| Pensamiento Libertario |
La idea anarquista y su desarrollo
Anarquía quiere decir negación de la autoridad. Y como la autoridad pretende legitimar su existencia con la necesidad de defender las instituciones sociales (Familia, Religión, Propiedad, etc.), ha creado una multitud de ruedas para asegurar su ejercicio y su sanción. Son las principales: la ley, la magistratura, el ejército, los poderes legislativo y ejecutivo, etc. Así es, que la idea de anarquía, obligada a contestar a todos, ha tenido que atacar a todas las preocupaciones sociales, penetrarse bien de todos los conocimientos humanos, para demostrar que sus conceptos están conformes con la naturaleza fisiológica y psicológica del hombre y son adecuados a la observación de las leyes naturales, mientras la organización actual se ha establecido contra la lógica y el buen sentido, lo cual es causa de que nuestras sociedades sean inestables, y las trastornen las revoluciones, originadas por los odios acumulados de cuantos son triturados por instituciones arbitrarias.
De modo, que, al combatir contra la autoridad, los anarquistas han tenido que atacar todas las instituciones, en cuya defensa se ha erigido el Poder, y cuya necesidad quiere éste demostrar para legitimar su propia existencia.
Por consiguiente, se ha ensanchado el marco de las ideas anarquistas. Partiendo de una sencilla negación política, el anarquista ha tenido que atacar también las preocupaciones económicas y sociales, ha tenido que encontrar una fórmula que, alegando la apropiación individual, base del actual orden económico, afirme, al mismo tiempo, aspiraciones para la organización futura, y la palabra comunismo se colocó, naturalmente, al lado de la palabra anarquía.
Más adelante veremos que ciertos abstractores de quinta esencia han querido suponer que, si anarquía significa completa expansión de la individuaiidad, las palabras anarquía y comunismo rabian de verse juntas. Contra esta insinuación, demostraremos que la individualidad no puede desarrollarse más que en la comunidad; que ésta no puede existir sin que aquélla evolucione libremente y que se completan una a otra.
Esa diversidad de problemas para atacar y resolver, es lo que ha dado buen éxito a las ideas anarquistas y ha contribuído a su rápida expansión; así es que, lanzadas por un grupo de desconocidos, sin medios de propaganda, invaden hoy, más o menos victoriosamente, las ciencias, las artes y la literatura.
Antiguos son el odio, la autoridad y las reivindicaciones sociales; nacieron en cuanto el hombre pudo comprender que se le oprimía, pero ha tenido que pasar la idea por muchísimos sistemas y fases para llegar a concretarse en su forma actual.
Rabelais fue uno de los primeros que formuló su intuición al describir la vida de la abadía de Théféme, pero le parece obscura y la cree poco aplicable a la sociedad entera, puesto que reserva la entrada en la comunidad a una minoría de privilegiados, con una servidumbre a sus órdenes.
En 1793 se habló de los anarquistas. Jacobo Roux y los rabiosos parecen ser los que vieron más claro en la Revolución, y mejor trataron de que beneficiara al pueblo. Por eso los historiadores burgueses los han dejado en la sombra; su historia todavía está por hacer; enterrados los documentos en archivos y bibliotecas, aguardan a quien tenga tiempo y ánimo para desenterrarlos, darlos a la luz, y revelarnos el secreto de cosas bien incomprensibles todavía para nosotros, en aquel período trágico de la historia. No podemos, por lo tanto, formular apreciación alguna respecto a su programa.
Hay que llegar a Proudhon para ver a la anarquía declararse adversaria de la autoridad y del poder, y empezar a tomar cuerpo, pero no es todavía más que una enemiga teórica; en la práctica, deja subsistir Proudhon en su organización social, con nombres diferentes, las ruedas administrativas que son la propia esencia del gobierno. La anarquía llega hasta el fin del imperio en forma de un vago mutualismo que zozobra en Francia, durante los prImeros años que siguieron a la Comuna, en el movimiento desviado y extraviador de las asociaciones cooperativas de producción y consumo. Pero antes de llegar a esa solución impotente, se había desgajado una rama del naciente árbol. La Internacional había dado origen en Suiza a la Federación Jurásica, en que Bakunin propagaba la idea de Proudhon: la anarquía, enemiga de la autoridad, pero desarrollándola, ensanchándola, haciéndole formar cuerpo con las reivindicaciones sociales.
En aquella época empezó el verdadero florecimiento del movimiento anarquista actual. Muchas preocupaciones existían aún, muchos ilogismos aparecían en las ideas emitidas. La organización propagandista encerraba todavía muchos gérmenes de autoritarismo, sobrevivían muchos elementos del concepto autoritario, pero, a pesar de todo, se había dado el impulso, la idea creció, se purificó y se precisó cada vez más. Y cuando, apenas hace trece años, se afirmaba en Francia la anarquía, en el Congreso del Centro, aunque débilmente, aunque aquella afirmación no procediera más que de una ínfima minoría y tu viera contra ella, no sólo a los satisfeohos con el orden social de ahora, sino también a los ardientes revolucionarios que no ven en las reclamaciones populares más que un medio de escalar el poder, tenía en sí misma la idea bastante fuerza de expansión para llegar a implantarse sin ningún medio de propaganda, más que la buena voluntad de sus partidarios; bastante vigor para que los secuaces del régimen capitalista la injuriaran, la persiguieran, para que la gente de buena fe la discutiera, lo cual es prueba de fuerza y vitalidad.
Así es que, a pesar de la cruzada de cuantos en cualquier grado pueden considerarse como muñidores de alguna de las diversas fracciones de la opinión pública, a pesar de las calumnias, de las excomuniones, de las condenas, de las cárceles, la idea de anarquía ha andado mucho camino. Fúndanse grupos, créanse órganos de propaganda en Francia, Bélgica, Italia, España, Portugal, Holanda, Inglaterra, Noruega, América y Australia, en idiomas eslavo, alemán, armenio, bohemio, hebreo; en todas partes y en todos los lenguajes.
Cosa más importante es que desde el grupíto de descontentos que las había formulado, han irradiado las ideas anarquistas a todas las clases de la sociedad. Se han infiltrado por doquier, el hombre desplega su actividad cerebral. Las artes, la ciencia y la literatura están impregnadas de las ideas nuevas y les sirven de vehículo.
Esas ideas han empezado por fórmulas inconscientes, por aspiraciones mal definidas, a veces por capricho, más bien que por convicciones reales. Hoy, no sólo se formulan aspiraciones anarquistas, sino que se sabe que es la anarquía lo que se pregona, y así se afirma osadamente.
Por lo tanto, no son los anarquistas los únicos que piensan que todo está mal y desean un cambio. Hasta los que se creen defensores del orden capitalista formulan esas quejas y aspiraciones. Empieza además a notarse que no nos debemos contentar con deseos estériles, aunque debemos trabajar para realizarlos; empieza a comprenderse y a proclamarse la acción, la propaganda por el hecho, es decir, que en separando los goces que puede producir la satisfacción de obrar como se piensa con los disgustos que hará experimentar la violación de una ley social, trataremos cada vez más de acomodar la manera de vivir a la manera de concebir las cosas, según el grado de resistencia que el temperamento particular puede ofrecer a las persecuciones de la vindicta social.
Las ideas anarquistas han podido desarrollarse con tanta fuerza y rapidez porque, aunque se oponen a las ideas corrientes, a las preocupaciones establecidas, aunque asustaron al principio a los individuos a quienes se dirigían, respondían, en cambio, a sus sentimientos secretos, a aspiraciones mal definidas. Esa forma concreta traerá a la hUmanidad aquel ideal de libertad y bienestar que apenas ésta había osado bosquejar en sus sueños de esperanza.
Empezaban por asustar a sus contradictores porque predicaban el odio o el desprecio a muchas instituciones que se creían necesarias para la vida de la sociedad. Porque demostraban, contra las ideas corrientes, que esas instituciones son malas por su esencia y no porque estén en manos de porsonas malas ó débiles. Enseñaban a las muchedumbres que, no sólo no hay que contentarse con cambiar de individuos en el poder, ni con modificar parcialmente las instituciones que nos rigen, sino que hay que empezar por destruir lo que hace malos a los hombres, lo que es causa de que una minoría pueda servirse de las fuerzas sociales para oprimir a la mayoría; que lo que hasta ahora se había creído causa del mal de que padece la humanidad, no era más que el efecto de un mal más brutal todavía; que había que atacar las bases mismas de la sociedad.
Al comenzar hemos visto que la base de la SOciedad es la apropiación individual; la autoridad no tiene más que una razón de ser: la defensa del capital. Familia, burocracia, ejército y magistratura se derivan directamente de la propiedad individual. La labor de los anarquistas ha consistido en demostrar lo inicuo del monopolio del terreno y productos del trabajo de las generaciones pasadas por una minoría de ociosos, en minar la autoridad, demostrando que es nociva para el desarrollo humano, poniendo en claro su papel de protectora de los privilegiados, demostrando la nulidad de los principios que legitiman sus instituciones.
Lo que contribuía a alejar de las ideas anarquistas a los intrigantes y ambiciosos, fue lo que decidió a los pensadores a estudiarlas y averiguar lo que traían: porque no favorecían las preocupaciones pasionales, las ambiciones mezquinas y no podían servir de escalón a quienes no ven en las reclamaciones de los trabajadores más que un medio de formar en las filas de los explotadores.
Las mariposas de la política no tienen nada que hacer en las filas anarquistas. Estas nada dan a las vanidades personales ni ofrecen candidaturas favorables para todas las esperanzas y palinodias.
En los partidos políticos y socialistas autoritarios, un ambicioso puede preparar su conversión con gradaciones insensibles; no se nota su resellamiento hasta que esto se ha verificado. Para los anarquistas es imposible esto, porque el que consintiera en aceptar un puesto cualquiera en la sociedad actual (después de haber demostrado que todos los que los ocupen no pueden conservarlos más que con tal que sigan defendiendo el régimen existente), tendría que someterse a la calificación de renegado, porque no podría cohonestar su evolución con ningún pretexto.
Lo que provocaba los odios de los intrigantes, despertaba al propio tiempo el espíritu de investigación de los hombres de buena fe, lo cual explica el rápido progreso de la idea anarquista.
Efectivamente, ¿qué se puede contestar a quien os dice que si queréis que vuestros negocios salgan bien, lo mejor es que los hagáis vosotros mismos, sin dar este encargo a nadie? ¿Qué replicaréis a quien os demuestre que si queréis ser libres, no tenéis que encargar a nadie que os dirija? ¿Qué responderéis a quien aclare las causas de los males qua padecéís y os indiquen el remedio sin echárselas de curanderos, puesto que hacen comprender al individuo que sólo éste es apto para comprender lo que le conviene y juez de lo que debe evitar?
Ideas bastante vigorosas para inspirar a individuos una convicción que les hace luchar y sufrir por su propagación sin esperar nada de ellas directamente, merecían, al parecer de los hombres sinceros, ser estudiadas, y así ha sucedido. Sin hacer caso de los chillidos de unos, de los rencores de otros, de los atentados de los gobiernos, la idea crece y progresa sin cesar, demostrando a la burguesía que no se suprime la verdad, ni se la hace callar. Tarde o temprano hay que contar con ella.
La anarquía tiene sus víctimas, sus muertos, sus encarcelados, sus desterrados, pero sigue teniendo fuerza y vida y el número de sus propagandistas ha crecido sin cesar. Propagadores conscientes de sus actos, porque han comprendido todas las hermosuras de la idea, han sido también los propagandistas accidentales que se contentaron con lanzar su grito de guerra contra la institución que más daño ha hecho a sus sentimientos íntimos o a sus instintos de justicia y de verdad.
Por su amplitud acogen y llaman a sí las ideas anarquistas a todos cuantos poseen el sentimiento de la dignidad personal y están sedientos de Justicia, Belleza y Verdad.
El ideal del hombre es verse libre de toda traba, de toda coacción; ¿no perseguían ese objeto cuantas revoluciones ha hecho?
Si toda vía padece la autoridad de sus explotadores, si se debate el espíritu humano bajo la presión de las vulgaridades do la sociedad capitalista, es porque las ideas aceptadas, la rutina, las preocupaciones y la ignorancia han sido hasta ahora más fuertes que sus sueños, arrastrándole, después de haber expulsado a los dueños existentes, a someterse a otros, cuando creía emanciparse.
Las ideas anarquistas vinieron a traer la luz a los cerebros, no sólo de los trabajadores sino de los pensadores de todas las categorías, ayudándoles a analizar bien su propio sentir. Evidenciando las verdaderas causas de la miseria y los medios de destruirla, ha enseñado a todos el camino que hay que seguir y el objeto que hay que alcanzar y ha explicado la causa de haber abortado las pasadas revoluciones.
Esa estrecha relación con el sentimiento íntimo de los individuos es lo que explica su rápida extensión, lo que hace su fuerza y les da incompresibilidad. Los furores gubernamentales, las medidas opresoras, la rabia de los ambiciosos fracasados pueden encarnizarse contra ellas y su propaganda; hoy está abierta ya la brecha; nadie les impedirá recorrer su camino y convertirse en ideal de los heredados, en motor de sus tentativas de emancipación.
La sociedad capitalista es tan mezquina y tan ruin, las aspiraciones amplias están en ella tan comprimidas; aniquila tanta buena voluntad, tantas aspiraciones, hiere y molesta a tanta individualidad que no puede obligarse a sus estrechas tendencias, que aunque esa sociedad llegara a sofocar momentáneamente la voz de los anarquistas actuales, su opresión haría surgir otros no menos implacables.
Las ideas anarquistas y su practicabilidad
Esas ideas son muy hermosas en teoría pero no son practicables; los hombres necesitan un poder ponderador que los gobierne y obligue a respetar el contrato social. Esa es la última objeción que nos dirigen los partidarios del actual orden social cuando, después de haber discutido, se han retorcido sus argumentos y demostrado que el trabajador no puede esperar ninguna mejora sensible para su suerte, conservando los mecanismos del actual sistema social.
Esas ideas son muy hermosas, pero no son practicables; el hombre no está bastante desarrollado para vivir en estado tan ideal. Para ponerlas en práctica, sería necesario que el hombre hubiera llegado a la perfección, añaden muchas personas sinceras, pero que, extraviadas por la evolución y la rutina, no ven más que las dificultades y no están bastante convencidos de la idea para trabajar por su realización.
Además, al lado de esos adversarios declarados y de los indiferentes que pueden convertirse en amigos, surge una tercera categoría de individuos, más peligrosos que los adversarios declarados. Esos se fingen entusiastas por las ideas; declaran en alta voz que no hay nada más hermoso; que nada vale la organización actual, que debe desaparecer ante las ideas nuevas, que son el fin al cual debe tender la humanidad, etc., etc. Pero añaden que no son practicables ahora; hay que preparar para ella a la humanidad, guiarla a comprender ese estado dichoso, y con pretexto de ser prácticos, tratan de rejuvenecer esos proyectos de reformas que acabamos de demostrar que son ilusorias; perpetúan las preocupaciones actuales, lisonjeándolas en aquellos a quienes se dirigen, y tratan de sacar el partido mayor posible de la situación actual en beneficio personal, y pronto desaparece el ideal para que lo sustituya un instinto de conservación del actual orden de cosas.
Desgraciadamente, es demasiada verdad que las ideas, objeto de nuestras aspiraciones, no son realizables inmediatamente. Es demasiado ínfima la minoría que las ha comprendido para que tengan influencia inmediata en los acontecimientos y marcha de la organización social. Pero eso no es una razón para no trabajar por realizarla.
Si estamos convencidos de que son justas, debemos tratar de llevarlas a la práctica. Si todo el mundo dice que no son posibles, y acepta pasivamente el yugo de la sociedad actual, es evidente que el orden burgués durará todavía largos siglos.
Si los primeros pensadores que lucharon contra la iglesia y la monarquía, por las ideas naturales y por la independencia, y afrontaron la hoguera y el patíbulo, para confesarlas hubieran pensado así, todavía estaríamos en los tiempos de los conceptos místicos y los derechos feudales.
Gracias a que siempre hubo gente que no era práctica, pero que estaba convencida de la verdad, y trataron de hacerla penetrar con todas sus fuerzas por donde pudieron, empezando el hombre a conocer su origen y a deshacerse de las preocupaciones de autoridad divina y humana.
En su libro que realmente vale, Bosquejo de una moral sin obligación ni sanción, desarrolla Guyau, en un capítulo admirable, la siguiente idea: El que no obra como piensa, no piensa por completo. Es verdad. El que está bien convencido de una idea no puede menos de propagarla y de tratar de realizarla.
Muchas disputas se presencian entre amigos por causas fútiles, sosteniendo cada cual su parecer, sin más móvil que la convicción de que sostiene la verdad. Nada costaría, sin embargo, para complacer a un amigo, o para no molestarlo, dejarle decir lo que quisiera sin aprobarlo ni censurarlo; si lo que sostiene no tiene importancia real para nuestra convicción, ¿por qué no le hemos de dejar decir lo que quiera? Muchas veces se procede así en la conversación, cuando se trata de cosas sobre las que no tiene uno opinión determinada, pero en cuanto se trata de una cosa sobre la cual ha formado uno juicio, aunque tenga poca importancia, disputa uno con el mejor amigo para sostener su opinión. Pues si obramos así por frivolidades, ¡cuánto mayor debe ser el impulso cuando se trata de ideas que interesan al porvenir de toda la humanidad, a la emancipación de nuestra clase y de nuestra descendencia!
Comprendemos que no todos pueden aplicar la misma fuerza de resistencia a la lucha, ni el mismo grado de energía para combatir contra las instituciones vigentes; no tienen el mismo temple todos los caracteres y temperamentos. Son tan grandes las dificultades, tan dura la miseria, tan múltiples las persecuciones, que comprendemos que haya grados en los esfuerzos para propagar lo que se cree verdadero y justo. Pero los actos son siempre proporcionales al impulso recibido y a la fe en las ideas. A veces le detendrán a uno consideraciones de familia, de amistad, de consideración del pan de cada día, pero cualquiera que sea la fuerza de esas consideraciones no deben hacer digerir todas las infamias que se vean; llega un momento en que se mandan a paseo todas las consideraciones para recordar que uno es hombre y que ha soñado algo mejor que lo que tolera.
El que no es capaz de ningún sacrificio por las ideas que dice que profesa, no cree en ellas; las predica por ostentación, porque en un momento dado, están de moda, o porque quiere justificar algún vicio con esas ideas; no confiéis en él, porque os engaña. Los que tratan de aprovecharse de las instituciones actuales diciendo que lo hacen para propagar las ideas nuevas, son ambiciosos que adulan al porvenir para disfrutar en paz de lo presente.
Evidente es, pues, que nuestras ideas no son de inmediata realización, ya lo reconocemos, pero llegarán a serlo por medio de la energía que sabrán desplegar quienes las hayan comprendido. Cuanto mayor sea la intensidad de la propaganda, más cercana estará la realización. No las haremos germinar obligándonos a las instituciones actuales, ni ocultando nuestras ideas.
Para combatir esas instituciones, para trabajar por el advenimiento de las ideas nuevas, hay que tener energía, y esa energía no puede darla más que la convicción. Hay que encontrar hombres que trabajen por ellas.
Como las reformas, según creemos haber demostrado, no son aplicables, engañará a sabiendas a los trabajadores quien predique su eficacia. Además, sabemos que la fuerza de las cosas llevará infaliblemente a la revolución a los trabajadores; las crisis, los paros. el desarrollo mecánico, las complicaciones políticas, todo concurre a dejar a los trabajadores en la calle y a que se rebelen para afirmar su derecho a la existencia. Y puesto que la revolución es inevitable y las reformas ilusorias, no nos queda más que prepararnos a la lucha; eso es lo que hacemos, yéndonos directamente al objeto, dejando a los ambiciosos el trabajo de crearse situaciones y rentas con las miserias que piensan aliviar.
Aquí se nos presenta una objeción, nos dirán: Si reconocéis que nuestras ideas no pueden llevarse ahora a la práctica, ¿no predicáis la abnegación de la generación presente en beneficio de las futuras al pedirle que luche por una idea cuya inmediata realización no podéis garantizar?
No predicamos la abnegación; lo que hacemos es no forjarnos ilusiones acerca de los hechos, ni querer que se las forjen los entusiastas. Apreciamos los hechos como son, los analizamos y deducimos lo siguiente: Hay una clase que lo detenta todo y no quiere soltar nada; hay otra clase que lo produce todo y no posee nada, y no tiene otra alternativa, que postrarse humildemente ante sus explotadores, aguarda con servilismo que le den a roer un hueso; que ha perdido toda dignidad y toda altivez, puesto que no tiene nada de lo que eleva a un carácter, o rebelarse y exigir imperiosamente lo que se niega a sus súplicas. Para los que no piensan más que en su personalidad, para los que quieren gozar a toda costa y de cualquier modo, la alternativa no es agradable. Aconsejamos a éstos que se dobleguen a las exigencias de la sociedad actual, que en ella se busquen un rinconcito, que no miren donde ponen los pies, que no teman aplastar a los que los molesten, esa gente nada tiene que ver con nosotros.
Pero a los que creen que no serán libres de veras más que cuando su libertad no dificulte la de los que sean más débiles; a los que no podrán ser felices hasta que sepan que los goces que los deleitan, no cuestan lágrimas a algunos desheredados, a éstos les diremos que no es abnegarión conocer que hay que luchar para emanciparse.
Comprobamos el hecho material de que únicamente la aplicación de nuestras ideas puede emancipar a la humanidad; ésta ha de ver si quiere emanciparse de una vez completamente, o si ha de haber siempre una minoría privilegiada que se aproveche de los progresos que se logren, a costa de los que se mueren a fuerza de trabajar para los demás.
¿Veremos resplandecer esa aurora? ¿Lo será la generación presente, o la siguiente, u otra más remota? Nada sabemos de ello, ni hemos de averiguarlo. Los que tengan bastante energía y corazón para querer ser libres, lo conseguirán.
Extracto del libro La Sociedad Moribunda y la Anarquía de Jean Gravehttp://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/politica/sociedad_moribunda/indice.htmlEsas ideas son muy hermosas en teoría pero no son practicables; los hombres necesitan un poder ponderador que los gobierne y obligue a respetar el contrato social. Esa es la última objeción que nos dirigen los partidarios del actual orden social cuando, después de haber discutido, se han retorcido sus argumentos y demostrado que el trabajador no puede esperar ninguna mejora sensible para su suerte, conservando los mecanismos del actual sistema social.
Esas ideas son muy hermosas, pero no son practicables; el hombre no está bastante desarrollado para vivir en estado tan ideal. Para ponerlas en práctica, sería necesario que el hombre hubiera llegado a la perfección, añaden muchas personas sinceras, pero que, extraviadas por la evolución y la rutina, no ven más que las dificultades y no están bastante convencidos de la idea para trabajar por su realización.
Además, al lado de esos adversarios declarados y de los indiferentes que pueden convertirse en amigos, surge una tercera categoría de individuos, más peligrosos que los adversarios declarados. Esos se fingen entusiastas por las ideas; declaran en alta voz que no hay nada más hermoso; que nada vale la organización actual, que debe desaparecer ante las ideas nuevas, que son el fin al cual debe tender la humanidad, etc., etc. Pero añaden que no son practicables ahora; hay que preparar para ella a la humanidad, guiarla a comprender ese estado dichoso, y con pretexto de ser prácticos, tratan de rejuvenecer esos proyectos de reformas que acabamos de demostrar que son ilusorias; perpetúan las preocupaciones actuales, lisonjeándolas en aquellos a quienes se dirigen, y tratan de sacar el partido mayor posible de la situación actual en beneficio personal, y pronto desaparece el ideal para que lo sustituya un instinto de conservación del actual orden de cosas.
Desgraciadamente, es demasiada verdad que las ideas, objeto de nuestras aspiraciones, no son realizables inmediatamente. Es demasiado ínfima la minoría que las ha comprendido para que tengan influencia inmediata en los acontecimientos y marcha de la organización social. Pero eso no es una razón para no trabajar por realizarla.
Si estamos convencidos de que son justas, debemos tratar de llevarlas a la práctica. Si todo el mundo dice que no son posibles, y acepta pasivamente el yugo de la sociedad actual, es evidente que el orden burgués durará todavía largos siglos.
Si los primeros pensadores que lucharon contra la iglesia y la monarquía, por las ideas naturales y por la independencia, y afrontaron la hoguera y el patíbulo, para confesarlas hubieran pensado así, todavía estaríamos en los tiempos de los conceptos místicos y los derechos feudales.
Gracias a que siempre hubo gente que no era práctica, pero que estaba convencida de la verdad, y trataron de hacerla penetrar con todas sus fuerzas por donde pudieron, empezando el hombre a conocer su origen y a deshacerse de las preocupaciones de autoridad divina y humana.
En su libro que realmente vale, Bosquejo de una moral sin obligación ni sanción, desarrolla Guyau, en un capítulo admirable, la siguiente idea: El que no obra como piensa, no piensa por completo. Es verdad. El que está bien convencido de una idea no puede menos de propagarla y de tratar de realizarla.
Muchas disputas se presencian entre amigos por causas fútiles, sosteniendo cada cual su parecer, sin más móvil que la convicción de que sostiene la verdad. Nada costaría, sin embargo, para complacer a un amigo, o para no molestarlo, dejarle decir lo que quisiera sin aprobarlo ni censurarlo; si lo que sostiene no tiene importancia real para nuestra convicción, ¿por qué no le hemos de dejar decir lo que quiera? Muchas veces se procede así en la conversación, cuando se trata de cosas sobre las que no tiene uno opinión determinada, pero en cuanto se trata de una cosa sobre la cual ha formado uno juicio, aunque tenga poca importancia, disputa uno con el mejor amigo para sostener su opinión. Pues si obramos así por frivolidades, ¡cuánto mayor debe ser el impulso cuando se trata de ideas que interesan al porvenir de toda la humanidad, a la emancipación de nuestra clase y de nuestra descendencia!
Comprendemos que no todos pueden aplicar la misma fuerza de resistencia a la lucha, ni el mismo grado de energía para combatir contra las instituciones vigentes; no tienen el mismo temple todos los caracteres y temperamentos. Son tan grandes las dificultades, tan dura la miseria, tan múltiples las persecuciones, que comprendemos que haya grados en los esfuerzos para propagar lo que se cree verdadero y justo. Pero los actos son siempre proporcionales al impulso recibido y a la fe en las ideas. A veces le detendrán a uno consideraciones de familia, de amistad, de consideración del pan de cada día, pero cualquiera que sea la fuerza de esas consideraciones no deben hacer digerir todas las infamias que se vean; llega un momento en que se mandan a paseo todas las consideraciones para recordar que uno es hombre y que ha soñado algo mejor que lo que tolera.
El que no es capaz de ningún sacrificio por las ideas que dice que profesa, no cree en ellas; las predica por ostentación, porque en un momento dado, están de moda, o porque quiere justificar algún vicio con esas ideas; no confiéis en él, porque os engaña. Los que tratan de aprovecharse de las instituciones actuales diciendo que lo hacen para propagar las ideas nuevas, son ambiciosos que adulan al porvenir para disfrutar en paz de lo presente.
Evidente es, pues, que nuestras ideas no son de inmediata realización, ya lo reconocemos, pero llegarán a serlo por medio de la energía que sabrán desplegar quienes las hayan comprendido. Cuanto mayor sea la intensidad de la propaganda, más cercana estará la realización. No las haremos germinar obligándonos a las instituciones actuales, ni ocultando nuestras ideas.
Para combatir esas instituciones, para trabajar por el advenimiento de las ideas nuevas, hay que tener energía, y esa energía no puede darla más que la convicción. Hay que encontrar hombres que trabajen por ellas.
Como las reformas, según creemos haber demostrado, no son aplicables, engañará a sabiendas a los trabajadores quien predique su eficacia. Además, sabemos que la fuerza de las cosas llevará infaliblemente a la revolución a los trabajadores; las crisis, los paros. el desarrollo mecánico, las complicaciones políticas, todo concurre a dejar a los trabajadores en la calle y a que se rebelen para afirmar su derecho a la existencia. Y puesto que la revolución es inevitable y las reformas ilusorias, no nos queda más que prepararnos a la lucha; eso es lo que hacemos, yéndonos directamente al objeto, dejando a los ambiciosos el trabajo de crearse situaciones y rentas con las miserias que piensan aliviar.
Aquí se nos presenta una objeción, nos dirán: Si reconocéis que nuestras ideas no pueden llevarse ahora a la práctica, ¿no predicáis la abnegación de la generación presente en beneficio de las futuras al pedirle que luche por una idea cuya inmediata realización no podéis garantizar?
No predicamos la abnegación; lo que hacemos es no forjarnos ilusiones acerca de los hechos, ni querer que se las forjen los entusiastas. Apreciamos los hechos como son, los analizamos y deducimos lo siguiente: Hay una clase que lo detenta todo y no quiere soltar nada; hay otra clase que lo produce todo y no posee nada, y no tiene otra alternativa, que postrarse humildemente ante sus explotadores, aguarda con servilismo que le den a roer un hueso; que ha perdido toda dignidad y toda altivez, puesto que no tiene nada de lo que eleva a un carácter, o rebelarse y exigir imperiosamente lo que se niega a sus súplicas. Para los que no piensan más que en su personalidad, para los que quieren gozar a toda costa y de cualquier modo, la alternativa no es agradable. Aconsejamos a éstos que se dobleguen a las exigencias de la sociedad actual, que en ella se busquen un rinconcito, que no miren donde ponen los pies, que no teman aplastar a los que los molesten, esa gente nada tiene que ver con nosotros.
Pero a los que creen que no serán libres de veras más que cuando su libertad no dificulte la de los que sean más débiles; a los que no podrán ser felices hasta que sepan que los goces que los deleitan, no cuestan lágrimas a algunos desheredados, a éstos les diremos que no es abnegarión conocer que hay que luchar para emanciparse.
Comprobamos el hecho material de que únicamente la aplicación de nuestras ideas puede emancipar a la humanidad; ésta ha de ver si quiere emanciparse de una vez completamente, o si ha de haber siempre una minoría privilegiada que se aproveche de los progresos que se logren, a costa de los que se mueren a fuerza de trabajar para los demás.
¿Veremos resplandecer esa aurora? ¿Lo será la generación presente, o la siguiente, u otra más remota? Nada sabemos de ello, ni hemos de averiguarlo. Los que tengan bastante energía y corazón para querer ser libres, lo conseguirán.
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