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Los autores de este artículo, ambos economistas, analizan la evolución del FMI y su papel como garante de la hegemonía del capitalismo financiero.

NeoliberalismoEl Fondo Monetario, al igual que el Banco Mundial (BM), surge de los Acuerdos de Bretton Woods en 1944, donde se conformaron las bases institucionales del nuevo orden económico internacional tras la II Guerra Mundial. Los acuerdos también institucionalizaban el nuevo papel de EE UU como potencia hegemónica. Frente a la idea de Keynes de hacer una nueva moneda internacional, el báncor, se estableció un patrón monetario oro-dólar: el valor de cada moneda se fijaba con respecto a la divisa estadounidense, y ésta a su vez respecto al metal. El dólar pasaba a ser la única moneda internacional de reserva.

La posición dominante de EE UU en los acuerdos resultó determinante para la propia configuración del Fondo. Se fijó un sistema de participación mediante cuotas, cuyo reparto se fijaría en función del peso de cada economía. El número de votos de cada Estado dependería de su cuota, lo que garantizaba un mayor poder a las principales potencias y, sobre todo, al gigante norteamericano. Las cuotas financiaban los préstamos de aquellos miembros que necesitaran recursos para mantener el valor de su moneda. El mecanismo era el siguiente: los países con una posición monetaria más fuerte ponían sus reservas a disposición del país con desequilibrios, hasta una cantidad equivalente al 125% de la cuota de este último. El préstamo se divide hasta en cinco tramos. Lo importante es que superado el primer tramo, el préstamo incluye cláusulas de condicionalidad. Es decir, a partir de ahí el país prestatario habría de cumplir unas condiciones en materia de política macroeconómica (programas de estabilización), más severas cuanto más se ascendiera de tramos.

El planteamiento del FMI y sus programas de estabilización partían de una concepción de la crisis entendida como “desequilibrio” temporal y ajeno a la propia dinámica capitalista, resultado siempre de la aplicación de políticas inadecuadas. Este enfoque mezclaba el keynesianismo con la teoría cuantitativa del dinero y ubicaba el origen de los desajustes en problemas de demanda originados por causas monetarias. El argumento sería este: el problema surgía cuando un país consumía más allá de su ahorro interno, por una indebida expansión de su crédito. El ajuste necesario para retornar al equilibrio suponía contraer esa “excesiva” demanda interna, incidiendo en las esferas fiscal (recorte del gasto público y subida de impuestos), monetaria (aumento de los tipos de interés reales) y salarial (represión salarial).

América Latina sería el banco de pruebas durante los años ‘50. Semejante planteamiento obviaba cualquier aspecto referido a la estratificación social, como si todo el mundo consumiera en igual proporción. Pero sus efectos sí tenían un marcado componente de clase: el grueso del ajuste recaía sobre las rentas del trabajo, vía bajada de salarios de forma directa o indirecta mediante recortes sobre el gasto público.

El FMI tras Bretton Woods

Tras el desmoronamiento del modelo de Bretton Woods (primeros años ‘70), el Fondo quedó con la misión absurda de velar por un patrón monetario que ya no existía. La crisis de identidad del FMI no parecía tener otro destino que su disolución. Los hechos, sin embargo, irían en dirección opuesta. Dos elementos propiciarían el inesperado protagonismo del Fondo (y del BM) en el escenario económico internacional: necesidad y oportunidad.

Necesidad, derivada de la crisis sistémica que evidenciaban las principales economías capitalistas desde finales de los ‘60 y agravada sobremanera en los ‘70. Un colapso que evidenciaba una crisis de rentabilidad del capital. Oportunidad surgida con la crisis de la deuda externa iniciada por México en 1982, a la que siguió una cascada de países incapaces de hacer frente a sus compromisos financieros.

En realidad, esta crisis no era sino continuación de la anterior. Muchos estados periféricos “escaparon” de ella, ya que recibieron capitales privados extranjeros ávidos de nuevos espacios para la ganancia ante la crisis en las economías centrales. Aunque en contradicción con sus propios estatutos, el FMI colaboró activamente para que estos países liberalizasen y abrieran al exterior sus mercados de capitales. Esta avalancha de capitales privados hacia los países periféricos resultó crucial en el origen de dicha crisis, que supuso un grave problema no sólo para los países endeudados, sino también para la gran banca privada, enfangada en unos préstamos irrecuperables. Su nuevo papel de intermediador entre acreedores y deudores permitió el resurgimiento del FMI. El objetivo prioritario era que los bancos recuperasen sus préstamos, para lo cual se veía necesario que los países endeudados volvieran a acceder al crédito internacional (endeudarse para devolver las deudas contraídas). Ese motivo pragmático, que no teórico, determinó el giro del Fondo. Ahora ya no se trataba de políticas de corto plazo para ajustar el gasto al nivel de ahorro interno, sino medidas de largo plazo, los Planes de Ajuste Estructural (PAE) favorables a los mercados internacionales de capitales. En teoría, los países se verían beneficiados de esa captación de ahorro externo. Tales medidas garantizaban condiciones favorables para las rentas del capital en su pugna distributiva con las del trabajo. No se trata de que los PAE busquen, porque sí, la ruina de la clase trabajadora; sino que tratan de fijar y mantener ciertas condiciones de rentabilidad para el capital, lo que suele implicar lo anterior.

Voces críticas y lavado de cara

La dureza de tales medidas conllevó considerables críticas, así como diversas revueltas populares como el “caracazo” de Venezuela en 1989, duramente reprimidas. La injerencia que suponían los PAE y sus nulos resultados a pesar de los enormes sacrificios exigidos, hicieron que el Fondo tratara de mejorar su imagen buscando, junto con el BM, una “humanización” del ajuste. Se trataba de contrarrestar exitosas campañas críticas, como la organizada en 1994 de “50 años bastan”. Se siguieron programas conjuntos con el Banco para los países pobres muy endeudados (iniciativa PPME), y esfuerzos por aparecer como una mezcla entre agencia de desarrollo, analista económico independiente y prestamista de última instancia. Pero ni por los objetivos a los que responde puede ser agencia de desarrollo, ni su antidemocrática configuración institucional le permite ser independiente, ni tiene los recursos necesarios para ejercer como prestamista en última instancia.

PROBLEMAS PARA LAGARDE

Christine Lagarde, sustituta de Dominique Strauss-Kahn en el cargo de directora general del Fondo Monetario Internacional está siendo investigada por la Corte de Justicia de la República francesa por anomalías e irregularidades en el arbitraje que se llevó a cabo para indemnizar a Bernard Tapie por la venta de Adidas a principios de los ‘90, por parte de la entidad financiera Crédit Lyonnais.

Este tribunal francés establecerá si la actual mandataria del Fondo Monetario impartió instrucciones a la Comisión de Arbitraje encargada de establecer las indemnizaciones cuando era ministra de Economía francesa. La presión que habría ejercido Lagarde sobre ese organismo de negociación puede costarle la imputación por complicidad en falsificación y desvío de fondos.

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