| Pensamiento Libertario |
ANARQUÍA Y DESORDEN
No pretendemos desarrollar todos los principios anarquistas. El tema es vasto. Iremos dando ideas a medida que broten de la pluma.
No se quiere comprender la palabra ANARQUÍA. Los burgueses tienen un interés en que no se comprenda. Para ello ANARQUÍA y desorden son una misma cosa. ¡Y pensar que han perdido tantos años yendo a la escuela!
Veamos: a-n-arquía viene del griego y significa no-gobierno (alfa privativa, -la n es eufónica- y arquía gobierno). Ahora bien; cuando con la organización, con el régimen del Estado vemos la propiedad que engendra el lujo por una parte y la miseria por la otra, el matrimonio y la prostitución, y propiedad, matrimonio y familia que engendran la depravación general bajo todas sus formas; cuando para sostener semejante organización social es necesaria la fuerza brutal ejército, policía, magistratura-; cuando como consecuencia inevitable de tal organización vemos la lucha en todas sus formas, la guerra, forzosamente debemos sacar, en conclusión, que el gobierno y la autoridad son el desorden, y que, al contraria, la ANARQUÍA es el orden, a no ser que por orden se quiera entender el que reina en los cementerios. Para la burguesía el orden debe ser las hecatombes de Satory, las jornadas de Junio, y las matanzas en las guerras, la muerte por el hambre y las enfermedades consiguientes, la prostitución, el embrutecimiento y el delito.
ANTIAUTORITARISMO
Todo individuo tiende a satisfacer sus necesidades, cuando no con sus propias fuerzas, explotando las de los demás. Por este motivo fue por el que los más astutos y los más fuertes se impusieron a los más débiles y les obligaron a trabajar para ellos. Las leyes, los tribunales, la magistratura, la policía, en una palabra, todos los instrumentos de opresión, fueron creados más tarde, produciendo la organización de la explotación del hombre por el hombre, la opresión bajo todas sus formas. Siendo este estado de cosas contrario a la naturaleza humana, los hombres procuraron siempre sustraerse a tal yugo. De aquí que la historia del género humano sea una secuela de hechos encaminados a abolir la organización autoritaria: es la tendencia inconsciente, pero natural, potente, de la humanidad hacia la ANARQUÍA. Los hombres han comprendido siempre la necesidad de la libertad y se han rebelado contra la autoridad, negación de aquélla. Pero de una parte la astucia, la ambición y los intereses de unos pocos, y de otra la ignorancia del pueblo, han sido motivo de que, en vez de destruir la causa de la opresión: gobierno y autoridad, no se haya hecho más que cambiarla de forma. A un gobierno lo ha sustituido otro. Después de una larga y dura experiencia es cuando hemos llegado a la conclusión de que todos los gobiernos son iguales; de que la autoridad, cualquiera que sea la forma que revista, ya se denomine de derecho divino o deba su origen al sufragio universal, es la negación de la libertad, y que para salir de este estado de opresión es necesario destruir toda especie de gobierno, de autoridad, pues de otro modo la libertad no es posible.
MISIÓN REVOLUCIONARIA DEL ANARQUISMO
La miseria es causa de la ignorancia y es inútil predicar instrucción mientras aquélla subsista. Verdad es que el pueblo, precisamente porque no ha tenido nunca conciencia de sus derechos, se ha dejado engañar en cada revolución, y que aún en la próxima es posible que se deje engañar otra vez. Entre la masa popular hay ya bastantes hombres que, aunque no sean francamente anarquistas, están por la abolición de la autoridad y principian a tener conciencia de su significación. Por otra parte, el pueblo no tiene ya confianza en nadie, y si a veces nos mira de soslayo a los anarquistas y no nos hace caso, es porque supone que también somos, como los políticos, fabricantes de programas que queremos dirigir y mangonear, cuando precisamente queremos lo contrario, o sea que el pueblo obre por sí mismo, sin delegar en nadie su soberanía. Deber de los anarquistas es educar al pueblo con hechos repetidos, constantes, para la revolución; para que aprenda a dejar de reverenciar leyes autoridades; para que con actos populares destruya todo lo que significa opresión. Por otra parte, la causa real de la revolución está en la misma organización social: independientemente de nuestra acción revolucionaria, la está incubando, y fatalmente estallará. Y cuando el pueblo se insurreccione, nuestra misión, la misión de los anarquistas, será oponernos con todas nuestras fuerzas a que se constituyan nuevas autoridades. Puesto que el pueblo desconfía ya de todas, es posible que entonces nos escuche si le decimos que obre por cuenta propia y no atienda a los que quieran dirigirle para mandarle. La revolución social no es cosa de un día, de un mes o de un año. A través de mil errores el pueblo irá adquiriendo conciencia de sus derechos. Inútil pretender que los conquiste antes. Verdad es que cuanta más propaganda se haya hecho, menos durará el período violento de la revolución, doloroso, pero necesario; mas también es cierto que nuestras ideas se comprenderán mejor al resplandor de la lucha. Los síntomas precursores de la revolución se ven ya en todas partes. Puede estallar cuando menos se piense. Estamos en pie de guerra y no debemos descuidarnos.
ANARQUÍA Y GOBIERNO
La ANARQUÍA es la expresión real del contrato libre, el cual puede y debe ser modificado continuamente, en virtud de la constante evolución de la sociedad. Las necesidades humanas se modifican sin cesar, y sólo por ello es posible el progreso humano y el de la sociedad. Pero del propio modo que se modifican las necesidades es preciso que se modifique la forma social. Ley de todas las cosas es la transformación continua. La ANARQUÍA sustituirá a los gobiernos porque se basa en esta ley natural. Los gobiernos la desconocen y de ahí que impidan a los hombres desenvolverse libremente.
Los estadistas más avanzados sostienen que el gobierno se creó para hacer respetar el pacto social. Absolutamente falso. La historia nos da la razón. El gobierno es un organismo que sirve para mantener los privilegios de la clase dominante y sólo puede sustituir con la división de la sociedad en clases. Pero aun admitiendo que el gobierno pueda hacer respetar el pacto social, siempre continúa siendo, empero, una violación permanente de la libertad, porque un pacto libremente contraído debe poder ser en todo momento libremente modificado, y una fuerza que nos obligue a respetar lo que voluntariamente se aceptó y queremos modificar, viola nuestra libertad. “El soberano -escribió Rousseau-, es decir, el pueblo, puede muy bien decir: Quiero actualmente lo que quiere fulano o, por lo menos, lo que dice querer; pero no puede decir que lo que fulano querrá mañana lo querrá él también, y por lo tanto es absurdo imponer cadenas a la voluntad futura, que no debe depender sino de sí misma”.
El gobierno, pues, considerándolo desde el punto de vista más favorable, no puede conciliarse con la libertad. Tendrá que hacer respetar el pacto que le dio origen, pero como la sociedad varía continuamente, al día siguiente de constituirse un gobierno se halla, por su misma esencia, en oposición con las necesidades del pueblo. La sociedad progresa, el gobierno es estacionario. Por esto no es posible un progreso continuo, sustituir la revolución sangrienta por la evolución constante de la sociedad, sin quitar de un medio lo que se opone a esta evolución: el gobierno.
“La acción de todo gobierno es tan despótica -escribe G. Ferrari- que los escritores no saben ni conciliarla con la libertad del hombre, ni deducirla de un contrato primitivo, ni explicar el suicidio que es indispensable para constituir la república o el dominio de uno solo. Todo gobierno es necesariamente conservador, se funda en la fuerza y se sostiene con los policías. El verdugo es su personaje más necesario, y si alguna vez parece innovador, revolucionario o liberal, esto se debe a un error de perspectiva, a causa de su enemiga contra un gobierno anterior, contra la generación que suplanta, pero para sí mismo conserva siempre el pacto que le dio origen, lo custodia, es su ejecutor. Tanto si el jefe del gobierno se llama Luis XIV como si se llama Napoleón, Diocleciano o Constantino, no es más que el instrumento de un principio externo a su acción, extraño a su esencia, perfectamente separado de sus funciones. Reducidas siempre sus funciones a hacer la guerra a la paz, a armar o defender la patria, a tenerla siempre dispuesta contra todo ataque eventual, siempre es invariablemente el mismo con todos los principios, en el paganismo como en el cristianismo; truena igualmente trátese de defender al Papa o a Lutero, y su proceder es tan extraño a las ideas que sirve que puede decirse que es exclusivamente mecánico. El gobierno no piensa, no es nunca ni inventor ni innovador; si protege las ciencias, las artes y la industria, es porque piensa en sí mismo, para sacar la industria un impuesto, del comercio una contribución, de las artes una instrucción que pueda ser más productiva, de la moral una adhesión al orden establecido, del bienestar una garantía de su tranquilidad, de la religión un esfuerzo para el código penal, del infierno una economía carcelaria. Indudablemente recompensa a los poetas, pero es para que le adulen; acepta los descubrimientos, pero para mayor interés suyo; visita sus fábricas, admira los perfeccionamientos que introduzcan, pero para enviarles el fisco cuando menos lo piensen. Y mientras él es conservador y permanece inflexible en su puesto, la generación es móvil, progresiva, se multiplica, crescit cundo…, y por esto cada treinta años se produce un conflicto, una sorpresa, una mutación pacífica o violenta que crea un nuevo régimen”.
Y este nuevo régimen, precisamente porque todo gobierno es despótico, será también despótico. ¿Y la libertad? De la atenta observación de los hechos, Ferrari sacaba en conclusión una ley histórica. Si los gobiernos se asemejan todos y en todo, si son esencialmente despóticos, no se puede tener libertad, agregamos nosotros, sino aboliendo toda especie de gobierno. Es una consecuencia lógica de la Teoría dei Periodi Politici.
¿PARA QUE SIRVE EL GOBIERNO?
Se nos dice: “Sin gobierno, la sociedad no es posible”. Mejor se diría que con gobierno no existe una verdadera sociedad. De todos modos, veamos si las funciones que desempeña un gobierno son necesarias, y, de serlo, veamos también si sin gobierno pueden desempeñarse lo mismo. ¿Qué hace un gobierno? Todas sus funciones están representadas por un ministerio, y podemos enumerarlas nombrando éstos:
Instrucción pública, Industria, Agricultura y Comercio; Hacienda; Guerra y Marina; Exterior; Gracia y Justicia; Gobernación.
Ahora bien; de todas estas cosas, las que son útiles puede hacerlas directamente la sociedad; no es preciso, pues, un poder, o, mejor dicho, un gobierno para hacerlas.
Preguntemos al buen sentido de todos si la instrucción dejaría de darse, si el campesino no seguiría labrando la tierra, si las riquezas de los pueblos desaparecerían con la abolición del gobierno. ¿Acaso es el gobierno quien instruye, fomenta la industria, el arte y la agricultura? ¿Acaso no es el gobierno el que con sus reglamentaciones y con los impuestos mata la instrucción, la industria, el arte y la agricultura? Al contrario de aquel mito de la antigüedad que convertía en oro todo lo que tocaba con sus manos, el gobierno no sólo estropea lo que toca, sino hasta lo que guarda. Los ministros no entienden nada de los asuntos que administran. Dígannos si sin un ministro de instrucción pública los profesores y maestros no podrían, y mejor que el ministro, dirigir la instrucción. Es ridículo que los del oficio no sepan de su oficio más que el ministro de tanda y que tengan que subordinarse a su dirección.
¿Quién mejor que los industriales puede conocer la industria y saber lo que a ésta más conviene, sin que de lo alto venga una orden emanada de una persona ignorante de la industria? ¿Acaso los empleados de correos y telégrafos saben menos que el ministro del ramo las necesidades del servicio y el modo de organizarlo?
Respecto al comercio diremos que está llamado a desaparecer en una sociedad basada en el principio de solidaridad, y ciertamente la distribución de los productos no se efectuará por intermedio de comerciantes, parásitos que son la peste de la sociedad actual. Por lo demás, sobre este particular podíamos repetir lo dicho respecto a la industria.
Cuando el mundo sea patria de todos, cuando la barbarie de las fronteras quede abolida, un ministerio del exterior será inútil. Demasiado sabemos que actualmente un ministerio de asuntos extranjeros suele trabajar preferentemente en armar intrigas que llevan a los pueblos al campo de batalla. En una sociedad anarquista todos los individuos, por el hecho de nacer, tendrán derecho igual a establecerse donde les plazca. El sentimiento que llamamos patriotismo es un egoísmo que debe ceder el puesto al más amplio sentimiento humanitario. Así como al municipio lo sustituyó la región, y a ésta la nación, a la nación debe sustituirla la humanidad. Sólo entonces la guerra será imposible. Y he aquí otra función gubernamental inútil, porque las guerras, la miseria, la ignorancia, la prostitución y el delito se deben precisamente a la organización gubernativa, patriótica y de clase.
Cuando no se tenga que proteger al rico contra el pobre, en una sociedad basada en el principio de solidaridad, eso que se llama justicia y la policía serán un contrasentido, puesto que no son organismos creados para proteger la libertad de todos, sino para mantener al mayor número en un estado de sujeción.
La ciencia reconoce y nos enseña que el libre albedrío es un absurdo, y que lo que hacemos estamos obligados a hacerlo; que es el ambiente el que nos determina en un sentido y no en otro, y que por lo tanto el mal efectuado se debe a la organización social. Cuando se destruya la causa de los males, el efecto desaparecerá. He aquí por qué no tenemos necesidad de leyes, de magistrados y de policías para obrar bien. Obraremos bien cuando la organización social sea tal que no nos incite a obrar mal. Destruyan la ignorancia y la miseria y el delito se hará poco menos que imposible. Y la llamada justicia que castiga el efecto sin tocar a sus causas, así como la policía, podrán ser abolidas y servir, a lo sumo, de tema para una opereta.
OPOSICIÓN ENTRE CIENCIA Y GOBIERNO
Ningún movimiento celular es posible sin un estímulo. Es un principio elemental de histología. Ni las células cerebrales se sustraen a esta ley orgánica. Por lo tanto, el pensamiento está motivado, la voluntad no es libre. He aquí otro principio de psicología positiva, paralelo al de histología.
Oigamos a Büchner: “El hombre, como ser físico e inteligente, es obra de la naturaleza”. De esto se sigue que no tan sólo su ser, sino todas sus acciones,
su voluntad, su pensamiento y sus sentimientos están fatalmente sometidos a las mismas leyes que regulan el universo. Sólo una observación superficial y limitada del ser humano puede admitir que las acciones de los pueblos y de los individuos son el resultado de un arbitrio absolutamente libre y consciente de sí mismo. Al contrario, un estudio más profundo nos hace ver que el individuo está en relación tan íntima y necesaria con la naturaleza, que el libre albedrío y la espontaneidad representan una esfera muy secundaria en sus acciones: este estudio nos enseña que todos los fenómenos que hasta ahora se atribuyeron al azar y al libre albedrío están regidos por determinadas leyes. “La libertad humana de que tantos hombres se vanaglorian -dice Spinoza- no es otra cosa que el conocimiento de su voluntad y la ignorancia de las causas que la determinaron”. El conocimiento que tenemos de estas leyes no es ya resultado de la teoría; estas leyes se desprenden de numerosos hechos que debemos principalmente a la estadística. El hombre está sometido a la misma ley a que están sometidos los animales y las plantas, y esta ley se manifiesta en rasgos característicos en el mundo primordial. “Lo que se llama el libre albedrío -dice Costa-no es más que el resultado de motivos más poderosos”.
Y Moleschot, escribe: “La materia gobierna al hombre; la voluntad es la expresión necesaria de un estado del cerebro producido por influencias exteriores. No hay un querer libre; no hay un hecho de la voluntad que sea independiente de las influencias que a cada momento determinan al hombre, con límites que el más poderoso no puede superar”.
Queramos o no, en nuestra cabeza se desarrolla un proceso completamente material: el pensamiento. Ahora bien; si éste es un fenómeno de la vida material del cerebro y está sometido enteramente a la necesidad, los procesos del pensamiento deben sucederse con un orden determinado. Todas estas cosas son verdades científicas.
Si nuestra voluntad está influida por motivos independientes de nosotros, si no somos libres de querer, somos irresponsables, el derecho penal es un absurdo, y sin éste el gobierno es imposible. Por consiguiente, o derecho penal y gobierno negando la ciencia, o la ciencia negando el derecho penal y el gobierno.
No somos libres de querer, no somos responsables; el derecho penal no tiene una base científica. Los actos delictuosos son causados por motivos exteriores al individuo. Castigando el delito se castiga el efecto, y las causas quedan impunes, cuando precisamente las causas es lo que hay que remover.
Dice Quetelet:
“La experiencia demuestra de modo evidente la certeza de esta opinión, que puede parecer paradójica a primera vista: La sociedad es la que prepara el delito y el culpable no es más que el instrumento que lo ejecuta”.
Si de los hombres de ciencia pasamos a los literatos, he aquí lo que dice Hugo Foscolo:
«“¡Oh, sociedad” si no hubiera leyes protectoras de los que para enriquecerse con el sudor y la sangre de los ciudadanos les empujan a la miseria y al delito, ¿serían necesarios los policías y las cárceles?”
“Los gobiernos imponen la justicia, pero ¿podrán imponerla si para reinar no la hubieran antes violado? Los que ambiciosamente roban una provincia entera, envían solemnemente a la cárcel al que roba un solo pan. Cuando la fuerza ha destruido todos los derechos ajenos y para reservárselos engaña a los mortales con las apariencias del justo, otra fuerza superior tiene que destruirla”».
En la actual sociedad es donde hay que buscar las causas delictuosas, y para destruir el delito es necesario cambiar radicalmente las bases sociales, el ambiente que determina el delito.
En nombre, pues, de la ciencia, por sentimiento humanitario, todo aquel que quiera ser libre, que ame la verdad y tenga corazón, estará contra el gobierno yen pro de la ANARQUÍA.
Porque, lo repetimos, al negar la ciencia el libre albedrío, la responsabilidad humana, deja de tener una base científica el derecho penal, y el gobierno, como antes la Iglesia, resulta una oposición a la ciencia y tiene que desaparecer.
No más gobierno, es decir, no más organización estatal, opresión, miseria y delito. ANARQUÍA, esto es, libertad, sociedad solidaria, igualdad, trabajo y honradez.
EL COMUNISMO
Nadie puede negar que el organismo de la sociedad está enfermo. Los mismos políticos que hace algunos años se negaban a reconocer la existencia de una cuestión social, es decir, la enfermedad del cuerpo social, se rinden a la evidencia y pretenden resolverla con paños calientes como remedios terapéuticos.
Tomados individualmente, todos los individuos son organismos, pero con respecto al cuerpo social, como nos enseñan las más elementales nociones de sociología, deben considerarse como células, como unidades anatómicas del organismo de la sociedad.
Un grupo de estas células sufre la plétora, el otro de isquemia. Y en este curioso y artificial organismo social tenemos que, en lugar de existir hiperfunción en el primer grupo celular, no hay función alguna o es anormal, y la hiperfunción existe en el segundo grupo. Para restablecer, pues, el equilibrio, es necesario que cada célula satisfaga sus necesidades y que sus funciones estén proporcionadas al consumo.
En otros términos: a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus fuerzas. Ningún fisiólogo que se respete puede negar este principio de recambio material en la economía celular. Alteren este principio, es decir, hagan que una función no sea proporcionada a la nutrición, y el organismo dejará de ser normal, será morboso.
Ahora bien; este principio científico tan simple, tan evidente, forma la base -no se espanten, burgueses timoratos-del comunismo.
Sólo con este principio, pues, es posible la destrucción de la riqueza excesiva (plétora) de una clase y la miseria (isquemia) de otra. El restablecimiento del equilibrio significaría el bienestar para todos. No significa la perfección absoluta; significa, simplemente, las condiciones orgánicas necesarias para que cada organismo viva sano.
Parecerá extraño a muchos, pero, en realidad, el comunismo no quiere otra cosa. Quiere dar a cada uno lo que necesite y pretende que todos produzcan según sus fuerzas.
Desafiamos a quien quiera a que encuentre un médico que aconseje que un individuo consuma más o menos de lo que necesite y que trabaje más de lo que permitan sus fuerzas; un médico que no aconseje trabajar según las propias fuerzas. Se nos dirá que en un régimen comunista habrá quien no querrá trabajar. Ignoran los que tal digan que un organismo es vida, actividad, trabajo, y que un organismo que no trabaja no tiene sentido.
Se dirá que cada uno tiene derecho a lo que produzca. Respondemos que en este caso todos los trabajadores deberían poseer el producto íntegro de su trabajo, lo que implicaría la destrucción de la organización burguesa de la sociedad.
Agregamos que todo lo que existe debería estar socializado, porque sociales son los componentes de la producción, y que el individuo toma de la sociedad más de lo que produce. El mismo Federico Bastiat, el economista acérrimo adversario del socialismo, tuvo que reconocer que:
“La suma de las satisfacciones que cada miembro de la sociedad puede
obtener, es muy superior a la que podría procurarse con sus propios esfuerzos. En otros términos: hay una desproporción evidente entre nuestro consumo y nuestro trabajo”.
Este principio es la negación de la propiedad individual y la base del comunismo, porque no pudiendo el individuo separarse de la sociedad, de la que obtiene más de lo que le da, no podría ahorrar y devolver lo que no produciría aislado.
Por otra parte, la misma Naturaleza es una distribuidora exacta, porque es principio biológico elemental que las funciones sean siempre proporcionadas al consumo.
Al ejercitar más un músculo le damos una nutrición mayor y se desarrolla mucho más. Ejemplos, las pantorrillas de las bailarinas y el deltoides de los espadachines.
LA ANARQUÍA Y LA FAMILIA
Muchos de los que miran superficialmente las cosas, se escandalizan cuando nos oyen predicar la abolición de la familia, del matrimonio. A decir verdad, nosotros no queremos abolir nada; mejor dicho: la ANARQUÍA no prohíbe nada. Lo que la ANARQUÍA hará será abolir las ficciones legales y los absurdos morales. En ANARQUÍA nadie asumirá funciones de pontífice ordenando unirse y desunirse en tales o cuales condiciones.
¿Íbamos a ser nosotros, que amamos potentemente, que en la ANARQUÍA sólo vemos amor, los prohibidores de tal o cual amor? ¡Ah, no! Nosotros queremos sino que los individuos se amen libremente.
¿Hay ley bastante poderosa que pueda hacer brotar el amor en los corazones? Donde hay amor, ¿para qué el matrimonio? ¿Y qué es el matrimonio sin amaro, sino una prostitución? ¿Quieren que vayamos ante un tercero a confesar nuestros afectos para que los reglamentos? ¿Quieren dar normas al amor? ¿Tenemos precisamente necesidad de un magistrado que nos permita desunirnos cuando dejemos de amarnos? Risible todo eso.
El matrimonio y el divorcio, es decir, la coacción para amarse y no amarse, no son más que medios de prostitución.
La ANARQUÍA no dice: “No se amen, no amen a sus hijos”. La unión de los sexos ha de ser libre y nadie puede permitirse decir: “Prohíbo tal o cual forma de unión sexual”. Si la familia no tiene base natural desaparecerá, si la tiene
continuará subsistiendo. Nosotros creemos únicamente que cuando la ley desaparezca, al sentimiento de familia se unirá el más amplio de solidaridad humana. Pero repitámoslo: en una sociedad anárquica, únicamente el amor ha de reinar en las relaciones.
LA ANARQUÍA Y EL PATRIOTISMO
¿Y la patria?
El concepto de patria que hoy nos formamos no es el mismo de ayer; la patria de hoy no es la de ayer. En la Edad Media cada municipio era una patria y cada municipio odiaba y combatía al vecino de igual modo que hoy una nación odia y combate a la vecina.
¿Eran patriotas los pisanos combatiendo a los genoveses? ¿Son patriotas los italianos combatiendo a los franceses?
Si bestial era el odio entre municipios, bestial es también el odio actual, entre naciones.
La patria de hoy no es la de ayer, como la de ayer no era la de anteayer. La patria de los primeros romanos no era Italia, sino Roma. Espartanos y atenienses no tenían la misma patria.
Pero ¿es que todos los pueblos actuales tienen una patria? ¿Y acaso respetan, en nombre de la patria, la patria de los demás?
¿Qué patria tienen los árabes?
¿Tienen una verdadera patria los americanos?
¿Es una patria Austria?
Alemania, Francia, Italia e Inglaterra, ¿respetan la patria de los demás?
Pero, ¿qué es la patria?
No son las costumbres, puesto que las del campesino calabrés difieren de las de un torinés mucho más que las de un marsellés de las de un torinés.
No es la lengua, puesto que si oyen hablar a un campesino de las Puglias y a un milanés, verán que se entienden menos que entre torineses y marselleses. En todas las naciones se dan estos casos.
Malta, ¿es árabe, italiana, o inglesa?
¿Suiza es Suiza, o es Alemania, o Francia, o Italia? Lugano, ¿es suiza, o italiana? Ginebra, ¿es suiza o francesa? Zurich, ¿es suiza, o alemana?
Y si dividen Suiza dando a Italia la parte que habla italiano, a Francia la que habla francés, a Alemania la que habla tudesco, ¿qué quedaría de la Confederación helvética?
No son las tradiciones, porque también difieren de comarca en comarca.
¿Qué caracteres son, pues, los de la patria? Desafiamos al que quiera determinarlos, pero no con metafísicas, sino como se determinan los caracteres distintivos de una dada cosa, o de un organismo dado.
¿Qué es, pues, la patria? Las clases dominantes, cuya expresión es el gobierno, tenían necesidad de una idea para empujar a los pueblos a defender sus intereses, haciéndoles creer que lo que defendían era aquella idea, la patria, que es una abstracción. Digan al capitalista que coloque sus capitales en su patria, y no los escuchará o se reirá en sus propias barbas. Los coloca donde más le rinden.
El pensamiento no tiene patria. Todas las manifestaciones del pensamiento: la ciencia, las artes, no tienen patria. Tienen patria los gobiernos, la policía, los magistrados, los recaudadores de contribuciones, el verdugo. Son la patria. Con el pretexto de defender la patria se defiende al gobierno.
El obrero es explotado en su patria y fuera de ella. Lo mismo le explota un compatriota que un extranjero.
El burgués es más afín de un burgués extranjero que de un trabajador de su país. El obrero es más hermano del obrero de otro país, explotado como él, que del burgués de su nación. La patria del burgués es el capital. El capitalismo es internacional. La patria del trabajador no puede ser otra, por tanto, que el trabajo, que es también internacional.
Cuando el municipio era la patria, teníamos la guerra entre municipios. Ahora que la patria es la nación, tenemos la guerra entre naciones. La patria, pues, es causante de guerras. Y de igual modo que al municipio sucedió la nación, el mundo debe sustituir a las naciones. Cuando todo el mundo sea patria no habrá más guerras.
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