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Una aproximación al significado histórico de la Revolución Rusa

Transcurridos 100 años desde la revolución rusa contamos con la suficiente perspectiva histórica como para abordar la tarea de dilucidar cuál es el significado histórico de este proceso. En lo que a esto respecta cabe decir que la revolución misma comenzó siendo una ruptura con el orden establecido, y más concretamente con el régimen autocrático, y que llevaba consigo un importante potencial emancipador que, sin embargo, no llegó a materializarse. Desde el principio la revolución rusa abrió grandes esperanzas, tanto dentro de Rusia como fuera de ella, pero estas se vieron frustradas a partir del momento en el que los bolcheviques tomaron el control de este proceso para, acto seguido, reorientarlo en un sentido muy distinto de esa potencialidad transformadora y emancipadora que albergaba.

Suele decirse que el hecho de que la revolución rusa no hubiera conducido a un escenario inédito que hubiera alumbrado un mundo nuevo es debido a que los bolcheviques, inspirados por la ideología marxista, se hicieron con los principales resortes de poder que quedaban en 1917 para imponer su particular proyecto político con el que abortaron la propia revolución. Este relato viene a cargar las responsabilidades en los bolcheviques y especialmente en su ideología política, lo que explicaría que los integrantes de este partido se convirtieran en una nueva elite dirigente, en una burguesía de Estado que reforzó y reorganizó los aparatos de dominación estatal para desplegar sobre la sociedad todo su poder a una escala nunca antes conocida. Esta explicación tiene bastante de cierto ya que pone de manifiesto la implicación de las ideas políticas que inspiraron a los bolcheviques a la hora de determinar el posterior desarrollo de los acontecimientos en la Rusia de aquel momento. Pero con todo no deja de ser una explicación que se queda en lo meramente superficial, en lo que, si tomamos la apropiada perspectiva histórica, no deja de ser algo puramente anecdótico.

El bolchevismo, junto a la ideología marxista, así como la propia revolución rusa, sólo son aspectos parciales de un fenómeno de cambio social y político mucho más amplio, y que se corresponde con lo que comúnmente llamamos modernización. Así pues, la modernización viene a ser un tipo de cambio específico que se desarrolla en el ámbito social y político, y que tiende hacia un nuevo escenario representado por la modernidad. Aunque la modernización es una noción que entraña ciertas complejidades basta con establecer una definición provisional que sirva de guía para las ulteriores reflexiones en torno a la revolución rusa. En este sentido cabe señalar que la modernización se caracteriza sobre todo por tratarse de un fenómeno de ruptura con el pasado que, por medio de la innovación en una multitud de ámbitos diferentes, establece una nueva experiencia de la temporalidad histórica. La modernización como tal tiene su origen en la etapa final de la Edad Media, momento histórico en el que se pusieron en marcha una serie de cambios que constituyeron una progresiva ruptura con un período medieval caracterizado por un orden basado en los usos y costumbres heredados del pasado. Esto es lo que hace que la modernización traiga consigo un tiempo histórico marcado por su carácter inédito al tratarse de una nueva experiencia que no guarda relación con el pasado, al mismo tiempo que abre un horizonte de expectativas virtualmente ilimitadas.

Dada la anterior definición de la modernización cabe preguntarse cómo se manifiesta en la práctica. En lo que a esto respecta hay que apuntar que la modernización como tal constituye un proceso de cambio social y político impulsado por el Estado en el que este persigue un progresivo aumento de sus capacidades internas mediante la concentración, centralización y acumulación de una cantidad creciente de diferentes medios de dominación, lo que le convierte en una gran fuerza centrípeta que trata de reunir y controlar todos los recursos disponibles en su territorio. La principal consecuencia de este proceso es el aumento del tamaño del Estado y su fortalecimiento. Así, el contexto internacional marcado por la competición entre Estados en su búsqueda de la hegemonía mundial es un factor explicativo de los procesos de cambio interno que se dan en estos, y ayudan a explicar la modernización. De esta forma la modernización es un cambio en la experiencia del tiempo histórico que es impulsado por el Estado a través de la introducción de diferentes innovaciones en el terreno tecnológico a una escala masiva, como así lo demuestra el aumento del tamaño de los ejércitos y su capacidad destructiva, pero también la introducción de nuevos métodos de gobierno que incrementan la eficacia del Estado a la hora de administrar su dominación y movilizar los recursos disponibles. En términos generales la modernización ha servido al Estado para incrementar su poder de una forma que nunca antes se había producido en la historia.

El aumento del tamaño del Estado y el crecimiento de su poder como consecuencia de la modernización en curso hizo que, a su vez, aumentase el contacto del Estado con su población al inmiscuirse en una cantidad creciente de asuntos. La modernización constituye, entonces, un proceso en el que el Estado impulsa una serie de cambios en los que la sociedad es reorganizada para satisfacer sus necesidades de supervivencia y de dominación. En este contexto el Estado, y más concretamente su elite dirigente, se ve en la necesidad de explicar y justificar estos cambios para conseguir crear los necesarios consensos sociales que legitimen el proceso modernizador. Sin embargo, en el transcurso de estos cambios hacen su aparición movimientos políticos e ideologías que, en vez de desafiar el proceso modernizador, cuestionan la vía modernizadora oficial al ofrecer vías alternativas. Esto es lo que explica el surgimiento de proyectos modernizadores distintos que, en definitiva, plantean un camino distinto del establecido para llegar a la modernidad. La modernidad, por tanto, como gran fenómeno histórico-mundial, contiene proyectos modernizadores diferentes que luchan entre sí para hacerse hegemónicos. Los cambios implementados por el Estado en su proceso de modernización crean un escenario favorable para la politización de la sociedad, lo que permite que los distintos proyectos modernizadores se doten de una base social y emprendan su lucha para hacerse hegemónicos. Debido a esto nos encontramos con una gran variedad de modernidades: la modernidad del absolutismo, la modernidad liberal, la modernidad fascista, la modernidad bolchevique, etc.

En el caso ruso comprobamos que desde la independencia del principado de Moscú de la Horda de Oro se produjo un proceso de centralización del poder del naciente Estado ruso, y que esto corrió a cargo de la autocracia que estableció su propio programa modernizador. Los autócratas rusos resultaron ser los principales modernizadores de Rusia hasta al menos el s. XX. La propia construcción y expansión del Estado ruso estuvo estrechamente unida a este programa modernizador de carácter absolutista, y que se gestó en el marco de las luchas de poder tanto regionales como internacionales que el nuevo Estado mantuvo con diferentes rivales: los tártaros, Suecia, Prusia, los turcos, etc. La pugna por la hegemonía regional y más tarde mundial fue un factor decisivo en la movilización de recursos y en el desencadenamiento de todos aquellos cambios, políticos y sociales, dirigidos a modernizar Rusia para convertirla en una gran potencia al tiempo que su Estado era fortalecido paso a paso. Pedro el Grande o Catalina la Grande son claros exponentes de la modernización absolutista, proceso que se prolongó en los siglos siguientes con mayor o menor éxito pero que tenía como principal finalidad aumentar las capacidades internas de Rusia para conquistar la hegemonía internacional.

El proceso modernizador en Rusia se intensificó durante el s. XIX, lo que implicó una serie de cambios en el terreno institucional, económico y social de gran envergadura que trastocaron la realidad política y social de este país. Como consecuencia de las guerras napoleónicas y del nuevo escenario internacional que se produjo tras Waterloo, en 1815, Rusia logró ubicarse entre las restantes potencias europeas del momento al mismo tiempo que, ya para entonces, contaba con un vasto imperio que avalaba sus aspiraciones en la esfera internacional. Pero la competición entre potencias y el proceso de industrialización que ya estaba en marcha en diferentes países hizo que Rusia se quedase rezagada, sobre todo a la vista del estado lamentable de su ejército como así pudo ver el mundo entero en la guerra de Crimea. Si Rusia no quería perder su condición de gran potencia y poder así intervenir en los asuntos internacionales debía reorganizar sus capacidades internas para aumentarlas y disponer de los medios precisos para relanzar su política exterior. Esto es lo que explican las medidas que el régimen autocrático adoptó en el s. XIX para dotar al Estado de una base productiva industrial, lo que supuso reorganizar la sociedad tradicional rusa para satisfacer las necesidades imperiales de Rusia. Como consecuencia de estos cambios en los que el Estado intervino cada vez más en la vida de la población, al tiempo que aumentaba sus recursos y tamaño, aumentó simultáneamente la contestación social que facilitó la aparición de movimientos políticos de diferente naturaleza como el populismo, el liberalismo, el socialismo, etc.

A finales del s. XIX y principios del XX Rusia ya había hecho importantes esfuerzos dirigidos a industrializar el país y disponer de una base productiva lo suficientemente amplia como para costear un ejército numeroso, y sobre todo disponer de una capacidad destructiva a la altura de las restantes fuerzas armadas europeas para jugar un papel importante en la arena internacional. Sin embargo, todos estos cambios implicaron una creciente intromisión del Estado en la vida de la sociedad, lo que elevó la conflictividad social al mismo ritmo en que eran introducidos los cambios modernizadores por el régimen autocrático. Los levantamientos populares a finales del XIX y principios del XX fueron una constante, lo que estuvo acompañado de la formación de diferentes movimientos políticos de masas, tanto en las zonas rurales como en las urbanas. Ya en 1905 se produjo un aviso serio para la autocracia rusa como consecuencia de la revolución que tuvo lugar en aquel año en la Rusia europea durante la guerra ruso-japonesa. Las insurrecciones populares pusieron a la elite dirigente rusa a la defensiva y forzó al propio Zar, Nicolás II, a hacer una serie de concesiones en el terreno político. A pesar de que posteriormente, una vez firmada la paz con Japón, las reformas introducidas fueron revertidas una por una por el propio Zar y sus colaboradores, la revolución de 1905 puso de manifiesto los límites del absolutismo ruso y la elevada inestabilidad por la que el país se deslizaba cada vez más rápido. Asimismo, estos acontecimientos mostraron la escasa base social, política e institucional de la autocracia en tanto en cuanto no era capaz de ofrecer una respuesta exitosa a los cada vez mayores desafíos que se le presentaban en la esfera internacional, lo que irremisiblemente repercutía en un aumento de la inestabilidad que ponía en peligro la supervivencia del régimen.

La situación de Europa en 1914 era la de una lucha entre las diferentes potencias europeas por la supremacía internacional, lo que en gran parte obedecía al orden internacional implantado en el congreso de Viena, tras las guerras napoleónicas, y reformado en el congreso de Berlín bajo los auspicios del canciller Otto von Bismarck. Los equilibrios de poder establecidos en Europa central se rompieron como consecuencia de una serie de carreras armamentísticas y luchas imperialistas entre las diferentes potencias europeas, lo que condujo a la Primera Guerra Mundial. En este conflicto Rusia no se jugaba intereses estratégicos esenciales, de modo que su participación en esta contienda no se debió tanto a la política de enmarañadas alianzas que entretejieron las potencias europeas como a una razón de prestigio. El Zar junto a sus colaboradores aspiraba a mantener a Rusia entre las grandes potencias del momento, y de alguna manera garantizarse un estatus privilegiado en el sistema internacional. Pero pronto esta política temeraria e inconsecuente con las capacidades reales de Rusia condujeron al país a una situación insostenible a nivel interno, así como también en el frente de batalla. El resultado del esfuerzo de guerra fue tensionar más si cabe a la sociedad rusa hasta el punto de crear unas condiciones favorables para la ruptura revolucionaria, tal y como ocurrió en febrero de 1917.

El contexto revolucionario de 1917, que obedecía en gran parte a una oleada de levantamientos y protestas populares que venían de muy atrás, favoreció el creciente protagonismo adoptado por distintos movimientos políticos y sociales. La modernización de Rusia, que hasta entonces la había encabezado y dirigido la autocracia, no había sido llevada a cabo con éxito en tanto en cuanto Rusia seguía siendo una potencia de segunda categoría, sin una fuerza militar equiparable a la de las restantes potencias europeas del momento (Reino Unido, Alemania, etc.). En esas condiciones Rusia no podía aspirar a jugar un papel decisivo en la arena internacional, y mucho menos a conquistar la hegemonía internacional. Si bien la modernización absolutista permitió la expansión del ente estatal y una incipiente industrialización, todo ello fue insuficiente debido a que los cambios introducidos fueron rechazados frontalmente por la sociedad rusa. En este sentido la autocracia rusa no fue capaz de crear los debidos consensos sociales que hicieran legítimos los cambios que introdujo a diferentes niveles, con lo que la base social que le sirvió de apoyo fue bastante limitada. Este cúmulo de circunstancias fueron las que permitieron que nuevas fuerzas políticas dieran un salto cualitativo en 1917 como consecuencia de la caída de la autocracia. Estaban los liberales, los social-revolucionarios, los mencheviques, los socialistas, etc. Cada una de estas facciones llevaba consigo su propio programa de modernización que consistía en modernizar Rusia a través de unos procedimientos diferentes a los de la autocracia, y lejos de revertir los cambios que esta había introducido perseguían afianzarlos e intensificarlos para devolver a Rusia el poderío y prestigio que había perdido como consecuencia de la deriva de su situación interior y exterior.

Inicialmente la revolución rusa originó estructuras de autoorganización popular a través de los consejos de soldados, obreros y campesinos, lo que constituyó un contrapoder en relación a las instituciones oficiales del Estado ruso que todavía subsistían bajo el gobierno de Kerenski. La ocupación de tierras, fábricas y las deserciones masivas en el frente de guerra fueron hechos que hacían presagiar el advenimiento de un escenario de carácter emancipador. Sin embargo, en el marco de oposición entre el poder que representaban los soviets por un lado y las instituciones estatales por otro se desenvolvieron innumerables luchas políticas. Estas luchas fueron las que enfrentaron a los distintos movimientos políticos que ofrecían vías modernizadoras diferentes a la que había desarrollado la autocracia, pero que al mismo tiempo eran contradictorias entre sí. De estas luchas finalmente resultó el golpe de Estado dado por los bolcheviques en octubre de 1917, según el calendario juliano, y que según el calendario gregoriano se produjo el 7 de noviembre. Así, el partido bolchevique logró hacerse con el rumbo del país e imponer su particular proyecto modernizador inspirado por la ideología marxista. El resultado inicial fue abortar, casi de manera definitiva, la revolución rusa y todas sus posibilidades emancipadoras, lo que inmediatamente se tradujo en una fortísima guerra civil en la que los bolcheviques, de un modo implacable y constante, reconstruyeron el Estado ruso bajo una forma nueva que lo perfeccionó y robusteció en grado superlativo.

La revolución sirvió a la necesidad estratégica de seguridad interior y exterior del Estado ruso en un momento de descomposición tanto en la esfera doméstica, fruto de las tensiones sociales y de la creciente inestabilidad interna, como en la esfera internacional a causa de su desmoronamiento en el frente de batalla de una guerra para la que no tenía los medios humanos y materiales adecuados. Los bolcheviques, por medio de la revolución, lograron dotar al Estado ruso de una base institucional y de unos medios de dominación que le permitieron intervenir en la práctica totalidad de los ámbitos de la vida humana, gracias a lo que fue puesto en marcha todo un proceso de reorganización de la sociedad con el propósito de aumentar las capacidades internas del Estado para competir con éxito en la esfera internacional. En este sentido es preciso destacar cómo la principal preocupación de los bolcheviques fue, una vez terminada la guerra civil, la industrialización a gran escala de la sociedad rusa y el incremento de la producción para dotar al Estado de la correspondiente base productiva con el que movilizar los recursos (humanos, materiales, económicos, financieros, etc.) disponibles, y de esta manera incrementar su poder tanto a nivel interno como externo. El contexto internacional marcado por la competición entre potencias en su lucha por la hegemonía internacional, y la situación de clara desventaja en la que Rusia se encontraba como consecuencia de una guerra civil que había devastado al país, ejerció la presión suficiente en la política interior soviética como para forzar una entera transformación de la sociedad para adaptarla a los intereses y necesidades del Estado soviético. Para entonces el nuevo Estado ruso ya estaba lo suficientemente modernizado y disponía de los medios precisos para modernizar a la sociedad rusa.

El crecimiento del Estado con su concentración, centralización y acumulación de poderes fue el resultado más claro y directo de la revolución, lo que fue justificado por medio de la ideología marxista que constituyó la principal fuente de inspiración de los bolcheviques en la implantación y desarrollo de su particular vía modernizadora. Así fue como logró imponerse un sistema totalitario dominado por un partido-Estado hiperpoderoso. El Estado logró ubicarse en el centro de la vida social en directo y permanente contacto con las masas populares a través de una extensa estructura organizativa en la que diferentes organismos operaban como correa de transmisión de las directrices estatales, las cuales eran aplicadas de manera directa sobre la población. Los bolcheviques lograron establecer un gobierno directo entre el centro político estatal y la sociedad, lo que el zarismo no había logrado materializar completamente, gracias a lo que el ente estatal aumentó su poder y sus capacidades internas para hacer frente a los desafíos que se le presentaban en la esfera internacional.

La consolidación del proyecto soviético permitió que el Estado ruso, en unas condiciones muy difíciles, lograra industrializarse, urbanizarse y dotarse de unas fuerzas armadas eficaces con una capacidad destructiva mucho mayor que sus predecesoras. Gracias a todo esto Rusia pudo competir con éxito en la esfera internacional en su lucha por la supremacía mundial, y fue por un tiempo una alternativa modernizadora distinta de la que representaba el Occidente burgués y liberal. Todo esto fue a costa de establecer un sistema totalitario que sojuzgó a la población durante décadas, y que sustituyó a la vieja elite dirigente zarista por una opulenta y viciosa burguesía de Estado. La modernización de Rusia fue realizada y completada por los bolcheviques pero a un coste humano muy grande.

De todo lo anterior se deduce rápidamente que el significado histórico de la revolución rusa se ubica en el marco general más amplio de la historia de Rusia, y concretamente en el contexto de su proceso de modernización. La revolución rusa fue, en definitiva, el proceso de cambio con el que finalmente Rusia pudo completar su modernización, tarea para la que el régimen autocrático se mostró incapaz. Si bien es cierto que inicialmente la revolución rusa ofreció unas perspectivas diferentes a las que luego resultaron ser sus consecuencias finales, no hay que perder de vista que esto no fue algo inevitable sino que obedeció a una serie de dinámicas y decisiones que condujeron a un escenario en el que los bolcheviques lograron hacerse con el control de país para, finalmente, imponer un régimen político totalitario que originó una de las mayores distopías modernas.

Por tanto, puede decirse que en términos históricos los bolcheviques introdujeron importantes innovaciones que crearon un escenario del todo inédito, como así lo demuestra la aplicación de diferentes avances tecnológicos a una escala masiva a través de la industrialización, la utilización de nuevos métodos de gobierno, o mismamente la transformación del ejército en una fuerza armada altamente centralizada provista de una capacidad destructiva mucho mayor gracias a los nuevos armamentos con los que fue dotada. No cabe duda de que la tendencia inaugurada por la modernidad constituyó una fuerza histórica que hacía difícil sustraerse de la dinámica por ella implantada, y que la situación de crisis en la que se sumergió Rusia en el s. XX respondía en gran parte a esa misma dinámica. De todo esto se deriva que el significado histórico de la revolución rusa, a la luz de los acontecimientos que le sucedieron, responde a la necesidad modernizadora del Estado ruso en su lucha por reorganizarse internamente para aumentar sus capacidades nacionales con las que luchar con éxito por la hegemonía internacional. Sin la revolución y los consecuentes cambios que hizo posible difícilmente podría haberse imaginado que Rusia llegase a ser en el s. XX la superpotencia mundial que fue. Naturalmente no hubo nada de inevitable en todo ello, lo que debe ser motivo de reflexión para no incurrir en el futuro en los mismos errores que impidieron que el potencial emancipador de aquella revolución lograra materializarse.

Esteban Vidal

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