado que se convocó en Londres (1871) en lugar del Congreso anual correspondiente, hizo aún más evidente el peligro de su gobierno en el seno de aquella asociación. Por medio de ese primitivo acuerdo, las fuerzas de la Internacional, que hasta entonces habían estado unidas para la lucha económica y revolucionaria por acción directa de las Uniones de oficio contra el capitalismo, fueron empujadas a un movimiento electoral, político y parlamentario que no hizo más que diseminar y destruir su poder efectivo.

Este acuerdo produjo la rebelión abierta de las federaciones latinas de la Asociación -españolas, italianas, del Jura y de parte de Bélgica- contra el Consejo General; y de esta rebeldía data el movimiento anarquista contemporáneo.

Vemos, pues, que el movimiento anarquista se renovaba cada vez que recibía la impresión de alguna gran lección práctica y que su origen arranca de las enseñanzas de la vida misma. Mas tan pronto surge, comienza a construir la expresión general de sus principios y a establecer las bases teóricas y científicas de sus enseñanzas. Decimos científicas, no en el sentido de la adopción de una jerga incomprensible o en el de recurrir a la antigua metafísica, sino en el de determinar sus bases por medio de las ciencias naturales de la época y llegar a ser una de sus ramas.

EL ANARQUISMO Y SU IDEAL

El anarquismo labora al mismo tiempo por su propio ideal.

Ninguna lucha puede tener éxito si no es consciente, si no persigue un fin concreto y definido. No es posible destruir nada de lo existente si los hombres de antemano no han convenido entre sí durante la lucha, así como en el mismo período de destrucción, qué es lo que van a poner en lugar de aquello que haya sido destruido. Ni aun la misma crítica teórica de lo que existe es posible sin que cada uno se represente a sí mismo, más o menos exactamente, la imagen de aquello con lo que se desea sustituir a lo actual. Consciente o inconscientemente, el ideal, la idea de algo mejor, siempre perdura en el espíritu de los que critican las instituciones existentes.

Tal ocurre principalmente con los hombres de acción. Decir a las gentes: “Destruyamos primero el capitalismo y la autocracia, y después veremos lo que deba hacerse”, no es más que engañarse a sí mismo y engañar a los otros. Jamás ha sido creada una fuerza real por medio de la decepción. De hecho, aun los que desprecian los ideales y se mofan de ellos tienen, sin embargo, alguna idea de lo que quisieran ver en lugar de lo que combaten. Por ejemplo, cuando se trabaja por destruir la autocracia, hay quien se imagina una Constitución inglesa o alemana en un futuro próximo; otros sueñan con una república sometida probablemente a la poderosa dictadura de su partido, o con una República monárquica como la de Francia, o con una República federal análoga a la de Norteamérica. Entretanto hay ahora un tercer partido que concibe mayor limitación del poder del Estado, más amplia libertad para las ciudades y para las villas, para las uniones de trabajadores y para toda clase de agrupaciones unidas entre sí por medio de libres federaciones temporales, cosa que no puede obtenerse en ninguna república.

Y cuando el pueblo combate al capitalismo, siempre tiene una cierta concepción, una idea vaga o definida de lo que quisiera ver en lugar del capitalismo, ya el capitalismo de Estado u otra clase cualquiera de Estado comunista, ya la federación de libres asociaciones comunistas para la producción, el cambio y el consumo.

Cada partido tiene, pues, su concepción propia del futuro, un ideal que le permite formular sus juicios propios sobre todos los hechos que se producen en la vida política y económica de las naciones y le inspira en la averiguación de los más adecuados medios de acción para llegar mejor y más pronto a su objeto. Es, pues, natural que el anarquismo, aunque engendrado en los días de lucha, trabaje también por elaborar este ideal. Y este ideal, este objeto, este plan separó pronto a los anarquistas, en sus medios de acción, de todos los partidos políticos y también, en gran parte, de los partidos socialistas, que tienen aún como posible la conservación de la antigua idea, romana y teocrática, del Estado y su traducción a la sociedad futura en que sueñan.

CONCEPCIÓN ANARQUISTA DE LA SOCIEDAD

Los anarquistas conciben la sociedad como una asociación en que todas las relaciones mutuas de sus miembros están reguladas, no por las leyes, no por las autoridades, aun las de libre elección, sino por medio de convenios entre sus componentes y por un cierto número de hábitos y costumbres sociales que, lejos de petrificarse por la ley, por la rutina o por la superstición, están en continuo desarrollo y cambio, según las crecientes necesidades de la vida libre, estimuladas por el progreso de las ciencias, las invenciones y el constante engrandecimiento de los más elevados ideales.

Nada, pues, de autoridades que reglamenten la vida; nada de gobierno del hombre por el hombre; nada de cristalización y de inmovilidad: evolución continúa tal y como se observa en la Naturaleza; libre juego y pleno desenvolvimiento de los individuos y de todas sus facultades personales; a fin de que alcancen su total individualización. En otros términos: ninguna acción habrá de ser impuesta al individuo por medio del temor al castigo; ninguna le será exigible por la sociedad a menos de que libremente haya dado su consentimiento, de que voluntariamente las haya aceptado. En una sociedad de iguales, eso debe bastar y bastará para prevenir los actos antisociales que pueden redundar en daño de otros individuos y de la sociedad misma bastará también para favorecer e impulsar el constante progreso moral de la sociedad.

IDEAL Y UTOPÍA

Desde luego, hasta hoy no ha existido sociedad alguna en que esos principios se hayan visto realizados totalmente, siquiera la humanidad no haya dejado nunca de luchar por una realización parcial de los mismos. Podemos, por tanto, decir que el anarquismo es un cierto ideal social, ideal distinto de cualquiera otro formulado hasta el día por muchos filósofos, hombres de ciencia y jefes de partidos políticos que pretenden reglamentar y gobernar a los hombres.

Pero no sería atinado traducir dicha concepción como una utopía, porque la palabra utopía, en el lenguaje corriente, implica la idea de algo que no puede ser realizado.

Tomada la palabra en su sentido corriente y usual, debe ser limitada a esas concepciones fundadas en simples razonamientos teóricos, como deseables desde el punto de vista del escritor, pero no como algo cuyo desenvolvimiento es ya un hecho real en las aglomeraciones humanas. Tales son, por ejemplo, las utopías del imperio católico de los papas, del imperio napoleónico, del mesianismo de Mickiewicz, etcétera. Mas no puede ser aplicada a una concepción de la sociedad que se funda, como el anarquismo, en el análisis de las tendencias cuya evolución se está cumpliendo ya en la sociedad y en inducciones de las mismas para lo futuro; tendencias que han sido durante miles de años la fuente principal del progreso de los hábitos y costumbres sociales conocidos en la ciencia bajo el nombre de consuetudinarios y que afirman definitivamente y cada vez más en la sociedad moderna.

Y en cuanto a las concepciones inductivas de los estados futuros de evolución, recordaremos que aún no hace mucho, a fines del siglo XVIII, cuando los Estados Unidos surgieron a la vida, una sociedad de tal extensión sin monarca era considerada como necia utopía. Pero las repúblicas del Norte y del Sur de América, la República suiza y también la francesa han demostrado, como todo el mundo sabe, que los utopistas no eran los republicanos, sino los admiradores de la monarquía.

ANTIGÜEDAD Y EVOLUCIÓN DE LAS TENDENCIAS ANARQUISTAS

Cuando reflexionamos acerca del origen de la concepción anarquista de la sociedad, advertimos que tiene un doble origen: de una parte, la crítica de todas las organizaciones autoritarias-jerárquicas y de las concepciones correspondientes de la sociedad; de otra, el análisis de las tendencias registradas en los movimientos progresivos de la especie humana; ambas cosas con relación al pasado y aun más respecto a los tiempos modernos.

Desde la más remota antigüedad, desde la llamada edad de piedra, los hombres se dieron necesariamente cuenta de los males derivados del hecho de que unos cuantos adquirieran autoridad personal sobre todos los demás, aunque esos cuantos fueran los más inteligentes, los más valerosos y los más sabios. Para contrarrestar los efectos de la autoridad incipiente, así en el clan primitivo como en las comunidades agrícolas y en las hermandades medievales (gremios de artesanos, de marineros, de cazadores, etcétera), y finalmente en las sociedades libres de la Edad Media, se constituyeron instituciones de defensa contra la intromisión en las vidas y haciendas particulares, tanto de los extranjeros conquistadores como de aquellos que en el mismo seno de las agrupaciones sociales intentaban imponer su autoridad personal. Igual tendencia popular es patente en los movimientos religiosos de las masas europeas durante los comienzos de la Reforma y en la época de sus precursores los anabaptistas y los husitas. En el período de 1793 la misma corriente de pensamiento y de acción se revela vigorosa en la actividad federativa libre, extraordinariamente independiente de las “Secciones” de París y de todas las grandes ciudades y no pocos pequeños municipios de Francia. Y aun más tarde, el movimiento obrero que se extendió por Inglaterra y Francia, no obstante leyes verdaderamente draconianas, apenas iniciado el sistema industrial presente, fue una patente manifestación de la resistencia popular a la autoridad creciente de unos cuantos, o sea de los capitalistas de la época.

Tales fueron las principales corrientes populares de tendencia anarquista. Es indudable que esos movimientos de las multitudes no podían desarrollarse sin dejar huella profunda en la literatura. Y en efecto, se le encuentra ya en Lao-Tse, en China, y en algunos de los filósofos griegos, Arístipo y los cínicos, Zenón y varios estoicos. Sin embargo, como dichos movimientos, ya fueran de carácter revolucionario, ya de tendencia profundamente constructiva, surgieron en el seno de las masas populares y no en las universidades u otros centros de cultura, tuvieron escasas simpatías entre las gentes instruidas, y mucho menos en las de tendencias jerárquico-autoritarias.

El estoico Zenón abogaba ya por la comunidad libre, sin gobierno alguno, en oposición a la utopía estatista de Platón. Hizo también resaltar hasta la evidencia el instinto de sociabilidad que la Naturaleza desenvuelve en oposición al egoísmo del instinto de propia conservación. Previó además el tiempo en que los hombres se unirían a través de las fronteras y constituirían el Cosmos sin necesidad de leyes, cámaras legislativas y templo, ni de dinero para el cambio de sus servicios recíprocos. Su mismo lenguaje es extraordinariamente parecido al que comúnmente se usa entre los anarquistas.

El Obispo de Alba, Marco Girolamo Vida, desarrolló en 1553 ideas semejantes contra el Estado, sus leyes y su “suprema injusticia”, e igualmente lo hicieron los precursores del racionalismo en Armenia (siglo IX), los husitas, especialmente Chojecki, en el siglo XV, y los primeros anabaptistas.

Rabelais, en la primera mitad del siglo XVI, y al final Fenelón, y especialmente el enciclopedista Diderot, a fines del siglo XVIII, desenvolvieron las mismas ideas, que hallaron, justo es reconocerlo, cierta expresión práctica durante la Revolución francesa.

Pero fue Godwin en su Investigación sobre la justicia política, quien estableció, en 1793, bajo bien definida, los principios políticos y económicos del anarquismo. No empleó la palabra “anarquía” misma, pero marcó fuertemente sus fundamentos, atacando por todas partes las leyes, probando la inutilidad del Estado y sosteniendo que sólo con la abolición de los tribunales, la verdadera Justicia -el único fundamento real de toda sociedad- sería posible. Respecto a la propiedad, abogó abiertamente por el comunismo.

A Proudhon corresponde el honor de haber sido el primero en usar la palabra ANARQUÍA (no gobierno). El gran filósofo anarquista hizo una tremenda crítica de los esfuerzos infructuosos de los hombres para darse un gobierno de tales condiciones que imposibilitara el dominio de los ricos sobre los pobres y que además estuviera siempre sometido a la voluntad de los gobernados. Los reiterados intentos de formular la Constitución modelo realizados en Francia desde 1793 y el fracaso de la Revolución de 1848, suministraron a Proudhon un arsenal de preciosos materiales para fundar su crítica demoledora.

Fue Proudhon enemigo declarado de todas las formas de socialismo estatista, de los cuales no eran más que una simple subdivisión los comunistas de aquel tiempo (1840-1850). Resueltamente combatió todos los planes de socialismo autoritario, y tomando de Roberto Owen el sistema de bonos representativos de horas de trabajo, desarrolló su concepción del Mutualismo, en cuyo sistema se hacía inútil toda clase de gobierno.

A partir del principio de que el valor de los productos habría de medirse por la cuantía del trabajo necesario para obtenerlos, afirmaba el mutualismo que todos los cambios entre los productores podrían realizarse sencillamente por medio de un Banco Nacional que aceptara los pagos en bonos de trabajo, una Casa de Cambio que diariamente llevara cuenta y razón de los millares de operaciones anejas a la institución proyectada.

Los servicios cambiados así entre los productores serían equivalentes, y como el Banco podría facilitar los bonos de trabajo sin interés alguno y cada grupo obtenerlos mediante el pago del 1 por ciento ó aún menos para gastos de administración, el capital perdería su poder pernicioso y no podría ser ya empleado como instrumento de explotación.

Proudhon dio a su sistema del mutualismo un desarrollo completo y conforme en todo a sus ideas antigubernamentales y antiestatistas. Es necesario, sin embargo, que hagamos constar que la parte de su programa exclusivamente mutualista había sido ya proclamado en Inglaterra por William Thompson (mutualista antes de declararse comunista) y por sus continuadores John Gray (1825-1831) y J. F. Bray (1839).

CONTRADICCIÓN DEL INDIVIDUALISMO

En los Estados Unidos representa esa misma tendencia Josiah Warren, quien después de formar parte de la colonia de Roberto Owen “Nueva Armonía”, se volvió contra el comunismo y en 1827 fundó en Cincinnatti una “Alhóndiga” en la que las mercancías se cambiaban conforme al principio de la hora y el bono de trabajo. Esta institución se mantuvo firme hasta 1865 bajo los nombres de “Alhóndiga equitativa”, “Villa equitativa” y “Casa de equidad”.

Las mismas ideas de trabajo-valor y de cambio a precio de coste fueron invocadas en Alemania por Moses Hess y Karl Grün en 1843 y 1845 y en Suiza por Wilheim Marz, quien combatió el comunismo autoritario de Weitling.

Por otra parte, y en oposición al fuerte comunismo autoritario de Weitling, que había conquistado un gran número de adeptos entre los trabajadores de Alemania, apareció en 1845 la obra de un hegeliano alemán, Max Stirner (su nombre verdadero fue Johann Kaspar Schmidt), titulada El yo y su propiedad, que ha sido más tarde resucitada, por así decirlo, por J. H. Mackay y de la que se habló largamente en los círculos anarquistas como de una especie de manifiesto de los anarquistas individualistas.

La obra de Stirner es la rebelión contra el Estado y contra la nueva tiranía impuesta al hombre si el comunismo autoritario triunfara. Razonando según el sistema metafísico de Hegel, Stirner predicaba la rehabilitación del yo y la supremacía de la individualidad y por este camino llegó a defender el más completo amoralismo (no moralidad) y la Asociación de los egoístas.

Es fácil comprender, como ya ha sido demostrado por más de un escritor anarquista y por el profesor francés V. Basch en un interesante trabajo titulado Individualismo anarquista: Max Stirner; es fácil comprender, digo, cómo esta clase de individualismo que tiene por objeto el “pleno desenvolvimiento”, no de todos los miembros de la sociedad, sino únicamente de los que se consideran dotados de las mejores aptitudes, sin cuidarse del derecho de todos a ese mismo desarrollo integral, es simplemente la vuelta disimulada a la actual educación del monopolio de unos pocos. Significa sencillamente “el derecho a su completo desarrollo” para las minorías privilegiadas. Pero como semejantes monopolios no pueden sostenerse de otro modo que bajo la protección de una legislación monopolista y de la coacción organizada por el Estado, las demandas de este singular individualismo concluyen necesariamente por retornar a la idea del Estado y a la misma coacción que tan fieramente combate. Su posición es la misma que la de Spencer y de todos los economistas de la llamada escuela de Manchester, que empiezan también por una severa crítica del Estado y concluyen reconociéndolo totalmente, a fin de mantener los monopolios de la propiedad, cuyo celoso y fuerte guardador es necesariamente el propio Estado.

EL ANARQUISMO ASPIRACIÓN SOCIAL

Si la revuelta contra el Estado, proclamada por los escritores de la clase media, revistió frecuentemente caracteres de rebelión del individuo contra la sociedad y sus hipocresías, en nuestros tiempos análoga revolución se cumple entre los trabajadores y adquiere caracteres más profundos porque se dirige a la investigación de las formas de sociedad que mejor y más pronto libertarán de la opresión e impedirán que unos hombres sean explotados por otros que tienen de su parte el auxilio poderoso del Estado.

Los fundadores de la Asociación Internacional de los Trabajadores creían que este organismo era el embrión de la nueva sociedad al surgir de la Revolución Social. En esta sociedad nueva, las funciones que hoy están en manos del gobierno, serían sustituidas por libres contratos derivados de las relaciones directas entre los grupos autónomos de productores y de consumidores. En este mismo omento el ideal anarquista dejó de ser una aspiración individual para transformarse en social.

A medida que los trabajadores de Europa y América van estrechando sus relaciones directas, sin el intermedio de los gobiernos; a medida que adquieren conocimiento exacto de su mutua posición, se penetran más y más de sus propias fuerzas y la capacidad para reedificar, sobre nuevas bases, el mundo social. Comprenden, al fin, que si el pueblo recuperara la posesión de la tierra y de cuanto es necesario para producir lo suficiente a las necesidades todas de la vida; que si las asociaciones de hombres y de mujeres dispuestas a trabajar en el campo, en las fábricas, en las minas, etc., pusieran bajo su dirección el mecanismo nuevo de la producción, podrían fácilmente atender a la satisfacción de las necesidades de la vida social y garantizar a todos el bienestar y un poco más de comodidad y de sosiego. Los recientes progresos de la técnica y de la ciencia hacen evidente la posibilidad de tal supuesto. Y no hay duda de que una vasta organización internacional de productores y consumidores, el cambio de los productos podría organizarse con idéntica facilidad, toda vez que no habría de ser establecido en vista del enriquecimiento de una minoría privilegiada.

Asimismo es mayor cada vez el núcleo de trabajadores inteligentes que se dan cuenta de que el Estado con sus tradiciones, sus jerarquías y su estrecho nacionalismo, no ha hecho nunca otra cosa que desarrollar la organización de privilegios y opresiones que tan duramente pesa sobre todos. Los ensayos hechos en varias naciones al fin de aliviar parcialmente los males sociales dentro de la organización del Estado burgués, no han logrado más que demostrar, con mayor eficacia, la falsedad de semejantes procedimientos, y por eso mismo, cuanto más se ha ensanchado el campo de esos ensayos, mayor ha sido la certidumbre de que el mecanismo del Estado no puede ser utilizado como instrumento de emancipación.

El Estado es una institución que ha sido creada y fomentada con el propósito bien determinado de establecer y amparar diversos monopolios a favor de los dueños de esclavos y de siervos, de los terratenientes, laicos o canónicos; de los mercaderes, los usureros, los reyes, los guerreros, los nobles, y finalmente, en el siglo XIX, de los capitalistas industriales, a quienes el propio Estado surte de brazos arrebatados a otros países. Es, por tanto, indudable que el Estado sería, por lo menos, una institución inútil si esos monopolios fueran suprimidos. Una gran simplificación de la vida se obtendría inmediatamente si fuera destruida la armazón que permite a los ricos explotar a los pobres.

La idea de los municipios independientes en cuanto a la organización territorial y la federación de las sociedades de oficio para la organización de los hombres conforme a sus diversas funciones, vino a darnos una concepción concreta de la sociedad emancipada por la Revolución. Faltó, sin embargo, agregar a esos dos modos de organización un tercer modo desarrollado rápidamente durante los últimos cincuenta años. Todo el mundo ha podido ver cómo, gracias a una pequeña libertad conquistada en ese sentido, se han hecho miles de miles de combinaciones nuevas, se han constituido multitud de sociedades libres para satisfacción de todas las imaginables necesidades económicas, de higiene e instructivas; cómo la iniciativa privada ha acudido a la asociación para el mutuo apoyo, para la propaganda de ideas, para las empresas de arte, para la organización de los deportes y para cien fines más. Todo el mundo ha podido ver cómo esas agrupaciones, yuxtaponiéndose y entrelazándose, estaban y están prontas a satisfacer nuevas necesidades y a plegarse a nuevas influencias por medio de nuevos convenios y de nuevas organizaciones públicas o privadas.

Todavía vamos más lejos. Se comprende ya que si las sociedades humanas evolucionaran en este sentido, decaerían necesariamente la coacción y el castigo. El mayor obstáculo al sostenimiento en la sociedad presente de un cierto nivel de moralidad, consiste en la ausencia de la igualdad social. Y sin la igualdad real, el sentido de la justicia no hará jamás su camino, porque la justicia implica necesariamente el reconocimiento de la igualdad.

En dondequiera que los principios de justicia no vinieran negados a cada paso en la práctica de la vida por desigualdades irritantes y por deficiencias de medios, es evidente que los hábitos de justicia, de equidad, ganarían el alma del pueblo y dominarían sus cumbres, extendiéndose forzosamente por todo el cuerpo social. En este medio de equidad, de justicia, el individuo sería libre en el sentido de que su libertad no estaría limitada por el temor, por el miedo a un castigo social o místico; por la obediencia, ya a otros hombres reputados superiores, ya a entidades teológicas o metafísicas, que son precisamente las que conducen a la servidumbre intelectual -la mayor maldición de la humanidad- y al más bajo nivel moral humano.

El hombre, en un régimen de igualdad, podría guiarse confiadamente por su razón, porque ella llevaría el sello del medio social en que viviera; podría, asimismo, alcanzar el pleno desenvolvimiento de su individualidad, en tanto que el “individualismo”, que los intelectuales de la clase media respetan instrumento único del desarrollo de los individuos mejor dotados, sería realmente el principal obstáculo a su desenvolvimiento.

Este obstáculo es de tal naturaleza, que no permite a la mayoría de los favorecidos desarrollar sus más elevadas facultades, porque con la baja productividad, cuyo nivel inferior conserva cuidadosamente el capital y el Estado, les falta tiempo para ello o no tienen la necesaria suerte en la lotería de la vida para flotar sobre los demás. Por otra parte, aun los vencedores no cuentan con el aplauso y la recompensa de la sociedad más que a condición de que no vayan “demasiado lejos” en sus críticas y juicios, y sobre todo de que no realicen actos que puedan conducir a la destrucción o a una seria reforma de la sociedad misma. Sólo a este precio se permite a ciertos individuos “alcanzar un desarrollo dado de su individualidad”, porque no son realmente peligrosos, porque ellos, en lugar de perjudicar, favorecen a los filisteos.

OBJETO PRINCIPAL DEL ANARQUISMO

Es preciso distinguir tres concepciones diferentes en las opiniones económicas de los anarquistas.

De acuerdo con todos los socialistas, por lo menos con aquellos que continúan teniendo por lema la abolición en un futuro próximo de la explotación del Trabajo por el Capital, los anarquistas estiman que el sistema de propiedad privada de la tierra, así como de todo lo que es necesario para la producción, debe desaparecer juntamente con el actual sistema de trabajo en beneficio exclusivo de los capitalistas. Pero disentimos de todas las escuelas o ramas del socialismo de Estado, en que no admitimos que el sistema del Estado-Capitalista, propagado ahora bajo el nombre de colectivismo, sea la solución del problema social. Todos los ejemplos que nos presentan para ilustrarnos acerca de lo que será una sociedad sin capitalistas, ya sea la organización de los ferrocarriles, ya la de correos y telégrafos, ya cualesquiera otras análogas, los consideramos nosotros como un sistema nuevo de asalariados, probablemente mejor que el actual; pero de ningún modo deseable. Y creemos más: nos parece que semejante solución del problema social va directamente contra las actuales tendencias libertarias de la humanidad civilizada, por cuya razón la juzgamos sencillamente irrealizable.

Nosotros sostenemos que habiendo sido la organización del Estado la fuerza de que se han servido las minorías para establecer y desarrollar su poder sobre las masas, no puede ser también la fuerza que destruya esos mismos privilegios. La historia nos enseña que toda nueva forma de vida económica ha sido siempre acompañada de una nueva forma de organización política, y una sociedad socialista, ya sea comunista, ya colectivista, no puede ser excepción a la regla. Así como las diferentes Iglesias cristianas no pueden ser utilizadas para libertar al hombre de sus viejas supersticiones, así como el sentimiento de solidaridad humana requiere nuevos modos de expresión fuera de todas las Iglesias, así también la liberación política y económica del hombre necesita crear nuevas formas, en lugar de las establecidas por el Estado, para traducirse en la vida real.

Por consecuencia, el objeto principal del anarquismo es excitar el poder constructivo de las masas trabajadoras. Ellas dieron el impulso y realizaron todas las transformaciones necesarias en todos los grandes momentos de la historia. Ellas realizarán, auxiliadas por el acrecentamiento de los conocimientos, la transformación venidera cuya necesidad proclaman, en nuestros tiempos, los mejores entre los mejores hombres.

Esa es la razón en que se fundan los anarquistas para rechazar las funciones de legisladores o de servidores del Estado. Estamos convencidos de que la Revolución Social no se hará por medio de leyes. Las leyes vienen siempre detrás de los hechos realizados, y aun en el caso de que todo ocurra honradamente -que no es precisamente lo usual- serán letra muerta en tanto no se produzcan las fuerzas vivientes necesarias para convertir en hechos prácticos las tendencias expresadas en la ley.

Desde los tiempos de la Internacional, los anarquistas han estado siempre arma al brazo participando activamente de la vida obrera e interesándose en la lucha directa del Trabajo contra el Capital y su genuino representante el Estado.

ANARQUISMO Y COMUNISMO

Respecto a la forma que podrá adoptarse en cuanto a la remuneración del trabajo en una sociedad emancipada del yugo del Capital y del Estado, las opiniones de los anarquistas continúan aún divididas.

La mayor parte acepta la solución comunista-anarquista, porque ven que la única forma de comunismo que sería aceptable en una sociedad civilizada es aquella que pudiera pasarse sin la continua intervención de un gobierno cualquiera, es decir, la forma anarquista. Creen estos camaradas también que una sociedad anarquista de cierta extensión sería imposible si no empezara por garantizar a todos un mínimum de bienestar obtenido en común. Así el comunismo y el anarquismo se complementan.

Sin embargo, al lado de esta corriente principal hay la de aquellos que ven en el anarquismo la rehabilitación del individualismo.

Los anarquistas individualistas se dividen en dos ramas. Algunos son mutualistas, a la manera proudhoniana. Ya hemos hablado de ellos antes. Sus ideas, como hemos visto, han tenido cierto éxito en Estados Unidos, donde existen organizaciones de agricultores que cambian sus productos conforme al principio de cheques, hora de trabajo por hora de trabajo. No obstante, siempre podrá hacerse a este sistema la objeción de que difícilmente sería comparable con el sistema de propiedad común de la tierra y de todo lo necesario a la producción. El comunismo, en la posesión de la tierra, las fábricas, etc., y el individualismo son demasiado contradictorios para coexistir en una misma sociedad. Dejemos a un lado la dificultad de justipreciar el valor de venta de un producto por medio del tiempo necesario, o del que se emplee actualmente en obtenerlo. Para conseguir que los hombres se pusieran de acuerdo respecto de la valoración del trabajo de cada uno, sería también necesario que sus ideas estuvieran profundamente saturadas del principio comunista.

En cuanto a los anarquistas que proclaman el individualismo absoluto, tal como lo entendió Stirner, ya hemos visto la interna contradicción que sus concepciones encierran. Sus partidarios retornan inevitablemente a las ideas de las minorías privilegiadas, aunque ellos mismos las hayan refutado duramente de antemano.

Las mismas objeciones pueden hacerse al anarquismo individualista de los discípulos de Benjamín Tucker, el conocido editor del periódico neoyorkino Liberty. Sus ideas participan de las de Proudhon y de las de Spencer. Esta doctrina parte del principio de que lo único obligatorio para el anarquista es atender a sus asuntos propios, sin mezclarse en los ajenos; que cada individuo y cada grupo tiene el derecho de sobreponerse al resto de la humanidad si dispone de fuerza necesaria para hacerlo; y que si esa única obligación que consiste en “el gobierno de cada uno por sí mismo” recibiera acatamiento y aplicación de un modo general y absoluto, no sería de ningún modo peligrosa, porque los derechos de cada uno estarían limitados por los derechos de todos los demás. Este modo de razonamiento es un tributo rendido a la dialéctica metafísica y es desconocer los hechos de la vida real. Imposible concebir una sociedad en la que los asuntos e intereses de cada uno no afecten a muchos otros, cuando no a todos; imposible imaginársela sin que el hecho de estar en continuo contacto todos sus miembros no produzca, como resultado, la comunidad de intereses, la interferencia de los intereses de cada uno en los intereses de los demás. Toda acción implica necesariamente la idea de un beneficio o perjuicio resultante para nuestros semejantes. Si no nos cuidáramos para nada de los efectos de nuestros actos, llegaría a hacérsenos imposible actuar en ningún sentido.

De aquí que Tucker, después de su admirable crítica del Estado y de su vigorosa defensa de los derechos del individuo, acabe por reconocer, como hizo Spencer, el derecho del Estado a defender a sus miembros. Pero precisamente amparado en el derecho de defensa de los débiles, es como el Estado se arrogó todas las funciones agresivas que los dos, Spencer y Tucker, tan brillantemente han refutado.

Esta contradicción explica quizá por qué el individualismo anarquista tiene muchos más adeptos entre la clase media que entre los obreros. Es preciso, sin embargo, declarar que prestar un servicio real previniendo a los comunistas anarquistas para que no hagan demasiadas concesiones a la vieja idea del oficialismo del Estado. Es difícil librarse de las ideas añejas.

En cuanto al comunismo anarquista, es cierto que gana más y más terreno cada día entre los trabajadores que tratan de adquirir una clara idea de la acción revolucionaria venidera. Los movimientos sindicalistas y tradeunionistas, que permiten a los trabajadores practicar la solidaridad y sentir la comunidad de sus intereses, preparan mucho mejor que todas las elecciones el camino que es necesario seguir para la realización de esas aspiraciones. Y no será mucho esperar que cuando empiecen en Europa y América importantes movimientos en favor de la emancipación del trabajo, se hagan, por lo menos en los países latinos, algunos tanteos comunistas anarquistas, mucho más profundos que todos los realizados por la nación francesa en 1793-1794, tanto en multitud de municipios como en las “Secciones” de las grandes ciudades.

EL ANARQUISMO Y LA LEY

Fijadas ya las ideas directrices del anarquismo, examinaremos ahora algunas conclusiones concretas que ponen de manifiesto el lugar que ocupan nuestras ideas en el movimiento científico y social de los presentes tiempos.

Cuando se nos dice que debemos acatar la Ley (así, con letra mayúscula), porque “la Ley es la Verdad expresada en forma objetiva”; porque “lo que dirige e impulsa la evolución de la Ley, dirige e impulsa asimismo la evolución de la Inteligencia”, o porque “la Ley y la Moral son idénticas y sólo difieren en la forma”, escuchamos tan hinchadas palabras con la mismísima reverencia con que las acogía Mefistófeles en el Fausto, de Goethe.

No ignoramos que para traducir en palabras sus pensamientos, han tenido que hacer un enorme esfuerzo intelectual los que escribieron tales conceptos, por cuya razón, sin duda, se los imaginaron extraordinariamente profundos. No desconocemos tampoco que todo ello se resume en una serie de tanteos inconscientes para llegar a grandes generalizaciones y que estas generalizaciones no se fundaban sino en bases insuficientes, obscurecidas por medio de palabras rebuscadas, a fin de hipnotizar a las gentes en fuerza de extremar la elevación y la mañana del estilo. ¿Qué de extraño, pues, tiene nuestra despectiva ironía?

Es indudable que en los tiempos antiguos trataron los hombres de dar a la Ley un origen divino; que más tarde procuraron asentarla en bases metafísicas; pero en nuestros días podemos ya estudiar el origen de las diversas concepciones de la Ley y su desarrollo antropológico, exactamente del mismo modo que estudiamos y seguimos la evolución de las abejas en la elaboración de sus celdillas y de sus panales de miel. Merced a los trabajos de la escuela antropológica, puestos ahora al alcance de todo el mundo, es cosa fácil observar cómo aparecen las costumbres sociales y las concepciones de la Ley entre los más primitivos salvajes y no lo es menos seguir paso a paso su gradual desenvolvimiento a través de los códigos en los distintos períodos de la historia hasta nuestra misma época.

De ese análisis se deduce la conclusión siguiente, ya mencionada por nosotros anteriormente: Todas las leyes tienen un doble origen, y es precisamente esta circunstancia lo que las distingue de las costumbres establecidas por el uso y que representan los principios de moralidad propios de una sociedad determinada en una determinada época.

La ley confirma las costumbres, las cristaliza; pero al propio tiempo se aprovecha de ellas y se ampara de la general aprobación que encuentran para introducir con disimulo, bajo su sanción, alguna otra institución nueva en beneficio enteramente de las minorías guerreras y gobernantes. No de otro modo ha establecido o sancionado la Ley la esclavitud, la autoridad paternal, la preeminencia de las castas sacerdotal y militar; no de otro modo nos ha sumido en la servidumbre y más tarde en la subordinación al Estado. Al amparo de tales medios ha logrado la Ley imponer constantemente al hombre un duro yugo, sin que de ello el hombre se diera cuenta. De ese yugo jamás ha podido emanciparse la humanidad, como no haya sido revolucionariamente.

Tal es el proceso histórico desde los tiempos más remotos hasta nuestros días. Y hoy mismo no otra cosa sucede aún con relación a las leyes más avanzadas, con las denominadas leyes sociales, porque al lado de “la protección al obrero”, como bandera visible, las leyes introducen subrepticiamente el principio del arbitraje obligatorio a cargo del Estado en caso de huelga (arbitraje y obligatorio, ¡qué contrasentido!), o bien, a pretexto de fijar una jornada mínima de trabajo, hacen esta jornada forzosa durante tantas o cuantas horas, imponiendo al obrero una nueva sujeción. Del mismo modo es la Ley la que abre de par en par las puertas a la sustitución de los huelguistas por soldados en los ferrocarriles y otras industrias importantes cuando los obreros abandonan sus faenas en reclamación de mejoras o en protesta de abusos; del mismo modo es la Ley la que refuerza y sanciona la servidumbre en que viven los campesinos de Irlanda por medio de la fijación de elevadas taras para redimir las tierras de las rentas que sobre ellas pesan. La Ley se hace, al parecer, para facilitar la redención; lo que en realidad ocurre es que la esclavitud queda por la Ley reafirmada. ¿Para qué seguir? Este sistema prevalecerá mientras sea una parte de la sociedad la que haga las leyes para todo el conjunto social, y es así como se extenderá cada vez más el poder del Estado, cuyo soporte principal es el capitalismo.

En tanto se hagan leyes y sea forzoso someterse a ellas, los resultados serán necesariamente los mismos.

Se comprende, pues, que los anarquistas, desde Godwin acá, nieguen y repudien todas las leyes escritas; no obstante, ellos aspiran, más y mejor que todos los legisladores juntos, a la Justicia, que es equivalente -lo repetimos- a la igualdad e imposible sin ella.

EL ANARQUISMO Y LA MORAL

Cuando se nos objeta que al rechazar la Ley, rechazamos la Moral, como no admitimos el “imperativo categórico” de que nos habló Kant, contestamos que tal lenguaje es en sí mismo extraño y del todo incomprensible para nosotros. Es para nosotros tan extraño e ininteligible como lo sería para un naturalista que se pusiera a hacer estudios sobre la Moral.

Antes de entrar en materia, habría que plantear a nuestros impugnadores esta cuestión previa: ¿Qué se quiere decir con eso del imperativo categórico? ¿No podrían sus mantenedores traducirlo al lenguaje corriente, tal como lo hizo Laplace traduciendo, con gran fortuna, las fórmulas de las más inteligibles para todo el mundo? No de otra suerte han procedido los grandes hombres de ciencia. ¿Por qué no los imitan los señores del “imperativo categórico”?

Veamos: ¿qué se quiere significar cuando se habla de “leyes universales” y de “imperativo categórico”? ¿Es que esas palabras expresan la idea generalmente aceptada “no hagas a los demás lo que no quieras que hagan contigo”? Si ello es así, bien, no ha acuerdo. Mas analicemos la cuestión a semejanza de lo que hicieron antes que nosotros Hutchinson y Adam Smith. ¿De dónde proviene esa concepción moral y cómo se ha desarrollado? Investiguemos en qué grado la idea de Justicia implica la de Igualdad. Es un tema muy importante porque, indudablemente, sólo aquellos que consideran a los demás como sus iguales pueden obedecer la regla mora “no hagas a los demás lo que no quieras para ti”. El amo de siervos o el traficante de esclavos no podría en modo alguno admitir y practicar “la ley universal” o “el imperativo categórico” con sus siervos o con sus esclavos, sencillamente porque no los consideraría como sus iguales. Y si esta observación es exacta, véase como no es posible inculcar ideas morales al mismo tiempo que se sugieren ideas de igualdad.

Analicemos lo que Guyau llama “el sacrificio de sí mismo” e investiguemos cuáles fueron esas causas y las condiciones que más han contribuido históricamente al desarrollo de los sentimientos morales en el hombre, aun cuando no sea más que en lo relativo a los mandatos respecto de nuestro prójimo. Podremos así deducir cuáles condiciones sociales y cuáles instituciones ofrecen mejores frutos para el porvenir.

Ya hemos visto en qué grado han contribuido a aquel desarrollo las religiones y cuán gran obstáculo han sido las desigualdades económicas y políticas establecidas por la Ley. ¿Y qué parte tienen en ese desenvolvimiento la ley, el castigo, las prisiones y cuál el juez, el carcelero y el verdugo?

Estudiemos todo esto en detalle, separadamente, y entonces podremos hablar, con algún resultado práctico, de la moralidad social y de la moralización por medio de la ley, de los tribunales y de la policía. Pero se prefirió a esto las palabras hinchadas y huecas que sólo sirven para ocultarnos el verdadero conocimiento de las cosas. Es posible que hayan sido inevitables en un cierto período de la historia, aunque es muy dudosa aún entonces su utilidad; pero hoy, capacitados como estamos para emprender el estudio de las más arduas cuestiones sociales del mismo modo que el jardinero de una parte y el fisiólogo de otra estudian las condiciones de desarrollo de una planta, no tenemos más que poner manos a la obra.

ERRORES DE LOS ECONOMISTAS

Desde otro punto de vista, cuando un economista cualquiera nos dice: “En un mercado absolutamente libre, el valor de la mercancía se mide por la cantidad de trabajo socialmente necesario para producirla” (véase Ricardo, Proudhon, Marx y otros muchos), nosotros no aceptamos tal aserto como un artículo de fe por la sola razón de venir revestido de una autoridad particular o porque parezca un tanto socialista. “Es posible -decimos- que eso sea verdad. Pero ¿no ven que al hacer esa afirmación es como si sostuvieran que el valor y la cantidad de trabajo necesario son proporcionales del mismo modo que la rapidez de la caída de un cuerpo es proporcional al número de segundos que tarda en caer? Afirman así una cierta relación cuantitativa entre el trabajo y el valor de la mercancía. Muy bien; pero, ¿pueden entonces hacer medidas, observaciones; medidas cuantitativas, únicas que pueden confirmar un aserto cuantitativo?”

Se nos dirá que, hablando grosso modo, el valor de cambio de las mercancías crece a medida que aumenta la cantidad de trabajo necesario para producirlas. Estas son las mismas palabras empleadas por Adam Smith, quien añadía que este hecho o ley no se daba en el sistema de producción capitalista. Pero saltar de esto a la afirmación de que, por consecuencia, las dos cantidades son proporcionales, que la una es la medida de la otra y que ello es la traducción de una ley económica, equivale a caer en tremendo error. Tan tremendo y tan craso como sostener, por ejemplo, que la cantidad de agua que caerá mañana de la atmósfera será proporcional al número de milímetros del descenso del barómetro por debajo de la línea de fe señalada en un cierto lugar y en una estación dada.

El hombre que hizo notar, antes que ningún otro, cierta relación entre el bajo nivel del barómetro y la cantidad de lluvia desprendida de las nubes; el hombre que, antes que nadie, advirtió el hecho de que una piedra al caer de una gran altura adquiere, en la caída, mayor velocidad que la adquirida por la que cae solamente de un metro de altura, esos hombres hicieron, ciertamente, descubrimientos científicos.

Pero el que, una vez establecido cualquiera de esos principios generales, viniera a decirnos que la cantidad de lluvia caída se mide por medio del descenso barométrico, o bien que el espacio o camino recorrido por una piedra que cae es proporcional a la duración de la caída y se mide por ella, ése afirmaría cosas sin sentido alguno; demostraría, cuando más, que era absolutamente ajeno a los métodos científicos; probaría, en fin, ignorancia científica, a pesar de todas sus palabras tomadas a la ciencia.

Eso es, exactamente, lo que han hecho cuantos han formulado la afirmación antes dicha acerca del valor de los productos en el mercado.

MÁS PRUEBAS DE LOS ERRORES DE LOS ECONOMISTAS

Es necesario hacer constar que, en absoluto, la falta de datos numéricos exactos no es causa admisible para justificar la superficialidad en materia económica.

En el dominio de las ciencias exactas se conocen millares de casos en que dos cantidades guardan entre sí relación de dependencia, de tal modo que si la una crece, crece la otra también; sin embargo, se sabe asimismo que no son proporcionales la una a la otra. La rapidez de crecimiento de una planta depende, ciertamente, entre otras cosas, de la cantidad de calor que recibe. La altura del sol sobre el horizonte y la temperatura del sol sobre el horizonte y la temperatura media diaria (deducida de muchos años de observación) aumentan al mismo tiempo cotidianamente a partir del 22 de Marzo. El retroceso de un fusil cualquiera es mayor cuanto más grande es la carga del cartucho en él introducido.

Así en todo.

Pero ¿dónde está el hombre de ciencia que una vez conocidas esas relaciones afirme que, por consecuencia, la rapidez del crecimiento de la planta y la cantidad de calor recibida, la elevación del sol sobre el horizonte y la temperatura media diaria, el retroceso del fusil y la cantidad de pólvora puesta en el cartucho son proporcionadas? ¿Dónde el que sostenga que si uno de esos dos términos aumenta dos, tres, cuatro veces, el otro crecerá en la misma relación? ¿Dónde el que, en otras palabras, diga que el uno es la medida del otro? El hombre de ciencia sabe que existen millares de relaciones distintas, fuera de las de proporcionalidad, entre dos cantidades; y a menos de haber hecho previamente un cierto número de mediciones de prueben la existencia de semejante relación de simple proporcionalidad, se guardará muy bien de formular tal afirmación.

¡He ahí lo que han logrado los economistas al afirmar que el trabajo es la medida del valor!

Aun hicieron más. No se dieron cuenta de que sólo establecían un simple supuesto, una mera sugestión. Al contrario, sostienen, seria y resueltamente, que su hipótesis es toda una ley y no se cuidan de verificarla por medio de mediciones, cuya necesidad es indudable.

En realidad, las relaciones cuantitativas entre el crecimiento de una planta y el calor por ella recibido, entre el retroceso del fusil y la carga del cartucho, etcétera, son demasiado complejas para expresarlas por una sencilla proporción aritmética. En el mismo caso están las relaciones entre el trabajo y su valor.

El valor de cambio y el trabajo necesario para producir un objeto cualquiera, no son proporciones entre sí; el trabajo no es la medida del valor según había demostrado ya Adam Smith.

Este economista, una vez estableció lo que fue, en las condiciones del tráfico libre, hizo constar seguidamente que ello sólo había ocurrido en el período tribal de la humanidad. Según é, no es verdad que en el sistema de producción capitalista, el valor de cambio continúe siendo la medida del trabajo necesario a la producción de cada objeto. Muchos otros factores sobrevienen en la sociedad capitalista para alterar completamente la relación existente un tiempo entre el trabajo y el valor de cambio. Pero los modernos economistas no ponen atención alguna en ello: continúan repitiendo la afirmación de Ricardo, y en paz.

Los mismos reparos que hemos hecho a la teoría del valor, pueden aplicarse a la mayor parte de las afirmaciones hechos por los economistas y por los llamados “socialistas científicos”, que continuamente nos ofrecen sus conjeturas como “leyes naturales”. No sólo sostenemos que la mayor parte de esas supuestas leyes son inexactas, sino que estamos seguros de que los que creen en esas leyes reconocerían su error tan pronto como verificaran, según lo hacen los naturalistas, la necesidad de someter cada afirmación numérica, cuantitativa, a prueba también numérica, cuantitativa.

EL ANARQUISMO Y LA ECONOMÍA POLÍTICA

Toda la economía política adquiere, desde el punto de vista anarquista, un aspecto completamente distinto del que le dan los economistas, quienes, no acostumbrados al método inductivo científico ni bien impuestos del sentido propio de lo que significa la expresión “ley natural”, gustan, no obstante, grandemente de emplear esas locuciones. Todavía están lejos de darse cuenta del carácter condicional de todas las tituladas leyes naturales.

De hecho toda ley natural significa lo siguiente: Si tales o cuales condiciones se cumplen, los resultados serán tales otros y cuales otros; si una línea recta corta a otra, de tal modo que en el punto de cruce formen ambos ángulos iguales, las consecuencias serán de esta o de la otra naturaleza; si los movimientos peculiares al espacio interestelar actúan sobre dos cuerpos y no hay a una distancia no infinitamente grande un tercer o cuarto cuerpo actuando sobre aquellos dos, los centros de gravedad de dichos dos cuerpos comenzarán a aproximarse con cierta rapidez. Este último caso es la traducción de la ley de gravitación.

Podríamos citar ejemplos análogos indefinidamente.

Siempre hay un , una condición que cumplir.

De aquí resulta que todas las llamadas leyes y teorías de la economía política no son más que afirmaciones de esta naturaleza:

“Supongamos que hay siempre en un país determinado número considerable de gente que no puede subsistir un mes o una quincena sin obtener un cierto salario, y para ello acepta las condiciones que el Estado le impone en forma de contribuciones, renta sobre la tierra, etcétera, o bien las de aquellos que el Estado reconoce como dueños del suelo, de las fábricas, de los ferrocarriles; en tal caso, se seguirán éstas o aquellas condiciones”.

Hasta ahora, los economistas académicos han enumerado siempre y simplemente lo que sucede bajo condiciones dadas, pero sin enumerar y analizar las condiciones mismas. Y si alguna vez las mencionan, las olvidan inmediatamente para no hablar más de ellas.

Esto es bastante malo, pero aún hay en sus enseñanzas algo peor que eso. Los economistas nos presentan los hechos resultantes de tales condiciones como leyes, leyes fatales e inmutables. Y a eso llaman ciencia.

Es verdad que los economistas políticos, socialistas, han hecho la crítica de algunas de las conclusiones de los economistas académicos o sostenido de un modo diferente ciertos hechos; pero siempre olvidan las condiciones precisamente citadas y dan a los hechos económicos de una época determinada demasiada estabilidad, a fin de presentarlos como leyes naturales. Hasta ahora ninguno ha emprendido el camino de la ciencia económica. El que más ha hecho (Marx en su obra El Capital) ha ido a buscar las definiciones metafísicas de los académicos, como Ricardo, para exclamar: “¡Miren como aun con sus propias definiciones podemos probar que el capitalista explota al trabajador!” Esto sonaría bellamente en un folleto, pero está muy lejos de ser la ciencia económica.

LO QUE DEBE SER LA ECONOMÍA POLÍTICA

De todos modos, nosotros creemos que para que la economía política llegue a ser una ciencia, es necesario que se construya en otra dirección. Es preciso considerarla como ciencia natural y emplear en su desenvolvimiento los métodos usuales en todas las ciencias exactas, empíricas, dándole al mismo tiempo finalidad distinta a la que ha tenido hasta ahora. Hay necesidad de adoptar, con relación a las sociedades humanas, análoga posición que adoptada por la fisiología respecto a los animales y a las plantas. Es, en fin, indispensable que la economía se convierta en la fisiología de la sociedad.

Esta fisiología habrá de tener por objeto el estudio de las crecientes necesidades sociales y el de los medios puestos en práctica para satisfacerlas en el pasado y en el presente, rindiéndose debida cuenta de que esos medios no han estado ni están de acuerdo con su misma finalidad propuesta. Por esto mismo, y porque entra en los propósitos de toda ciencia la previsión y también la aplicación consiguiente de lo previsto a la vida práctica (ya lo dijo Bacón hace largo tiempo), la economía política deberá investigar los medios de satisfacer, lo mejor posible, las necesidades presentes y futuras con el menor gasto de energía, es decir, económicamente, a fin de que la especie humana obtenga en lo sucesivo los resultados apetecidos.

¿QUIÉN ESTÁ EN LO CIERTO?

Es, pues, evidente la razón por la cual nuestras conclusiones difieren en tantos extremos de aquellas a que han llegado los economistas, así los académicos como los demócratas socialistas; la razón por la cual nosotros consideramos como leyes ciertas correlaciones establecidas por ellos; la razón por la cual nosotros deducimos del estudio de las tendencias de la moderna vida económica conclusiones tan diferentes a las suyas con relación a lo que nosotros estimamos deseable y posible; en otras palabras: la razón por la cual nosotros llegamos a la afirmación del comunismo libre y ellos al Estado capitalista y al sistema del salariado colectivista.

Es posible que nosotros estemos equivocados y tengan ellos razón. Pero el problema de saber quiénes están en lo cierto y quiénes en el error, no se resuelve por medio de discusiones bizantinas de tales o cuales escritores o divagando acerca de lo que concuerda o no con la “trilogía” de Hegel, y menos aún ciertamente continuando en el uso y abuso del método dialéctico.

Este asunto puede resolverse únicamente por medio del estudio de los hechos económicos en la misma dirección y con los mismos métodos que se emplean en las ciencias naturales.

EL ANARQUISMO Y EL ESTADO

Por medio del mismo método llegan los anarquistas a sus conclusiones propias con relación a las diferentes formas políticas en la sociedad, y especialmente del Estado. No nos impresionan lo más mínimo afirmaciones como las siguientes: “El Estado es la afirmación de la vida de la Justicia Suprema en la Sociedad”; “El Estado es el instrumento y el conductor del Progreso”; “Sin Estado, no hay sociedad”.

Fieles a nuestro método, estudiamos el Estado con la misma disposición de ánimo que podríamos en el estudio de una sociedad de hormigas o de abejas o bien de pájaros reunidos en las orillas de un mar o un lago ártico. Es innecesario repetir aquí las conclusiones a que hemos llegado por consecuencia de esos estudios. Tendría que reproducir todo lo dicho por los anarquistas desde Godwin hasta nuestros días, y ello anda esparcido en buen número de folletos y libros que puede adquirir cualquiera.

Basta a nuestro objeto hacer constar que para nuestra civilización europea -civilización de los últimos veinte siglos, a la cual pertenecemos- el Estado es una forma social que se ha desenvuelto del siglo XVI acá bajo la influencia de una serie de causas para cuyo examen remito al lector a mi ensayo El Estado: Su función histórica. Antes y a la caída del imperio romano, el Estado, en su forma romana, no existía. Si no obstante se le encuentra en los textos de historia de las escuelas, hasta en los comienzos del período bárbaro, no es más que como producto de las imaginaciones desatinadas de los historiadores, empeñados en formar el árbol genealógico de los reyes desde los jefes de las bandas merovingias, en Francia, y en Rusia desde Rurik, en 862. Los verdaderos historiadores saben bien que el Estado surgió de las ruinas de las ciudades libres de la Edad Media.

NECESIDAD DE SUSTITUIR AL ESTADO

Por otra parte, el Estado, considerado como poder político, ofrece hechos y concepciones -El Estado Justicia, la Iglesia, el Capitalismo- que no podemos separar. Esas instituciones se han desarrollado, en el curso de la historia, apoyándose y reforzándose mutuamente. Están unidas entre sí, no por simples coincidencias accidentales, sino por los eslabones de causa y efecto.

El Estado es, para nosotros, una sociedad de seguros mutuos entre los terratenientes, los militares, los jueces y los sacerdotes, a fin de apoyar cada uno la autoridad del otro sobre el pueblo y de explotar, para enriquecerse, la pobreza de las masas.

Tal fue el origen del Estado; tal su historia; tal su esencia actual.

Por consecuencia, figúrense que el capitalismo puede ser abolido quedando en pie el Estado, y aún más, que puede ser abolido con el apoyo del Estado mismo, sabiendo que el último fue fundado para asegurar el desenvolvimiento del capitalismo y creció siempre en poder y solidez proporcionalmente al poder adquirido por este último, abrigar semejante ilusión, repetimos, es tan poco razonable, a nuestro modo de ver, como lo fue esperar de la Iglesia la emancipación del trabajo o como separarla del cesarismo o del imperialismo. Ciertamente que en la primera mitad del siglo XIX hubo muchos socialistas que incurrieron en tal desvarío; pero permanecer en la misma región de ensueño hoy, en los comienzos del siglo XX, es demasiado infantil.

Formas nuevas de organización económica requieren necesariamente nuevas formas de estructura política. Y tanto si el cambio se verifica rápidamente, por medio de una revolución, como si se opera lentamente, por medio de una evolución gradual, los dos cambios, político uno, económico otro, marcharán al unísono, contemporánea y solidariamente.

Cada paso dado hacia la libertad económica, cada victoria obtenida sobre el capitalismo, serán al mismo tiempo un paso dado hacia la libertad política, hacia la liberación del yugo del Estado por medio de libres contratos agrícolas, industriales y profesionales.

LAS DOS MANERAS DE SER DEL ESTADO

Es de suyo evidente que si los anarquistas se diferencian de modo tan considerable en los métodos de investigación y en los principios fundamentales de los hombres de ciencia oficiales y sus colegas los demócratas socialistas, han de diferenciarse igualmente en los medios de acción.

Por nuestras opiniones acerca de la ley y del Estado, no hay modo, no hay posibilidad de que consideremos la creciente subordinación del individuo al Estado como fuente de progreso, y menos aún como aproximación a las transformaciones sociales que estimamos necesarias.

No podemos tampoco asentir a las frecuentes afirmaciones de algunos críticos superficiales de la sociedad actual cuando proclaman la necesidad de que las industrias estén bajo la dirección del Estado porque “el capitalismo” tiene su origen en la ANARQUÍA de la producción imperante a causa del abstencionismo gubernamental y en la doctrina, cara a los economistas liberales, del dejen hacer, dejen pasar. Tales palabras significan que el Estado ha practicado siempre la doctrina del no intervencionismo y del economismo, pero es lo cierto que, en realidad, nunca cayó en semejante tentación.

Todo el mundo sabe, por el contrario, que mientras todos los gobiernos han dado a los capitalistas y a los monopolizadores plena libertad para enriquecerse a expensas del trabajo, mezquinamente retribuido, de los obreros sumidos en la miseria, jamás hasta ahora, han dado la libertad necesaria o han consentido que los obreros se opongan a la explotación de que son víctimas. Ningún gobierno, en ningún tiempo, aplicó la doctrina del dejen hacer a las multitudes explotadas. Todos, absolutamente todos, en todos los tiempos, se la han reservado exclusivamente para uso y abuso de los explotadores.

En Francia, aun la bajo la Conferencia, fieramente revolucionaria -léase jacobina-, las huelgas eran consideradas como “coalición”, como “conspiraciones para formar un Estado dentro de otros Estado”, y este supuesto delito era castigado con la muerte. Ho hablemos de la legislación contra el Trabajo del imperio napoleónico, de la restauración monárquica y hasta de la actual República mesocrática.

En Inglaterra, y a pretexto de haber formulado amenazas, fueron ahorcados, en 1813, algunos trabajadores declarados en huelga. Los obreros que en 1813 se atrevieron a fundar con Roberto Owen una Asociación Nacional de Trabajadores fueron deportados a Australia. En las huelgas del año 70, varios obreros fueron condenados a trabajos forzados por el delito de coartar “la libertad del trabajo”. Y más recientemente, en 1903, a consecuencia de la sentencia “Taff Vale”, la sociedad de empleados de ferrocarriles tuvo que pagar, por haberse declarado en huelga, la cantidad de 26.000 libras esterlinas a una compañía ferroviaria.

¿Será necesario que hablemos de Francia, donde el derecho de constituir sociedades obreras y sindicatos agrícolas no fue reconocido hasta el año 1884, o sea el año siguiente de la agitación anarquista de Lyón y los mineros de todo el país? ¿Necesitaremos hablar en Suiza, donde los huelguistas fueron ametrallados (en Airolo) durante la perforación del túnel de San Gotardo? ¿Hablaremos de Alemania, España, Rusia y los Estados Unidos, países en que la intervención del Estado a favor de los capitalistas ha sido y es todavía más decisiva?

EL ESTADO SERVIDOR DEL CAPITALISMO

Basta, por otra parte, recordar cómo todos los Estados reducen continuamente a los trabajadores del campo y de la industria a una vida miserable. Sobre ellos pesan toda clase de gabelas y monopolios. El Estado mantiene la exclusiva a favor de los señores del terruño, de los señores del algodón, de los magnates ferroviarios, de los acaparadores todos y de todos sus adláteres. Véase si no de qué manera fue abolida la posesión comunal de la tierra en Inglaterra por medio de sucesivos decretos sobre acotamiento.

Y en fin, observemos lo que ocurre alrededor nuestro. Dondequiera, en Europa y en ambas Américas, todos los Estados van constituyendo nuevos monopolios en beneficio de los capitalistas de los respectivos países, y cuando esto no basta se lanzan a la conquista de otras tierras, tales como Egipto, el Tonkin, el Transvaal, etcétera.

¿De qué sirve, pues, la charla sempiterna de Carlos Marx acerca de la acumulación primitiva, como si este impulso dado al capitalismo perteneciera al pasado? La verdad es que, año por año hasta nuestros mismos días, se han ido estableciendo por todos los Parlamentos del mundo nuevos monopolios en beneficio de las compañías de ferrocarriles y tranvías, de las empresas de alumbrado y de abastecimiento de aguas, de transportes marítimos y hasta de ciertas instituciones y centros docentes. El impulso del Estado es y ha sido siempre la piedra angular de todas las grandes fortunas de los capitalistas.

En resumen: en ninguna parte ni en tiempo alguno ha tenido realidad el sistema de “no intervención del Estado”. Por doquier, el Estado ha sido y es todavía el más firme sostén y el creador, directo o indirecto, del capitalismo y de su poderío sobre el pueblo. Jamás desde los comienzos del Estado, han tenido las masas libertad para resistir a la opresión ejercida por los capitalistas. Los escasos derechos de que ahora gozan, los han conquistado a fuerza de valor y a costa de infinitos sacrificios.

Hablar, por tanto, de la no intervención del Estado puede ser muy bueno para los economistas de la clase media, porque se proponen persuadir al pueblo de que su miseria es “una ley de la Naturaleza”. Pero ¿cómo pueden los socialistas emplear semejante lenguaje? El Estado ha intervenido siempre en la vida económica para favorecer a los explotadores; los ha protegido siempre en sus latrocinios, prestándoles decidido apoyo y ayudándolos a continuar enriqueciéndose. Y esto no habría podido ser de otra manera, porque una de las principales funciones y la misión esencial del Estado era precisamente esa.

LA TENDENCIA ANTIAUTORITARIA

El socialismo, hemos dicho, cualquiera que sea la forma que adopte en su evolución hacia el comunismo, necesita determinar previamente su forma propia de organización política para el porvenir. La servidumbre y la monarquía absoluta se han desenvuelto al unísono porque se implican recíprocamente y recíprocamente se eran necesarias. Otro tanto puede decirse del capitalismo, cuya forma política es el gobierno representativo, ya sea monárquico, ya republicano. Por eso el socialismo no puede de ninguna manera plegarse a esta última forma, cuya sustancia es la explotación capitalista, de la misma manera que es incompatible con la Iglesia y su teoría del derecho divino, o con el imperialismo, el cesarismo y toda su jerarquía de funcionarios.

En el momento mismo que los principios socialistas se adueñen de la vida social, será preciso constituir una nueva organización política. Es evidente que esta nueva forma habrá de ser más popular, más descentralizada y más próxima al gobierno del pueblo por sí mismo que cualquier otra forma de gobierno representativo conocida o por conocer.

Es precisamente esta tendencia la que predomina en las gentes libres del prejuicio autoritario. Si observamos cuidadosamente la vida en Inglaterra, Francia y otros países, se notará en seguida que hay una marcada propensión a constituir comunas independientes, municipales y rurales; a formar asociaciones y federaciones libres; y que estas agrupaciones van asumiendo todas las complejas funciones de la vida social y económica y entendiéndose y relacionándose por medio de libres pactos fuera de la intervención del Estado. No es el emperador de Alemania, o el imperialismo inglés, o el socialismo jacobino suizo los que revelan esta tendencia y fomentan tales aspiraciones. Todo esto no mira más que al pasado. Pero hay una fracción progresiva de la sociedad, así en Europa como en América, que lucha fieramente por abrir nuevos horizontes a la vida y al trabajo común, con independencia y fuera en absoluto del Estado. Y en esa fracción alienta la tendencia hacia un porvenir mejor.

TENDENCIAS EN QUE SE INSPIRA LA TÁCTICA ANARQUISTA

Es obvio que, conociendo lo que antecede, no podemos considerar como elemento de progreso la ola creciente de subordinación al Estado. Por el contrario, nuestra representación de progreso social es una continua aproximación hacia el ideal abolicionista de toda autoridad gubernativa; una continua aproximación al desenvolvimiento pleno del contrato libre en todo lo que fue antes y es ahora función propia de la Iglesia y del Estado; una continua aproximación al desenvolvimiento de la libre iniciativa, así en los individuos como en las colectividades. En estas tendencias se inspira la táctica anarquista, tanto por lo que afecta a la vida individual como por lo que atañe a la vida social.

INTERPRETACIÓN DE LA HISTORIA

Finalmente, puesto que el anarquismo es un partido revolucionario, ha de atender principalmente, en el conocimiento de la historia, al génesis y desenvolvimiento gradual de las pasadas revoluciones. Y para obtener este conocimiento es natural que procuremos purgar la historia de las interpretaciones estatistas de los historiadores clásicos, de los historiadores oficiales, y es natural también que tratemos de reconstituirla sobre el verdadero desenvolvimiento de los pueblos, determinando las ventajas obtenidas por la revolución, las ideas dominantes en cada época y los errores de tácticas posibles.

Al estudiar los comienzos de una revolución, no basta conocer el estado miserable de las multitudes antes de estallar aquélla; es necesario saber, además, cómo de la quietud y de la desesperanza surgieron a la actividad revolucionaria; cómo y en qué forma la insurrección se produjo, y cuál fue, en plena revuelta, la conducta de las masas.

Procediendo según este método, nos damos pronto cuenta de que la gran Revolución francesa poco tuvo de común con las divagaciones de Luis Blanc, que no acertó a ver en ella más que un movimiento político dirigido por el Club de los Jacobinos. Esa gran Revolución fue, en realidad, un movimiento popular inmenso iniciado y desarrollado entre los campesinos franceses, especialmente a favor de la abolición de la servidumbre feudal y de la reintegración de las tierras que se les habían arrebatado desde 1669 por medio de las disposiciones legales sobre acotamiento. En las ciudades fue un alzamiento cuya finalidad era suprimir la miseria proletaria por medio de una organización nacional del cambio y de la socialización de la producción.

Del mismo modo observamos y registramos un movimiento de tendencias comunistas comenzando en la parte más pobre del pueblo hacia 1793-1794, al propio tiempo que advertimos cómo el poder de las clases medias se acrecía en virtud de su energía y consciente labor para constituir definitivamente su particular autoridad en sustitución de la autoridad caduca de la derrocada monarquía y de sus camarillas.

Así, mientras las clases populares luchaban por implantar nuevas formas de organización política por medio de sus secciones y comunas, las clases medias se esforzaban por construir un Estado centralizador poderoso, a fin de consolidar de este modo las propiedades que habían adquirido durante la Revolución y el derecho absoluto a continuar enriqueciéndose con el sudor de los miserables.

Y finalmente, salta a la vista cómo el Estado absorbente, creación de la clase media jacobina, prepara el camino al imperio autocrático de Napoleón I. Medio siglo más tarde, todavía saca Napoleón II, de las aspiraciones de los que sueñan con una República centralista, los elementos necesarios para fundar el segundo imperio. No de otro modo llegamos a comprender cómo esta autoridad centralizada, que en sesenta años consecutivos mató en Francia todos los esfuerzos hechos, fuera de la jerarquía estatista, en favor de la independencia personal y colectiva, ha continuando imperando, sin freno alguno, sobre la nación hasta nuestros mismos días.

El alzamiento comunalista de los proletarios de París, en 1871, fue el primero y el más serio intento de emancipación real de ese preponderante imperio.

Lo que expuesto queda, explica bien claramente por qué nuestra interpretación de la historia y las condiciones que de ella derivamos son tan diferentes de la interpretación y de las conclusiones propias, así de los partidos políticos de la clase media como del partido político socialista.

CONCEPCIÓN DE LA REVOLUCIÓN SOCIAL

Sin entrar ahora en análisis de los movimientos revolucionarios del pasado, bastará que hagamos constar que nuestra concepción de la futura Revolución Social difiere totalmente de cualquier forma de dictadura jacobina o de posibles transformaciones de las instituciones sociales por medio de una Convención, un Parlamento o una dictadura. Jamás de tales elementos brotó revolución alguna, y si la clase trabajadora actual apelara a semejantes procedimientos, se vería condenada a no arribar a resultados de estabilidad suficiente.

Nosotros entendemos que al iniciarse la revolución es preciso que se convierta prontamente en un movimiento popular expansivo, durante el cual, en todas las ciudades y aldeas ganadas por el espíritu de insurrección, las masas pongan inmediatamente y por sí mismas manos a la obra, reedificando la sociedad sobre nuevas bases. El pueblo -trabajadores ciudadanos y campesinos- habrá de empezar por sí mismo la labor constructiva conforme a principios más o menos comunistas y sin esperar órdenes ni planes de lo alto. Es, pues, necesario que desde el punto y hora que se inicie el movimiento, se preocupen los revolucionarios del problema de la vivienda y del alimento para todos y que todos se pongan a trabajar para producir lo necesario a las subsistencias, al vestido y al alojamiento de cada uno.

No tenemos fe ninguna en ninguna clase de gobierno. Tanto monta que provenga de la fuerza como del procedimiento electoral; ya sea “la dictadura del proletariado”, como se decía en Francia allá por el año 40 del pasado siglo y se dice aún ahora en Alemania, ya la elección de un “gobierno provisional” o de una “Convención”. De antemano sabemos que cualquier gobierno sería incapaz de hacer nada por el éxito de la revolución mientras el mismo pueblo no procediera a verificar el cambio de instituciones levantando el edificio de las nuevas e indispensables instituciones sociales.

No hay en nuestras palabras prejuicio alguno personal contra los gobiernos, cualesquiera que sean. Es la historia entera la que nos demuestra que los hombres llevados al gobierno por la ola revolucionaria fueron siempre impotentes para realizar lo que de ellos se esperaba. Este resultado es inevitable. Y lo es por la sencilla razón de que en la tarea de reconstruir la sociedad sobre principios nuevos, los hombres aislados, por inteligentes y honorables que sean, tienen que fracasar necesariamente. Para esta obra es indispensable el espíritu colectivo de las masas. Los individuos separadamente pueden, cuando más, dar alguna que otra vez con la expresión legal que resuma y compendie la demolición de las viejas formas sociales precisamente cuando la demolición está ya en camino. Pueden asimismo ampliar la esfera de la labor reconstructiva extendiendo al resto del país lo ya hecho en una parte de él. Pero imponer la reconstrucción misma por medio de la ley, es absolutamente imposible, como ya se ha probado, entre otros casos, con la historia entera de la Revolución francesa.

Durante todo el período revolucionario germinan siempre, en las ruinas de las formas viejas, nuevas formas de vida; pero no hay gobierno capaz de formular la expresión necesaria de esas nuevas formas mientras dicha expresión no haya encarnado definitivamente en el propio período de la reconstrucción por medio de la obra de transformación realizada a un mismo tiempo en millares de sitios. ¿Quién podía imaginarse antes de 1789 el papel que jugaron las municipalidades y la Comuna de París en los sucesos revolucionarios de 1780-1793? Es imposible legislar para el futuro. Todo lo que podemos hacer respecto del porvenir es precisar vagamente las tendencias esenciales y despejar el camino para su mejor y más rápido desenvolvimiento.

CUALQUIER GOBIERNO ES UN OBSTÁCULO PARA LA REVOLUCIÓN

Es indudable que entendido de este modo el problema de la Revolución social, no puede deducir el anarquismo un programa que proclama y ofrece “la conquista del poder político, detentado hoy por el Estado”.

Esta conquista no es posible por los medios pacíficos, porque la burguesía no cederá sin lucha, porque la burguesía resistirá hasta el último momento. Y si los socialistas van al gobierno, a medida que entren en él y compartan el poder con la clase media, su socialismo se hará cada vez más pálido, más débil. Esto es precisamente lo que está ocurriendo, que el socialismo se dulcifica a toda prisa. Donde no, la clase media, que es mucho más poderosa numérica e intelectualmente de lo que se figura la mayoría de los socialistas, se abstiene de compartir el poder con ellos.

Por otra parte, no es dudoso que si una insurrección popular diera a Francia, Inglaterra o Alemania un gobierno socialista provisional, semejante gobierno, sin la espontánea actividad constructora del pueblo, sería totalmente impotente y se convertiría muy pronto en obstáculo y freno de la revolución misma.

CÓMO SE HACEN LAS REVOLUCIONES

Al analizar los períodos preparatorios de todas las revoluciones, llegamos a la conclusión de que ningún movimiento revolucionario ha tenido origen en el poder de resistencia o de ataque de los Parlamentos o de cualquier otra corporación representativa. Todas las revoluciones se han generado en el seno del pueblo. Jamás revolución alguna apareció de pronto, armada de los pies a la cabeza, como Minerva surgiendo del cerebro de Júpiter. No hay revolución que no haya tenido su período de incubación, su proceso evolutivo, durante el cual las masas, a través de modestísimas demandas, llegan a concebir la necesidad de cambios más profundos y más completos. Así se les ve crecerse en osadía y en arrojo, lanzándose a las más atrevidas concepciones sobre los problemas de momento y adquiriendo cada vez mayor confianza y mayor dominio de sí mismas al emerger de su letargo de desesperación y ampliar bravamente su programa y sus exigencias. Poco a poco, paso a paso, “las humildes peticiones” se truecan en verdaderas demandas revolucionarias.

De hecho es lo que ocurrió en Francia desde 1789 a 1793 al formarse una minoría republicana bastante fuerte para imponerse por sí misma.

En el período de incubación, tal como nosotros lo entendemos, la obra empieza por hechos aislados. Algunos individuos, prontamente disgustados por lo que ven a su alrededor, se rebelan aquí y allá. Muchos perecen en la demanda sin resultados apreciables, pero la indiferencia popular sufre ruda sacudida. Aun los mejores hallados con las condiciones existentes de vida pública y privada, aun los más ignorantes de todas las cosas, sorprendidos por tales actos de rebeldía, se preguntan: “¿Por qué se rebelan y hacen el sacrificio de sus vidas esos hombres honrados, plenos de energía?” La indiferencia se hace cada vez más imposible. Todo el mundo se ve empujado a declararse en pro o en contra de las aspiraciones de los rebeldes. El pensamiento social despierta.

Lentamente este espíritu de rebeldía va ganando pequeños grupos de hombres, que a su vez se alzan ya en la esperanza de obtener éxitos parciales, ya sin esperanza alguna. En el primer caso se proponen triunfar en una huelga, obtener algo mejor el pan necesario para sus hijos o bien sacudirse el yugo de cualquier odioso funcionario. En el segundo caso se lanzan a la rebelión sencillamente porque ya no les es posible resistir más.

No una o dos revueltas, sino cientos de pequeñas insurrecciones precedieron a la Revolución en Francia y en Inglaterra. Esto es indiscutible. Sin insurrecciones análogas, jamás a estallado una revolución; jamás las clases gobernantes hicieron al pueblo serias concesiones sino ante la previa amenaza de una rebelión. Sin tales alzamientos, el espíritu humano no se hubiera emancipado nunca de sus más arraigados prejuicios ni se hubiera sentido animado por el soplo de la esperanza. Y la esperanza, la esperanza de un mañana mejor, ha sido siempre el manantial de las revoluciones.

Con frecuencia se invoca como prueba de la posibilidad de realizar un profundo cambio social, sin sacudida revolucionaria, la abolición pacífica de la servidumbre en Rusia. Pero se olvida o se ignora que a esa abolición precedió una larga serie de insurrecciones de los campesinos que la reclamaban. Estas insurrecciones fueron iniciadas ya a mediados del siglo pasado, como eco probable del 48 en Francia, y año tras año se fueron extendiendo por toda Rusia y adquiriendo carácter de mayor gravedad y de violencia hasta entonces desconocida. El estado insurreccional duró hasta 1857, cuando Alejandro II dirigió, por fin, su carta famosa a la nobleza de la Lituania prometiendo la liberación de los siervos. Las palabras de Herzen: “Mejor es conceder la libertad desde arriba que esperar a que la impongan desde abajo” -repetidas por Alejandro II ante la nobleza de Moscú en 1856-, no eran una simple amenaza, sino que reflejaban el estado real del problema.

Dondequiera que la Revolución haya estallado ha ocurrido siempre lo mismo, y así podemos establecer, como regla general, que el carácter de toda revolución está determinado por el carácter y los fines de las insurrecciones precedentes.

Por tanto, esperar la Revolución Social como quien espera un aguinaldo, sin que venga precedida y anunciada por pequeños actos de rebelión y diversos movimientos insurreccionales, es acariciar una vana y pueril esperanza. Es, en fin, no darse cuenta del ambiente actual, de lo que ocurre en Europa y América; de los centenares de huelgas y de multitud de pequeños alzamientos que estallan por doquier, cuyo carácter de gravedad va en “crescendo”, al paso que gana rápidamente en extensión y en intensidad.

CONCLUSIONES

Lo que dejamos expuesto bastará seguramente para dar una idea general del anarquismo y del lugar que ocupa en el pensamiento moderno, así como de sus relaciones con la ciencia actual.

Representa el anarquismo un ensayo de aplicación de las generalizaciones obtenidas por el método inductivo deductivo de las ciencias naturales a la apreciación de la naturaleza de las instituciones humanas, así como también la predicción, sobre la base de esas apreciaciones, de los aspectos probables de la marcha futura de la humanidad hacia la libertad, la igualdad y la fraternidad, guiada por el deseo de obtener la suma mayor posible de felicidad para cada individuo en toda sociedad humana.

El anarquismo es el resultado inevitable del movimiento intelectual de las ciencias naturales iniciado hacia fines del siglo XVIII, y que paralizado por el triunfo de la reacción en Europa, subsiguiente a la derrota de la Revolución francesa, floreció de nuevo en todo su apogeo sesenta años después. Tuvo su origen en la filosofía natural de aquel siglo y sus bases no fueron completamente establecidas sino después del renacimiento de la ciencia a mediados del siglo XIX, que dio nueva vida al estudio de las instituciones y sociedades humanas sobre bases científico-naturales.

Las llamadas “leyes científicas”, que tanto parecían satisfacer a los metafísicos alemanes de los primeros treinta años del pasado siglo, no tiene cabida en las concepciones anarquistas. El anarquismo no conoce ningún método de investigación más que el científico, y lo aplica a todas las ciencias usualmente designadas como humanitarias.

Este es el aspecto científico del anarquismo.

Aprovechándose del método de las ciencias exactas, así como de las investigaciones hechas más tarde a impulsos de ese mismo método, intenta reconstruir todas las ciencias referentes al hombre y examina de nuevo las concepciones generales de ley, justicia, etcétera. Fundándose en los nuevos principios obtenidos por la investigación antropológica y ampliando los trabajos de sus predecesores del siglo XVIII, el anarquismo se colocó al lado del individuo contra el Estado y la sociedad contra la autoridad que por herencia histórica la domina. Sobre la base de los principios históricos acumulados por la ciencia moderna, ha demostrado que la autoridad del Estado, que crece constantemente en nuestros días, no es en realidad más que una nociva e inútil superestructura que para los europeos data solamente de los siglos XV y XVI; una superestructura levantada a beneficio del capitalismo, del oficialismo y del landlordismo, que en los tiempos antiguos fue causa también de la caída de Roma y de Grecia y de otros muchos centros de civilización que florecieron en Oriente y en Egipto.

La autoridad, constituida a fin de unir a los nobles, a los magistrados, a los guerreros y a los sacerdotes para la mutua protección y defensa de sus intereses de clase, fue siempre un obstáculo a todo intento del hombre para darse una vida algo más segura y libre, y esa autoridad no puede llegar a convertirse en un instrumento de felicidad, del mismo modo que el cesarismo, el imperialismo y la Iglesia no pueden convertirse en instrumento de una revolución social.

En economía política, el anarquismo ha llegado a la conclusión de que los males de nuestra época no son originados por la apropiación capitalista de la supervalía o beneficio neto, sino derivados del hecho mismo de que el beneficio neto o supervalía sea posible. Esta apropiación del producto del trabajador humano por los poseedores del capital existe únicamente porque millones de hombres no tienen literalmente de qué vivir a menos de que vendan su fuerza productora y su inteligencia a tal precio que haga posible el beneficio neto del capitalista y la supervalía.

Por eso nosotros creemos que en economía política el primer capítulo por estudiar es el del consumo, no el de la producción; y cuando una revolución estalle, el primer deber por cumplir será el de arreglar el consumo de tal modo que la vivienda, el alimento y el vestido queda asegurado a cada uno y a todos. Así la producción tendrá que ser organizada a fin de que las necesidades primordiales de todos los miembros de la sociedad sean satisfechas en lugar preferente. Por esto es también por lo que el anarquismo no puede considerar la futura revolución como una mera sustitución del oro por el bono de trabajo ni de los actuales capitalistas por el Estado capitalista universal. En la revolución venidera los anarquistas ven un primer paso hacia el comunismo libre, no intervenido por el Estado.

¿Son exactas las conclusiones del anarquismo? La respuesta nos la dará la crítica científica de sus bases por una parte y por otra especialmente la vida práctica. Pero hay un punto en el cual sin duda el anarquismo está en lo cierto. Es cuando considera el estudio de las instituciones sociales como un capítulo de la ciencia natural; cuando se separa totalmente de los metafísicos y cuando adopta como método de razonamiento el método mismo que ha servido para edificar toda la ciencia moderna y toda la filosofía natural. Siguiendo este método, los errores en que el anarquismo pueda caer serán fácilmente reconocidos. Pero verificar nuestras conclusiones es solamente posible por medio del método científico inductivo-deductivo, sobre el cual se han constituido todas las ciencias y por cuyo medio se han desenvuelto todas las concepciones científicas del universo.

Piotr Kropotkin
http://www.kclibertaria.comyr.com/lhtml/l175.html
Submit to DeliciousSubmit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to StumbleuponSubmit to TechnoratiSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn
1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 Rating 5.00 (1 Vote)

Comentarios

  • No se han encontrado comentarios
Añadir comentarios