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Una brújula en el caos

Escribo con los ojos todavía llenos de las imágenes de la plaza Statuto de Turín: un reguero de botellas rotas, mochilas abandonadas, zapatos desperdigados y gente herida, sangrando, llorando.

Desde hace tiempo, los medios de comunicación nos han acostumbrado a los trágicos escenarios que caracterizan los momentos posteriores a los atentados. Pero ahora hay algo nuevo, se trata del terror continuo y persistente que, durante unos diez minutos, invade a los presentes, los hace correr como locos, unos contra otros, gritando y atropellándose: treinta mil personas que dan vida a una representación concreta de nuestro actual estado de seres vivos en busca del "sálvese quien pueda". A eso nos han reducido los continuos martilleos sobre el peligro del "terrorismo" a que estamos expuestos constantemente desde hace años.

La plaza Statuto ha demostrado que las políticas basadas en la magnificación del terror funcionan y son absolutamente coherentes con el deseo de mantener bajo la bota a las clases sometidas. Si basta un grito, un petardo, para desencadenar todo lo que hemos visto, eso quiere decir que el miedo se ha adueñado de nosotros hasta convertirnos en individuos sin voluntad ante los acontecimientos. Tomarla con los vendedores de botellas de cerveza es una manera de escurrirse para no reconocer lo útiles que son estas situaciones para la instauración de un sistema estatal totalizante y totalitario que, fortalecido por la oferta de masivas dosis de seguridad, dé la garantía de que un aumento de la presencia policial y militar en las calles, con el apoyo de una red tentacular de controles y cámaras de seguridad, sea la clave para conseguir una vida más o menos tranquila, cuando en realidad tiende a la aniquilación de toda voluntad de oposición y revuelta. Presos de una inseguridad constante, roto todo vínculo de solidaridad, nos quieren solos e inermes contra el poder, pero solícitos en la lucha contra el "otro" que se perfila en el horizonte, sobre todo si es pobre o inmigrante.

La ciencia al servicio del poder

Sabiendo que la política, entendida como cuerpo de teorías y de propuestas, ya no representa un elemento de cohesión para la sociedad en su conjunto, los estratos dirigentes recurren a cualquier sistema para mantener y reforzar su propio dominio, ya que se está agotando el recurso a prácticas clientelares, medios corruptores o privilegios corporativos. No por casualidad están a la orden del día los mecanismos electorales, creados solo para permitir la posibilidad de gobierno en el panorama nacional, mientras que a escala mundial cada vez es más fuerte el recurso a la ciencia y a la tecnología como elementos fundamentales para dar soluciones a los problemas de la humanidad.

Nuevas ilusiones tranquilizadoras que contribuyen a desdibujar más lo que es el horizonte de referencia. Es evidente más que nunca que todas las innovaciones se pliegan a la voluntad del capitalismo y de sus gestores; la automatización, la robotización o la informatización son elementos que, lejos de provocar un avance real de la población, sirven para obtener un mayor control de la producción y del consumo, y por ello de los productores y de los consumidores.

Las afirmaciones genéricas como que la ciencia ofrece a los humanos la posibilidad de adueñarse de los mecanismos del universo y de la vida misma, se desmienten día a día cuando la ciencia demuestra estar al servicio del poder, para los ingentes recursos que necesita, para las redes de colaboración con las que debe contar, para los objetivos que se propone. Una ciencia esclava del poder no puede liberarse de este, así como no puede conseguirlo una tecnología que es su directa expresión.

Ciencia y tecnología están cada vez más entrecruzadas con la industria y la política de guerra que respiramos todos los días. Una guerra infinita, como llegó a decir Bush, que permanece infinita por ella misma -en su mantenimiento y transformación- sirve para regenerar el poder, para el refuerzo de las jerarquías, para el rediseño de los mercados. En la desestabilización del mundo, el capitalismo encuentra siempre nuevos elementos de crecimiento y desarrollo.

Pero también encuentra algún obstáculo. Por ejemplo, los procesos de migración en curso. El enorme flujo de migrantes empujados por varios motivos (guerra, sequía, crisis alimentaria, dictaduras) y que se va desbordando por todas partes, se desmarca de las clasificaciones corrientes de los fenómenos migratorios generalmente causados por la solicitud de mano de obra, más o menos a bajo precio. En la historia se han dado muchos ejemplos de este tipo, organizados por gobiernos y patronos.

De la trata de esclavos a las grandes migraciones de finales del siglo XIX, pasando por las producidas por la Segunda Guerra Mundial, la necesidad del capitalismo de tener disponibilidad de trabajadores en función de sus propias exigencias de explotación ha supuesto que cada oleada migratoria fuese reconducible a una política en conjunto gobernable y gobernada.

Hacia un imaginario de liberación

Hoy ya no es así. Las mujeres y los hombres, los niños y las niñas, que se exponen a viajes agotadores y muchas veces trágicos, además de muy costosos en términos económicos para ellos y para sus familiares, no lo hacen para responder a una llamada de trabajo, sino para huir de una condición de opresión e indigencia que no se puede soportar. Los exterminadores campos de refugiados que los acogen y a menudo los embrutecen con condiciones de vida inaceptables, con violencia y crueldad, en Libia, Turquía y otros tantos países de Oriente Medio o del Norte de África, no son puntos de recogida de un ejército de reserva listo para servir a una industria en pleno desarrollo, sino concentraciones de una humanidad doliente sin grandes esperanzas. Una humanidad que el capitalismo quisiera relegar a sus países de origen para tenerlos a su disposición, como lo han estado en el pasado, pero que hoy demuestran con su evasión-emigración que no quieren estar recluidos en los recintos designados por el imperialismo, sino marchar hacia un imaginario de liberación.

Todo un problema para gobiernos y patronos: huéspedes no deseados que llaman a la puerta planteando un problema que no es solo humanitario, como querrían las bellas almas de la civilización del cristianismo universalista, sino político y social.

Entonces proyectan y construyen muros, alambradas de espino electrificado, improvisan campos de concentración en los confines del África subsahariana, construyen buques guardacostas, disparan a la mínima oportunidad, modifican leyes y tribunales, se inventan delitos para meterlos en la cárcel, esparcen fango sobre las organizaciones no gubernamentales que socorren en el mar a los náufragos y a las personas en dificultades hasta desviar los barcos, aterrorizando a las poblaciones que deberían y podrían acogerlos. En resumen, hacen cualquier cosa para construir diques contra ese flujo de humanidad en movimiento.

¿Qué hacer?

No hacen lo que podría servir: acabar con las guerras y agresiones militares, con el creciente gasto en armamento en detrimento del gasto social, con la explotación económica, la opresión política, las políticas de rapiña neocoloniales en áreas enteras del planeta, con una contaminación que está causando sequía y desertificación, con la acaparación de recursos fundamentales como el agua. No lo hacen porque no está en los planes del capitalismo ni en la voluntad de los Estados.

Pero el "¿qué hacer?" se vuelve a plantear para quien piensa que la causa de tanto sufrimiento y tanta injusticia reside en la organización social tal como se presenta, y que tiene que modificarse a partir de un imaginario de este tipo. Un imaginario que parta de las necesidades de libertad y de justicia inscritas en cada individuo y que, aunque a veces sean manipuladas y mistificados por seducciones ideológicas y religiosas, se albergan en lo más profundo de cada uno de nosotros.

Pero incluso la identificación del imaginario, sus contenidos y sus perfiles, no son poca cosa, y por ello el movimiento anarquista actual, a pesar de los esfuerzos, no acaba de encontrar un acuerdo de fondo sobre cuáles son los objetivos y estrategias a practicar. Para nadie es un misterio que hoy sobre la mesa libertaria se han dispuesto muchos platos, con tantas gradaciones y tanta variedad: basta leer la abundante prensa existente, los textos de los autores anarquistas contemporáneos, seguir los debates internos y externos de las organizaciones, verificar en la práctica las formas concretas de expresión, tanto sobre el plano nacional como sobre el internacional. Si una vez esto fue definido como "riqueza", en presencia de un movimiento cualitativa y cuantitativamente significativo, hoy seguramente no podemos estar satisfechos.

Acción directa, autogestión, horizontalidad

En el caos sistémico que estamos atravesando, en la transformación de los sujetos tradicionales de referencia, en la aparición de figuras y energías nuevas, debemos esforzarnos por retomar un debate colectivo que sepa definir formas y contenidos de una crítica compartida sobre lo existente y recoger a su alrededor las expresiones más avanzadas del radicalismo, para dar vida a una comunidad vital de individuos, motor de transformación y de reorganización social.

Respecto a un sistema de poder que afila sus armas para mejor oprimir y explotar, ya se dan respuestas con la utilización -incluso sin saberlo- de las metodologías clásicas anarquistas: acción directa, autogestión, horizontalidad, rechazo o control de la delegación y del funcionariado, por parte de grupos de ciudadanos, de movimientos y de asociaciones.

Después de años, demasiados años de centralización, de cumbres, de partidos jerárquicos, quien se mueve adopta, total o parcialmente, métodos de acción y de organización libertaria. Es un buen pasaporte para quien, como nosotros, cree que ese es el camino para una eficaz reorganización de la sociedad en clave socialista y libertaria. Lo importante, como siempre, es tener una brújula para no equivocar el camino.

Massimo Varengo

Publicado en el Periódico Anarquista Tierra y Libertad, Julio de 2017

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